La Ciudad y los Cuadernos

Las ideas vienen y van: un chispazo, la conjunción de dos cosas que nunca antes estuvieron juntas, o una mirada distinta a un fenómeno cotidiano; no se necesita más. Lo importante es lo que uno hace con esas ideas.

Resulta que en una vacación brasileña, mientras todo el mundo anda pendiente de as praias, o de tomarle fotos a las palmeras o usar el paloselfie, la Cata Vassiliú – futura diseñadora y amiga de la casa – andaba tomándole fotos a los edificios y descubrió que algo había en la repetición mosaica de las imágenes. O algo había en esas imágenes que le decía “ven, ven”. Una nueva textura nacía de la repetición. Una mirada distinta al fenómeno cotidiano.

Hoy por hoy, la Cata está haciendo libretas y todo tipo de productos (bolsas de tela, carteras [coming soon]) con sus mosaicos, con sus texturas de copo de nieve que en verdad esconden una historia de ciudad. Bajo el nombre comercial de Ciudad Modular, no solo hace libretas (vende unas libretitas a 4 lucas cada una y son el regalo perfecto para salir del paso esta Navidad), también acepta encargos personalizados. Como el que le hice yo, que necesitaba un cuaderno de apuntes y un cuaderno para usar de maqueta del libro nuevo. 100 y 120 páginas respectivamente.

Tienen un papel grueso que absorbe la tinta perfecto de los dos lados (y no solo de uno como las moleskine, ehem) y además ese gustillo de lo único y lo personalizado. Si usted es hijo único, sabe a lo que me refiero. Si usted no es hijo único, esta es su oportunidad para sentirse como el centro del universo y el depositario por defecto del amor y la atención del cosmos.

El viernes, una semana después del encargo, la Cata me pasó los cuadernos y al día siguiente, tras varios días de retención en aduana y mucho antes de la fecha oficial, me llegaron mis libros de amazon, los que estoy leyendo de referencia para el libro que va anotado y maqueteado en los cuadernos. Porque los cuadernos de Ciudad Modular además son mágicos, hacen que tu vida ande mejor y que tus proyectos caminen por si solos.

Pueden encontrarla en instagram.com/ciudadmodular o buscando Ciudad Modular en facebook, para los que están suscritos a esa red electrónica.

En la foto de abajo se aprecian los cuadernos, reunidos con los libros. Yo elegí en particular unos diseños en que los edificios no se hubieran todavía convertido en una forma propia, quería algo a medio transformar, como la mariposa rompiendo el capullo. Usted puede pedirlos como se le plazca.

Son megabacanes.

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The Young Pope (2016)

Apagué mi teléfono antes de comenzar los dos últimos capítulos de The Young Pope, la serie de este año que HBO+ produjo un Europa, y donde Jude Law las hace de un joven papa recién investido en su puesto. Ese es el nivel de gusto que me da The Young Pope. Ni siquiera lo puse en silencio, ni lo guardé en un cajón. Lo apagué.

Terminé el décimo – y último – capítulo hace instantes. Es el mejor final de una serie que haya visto, basándome solo en la musicalidad y la técnica visual de la última escena. La serie, la pongo en la balanza, y es posiblemente la mejor serie que haya visto en mi vida. La hago competir con Breaking Bad, con The Prisoner, con…no sé, ganarle a Breaking Bad ya es ganar la final ¿o no?

Hay intrigas, corrupción, políticas divinas y políticas humanas. Lo único que uno le puede criticar a la serie es que sus arcos argumentales son un poco laxos y débiles, pero lo que sucede es que la serie no se mueve de arco en arco, se mueve de escena en escena. ATENCIÓN GUIONISTAS: CADA ESCENA EN THE YOUNG POPE TIENE DOS O MÁS PERSONAJES EN ASIMETRÍA DE PODER – eso genera tensiones, eso genera drama. No hay ninguna escena que sea un desperdicio de espacio, tiempo o un relleno de más. Incluso los pequeños detalles en los que el director y guionista, Paolo Sorrentino, se da uno que otro gustito, más para la indulgencia propia que para avanzar en algo a la historia  o los personajes, incluso esos momentos dejan algo.

Me gustaría decir más, me gustaría explayarme más articuladamente sobre la forma en que la serie trata el tema de la santidad, del poder, la fe, la imagen, las búsquedas y los crecimientos personales; todo con maestría desde la ideología a la ejecución. Hoy por la mañana tenía semi redactado un ensayo en mi cabeza al respecto, y probablemente escriba algo para Los Invisibles. Pero después vi los dos últimos capítulos. Y ahora solo les escribo con una sonrisa. Véanla, disfrútenla, sonrían. Tenemos suerte de estar viviendo en estos tiempos.

 

Cornejo recomienda una serie cada quince años más o menos. Y tiene ojo de francotirador. Una vez me dijo “no veo series, pero me enganché con una de unos sobrevivientes de un avión en una isla” = Lost antes de que explotara en popularidad. Me ha dicho, hace años también “hay un cabro de 17 años en el Everton que las hace todas” = Wayne Rooney. Entonces, cuando recomendó The Young Pope, la serie en que Jude Law las hace de un papa joven y arrogante enfrentando su noviciado como pontífice en medio de las infinitas intrigas del Vaticano, corrí a verla y hasta el momento tiene puros pulgares para arriba.

En el cuarto capítulo, alguien le regala una canción al joven papa. Sonó el extracto en el capítulo y yo me fui de este mundo. Me fui a otro lado, a un universo que queda a dos pasos de este, lateralmente. Es un universo donde los celulares tienen microreproductores de vinilo y tocan canciones con chisporroteo ambiente de radio AM. Es un universo donde la luz siempre es la de las dos de la tarde en otoño. El tiempo no se mueve y vivimos ahí, regocijándonos de la certeza de que nada de eso acabará nunca, que mientras la canción esté sonando tú y yo y nadie más que tú y yo no nos vamos a ir a ningún lado. No hay muerte, no hay razón para preocuparse. Cuando vives en un instante capturado, no hay causa ni efecto que valga. Estás ahí y solo hay un ahí.

La próxima vez que alguien me pregunte qué voy a hacer para el año nuevo les voy a responder “Irme a vivir a Senza un Perché, de Nada”.

Allá voy.

Rogue One

Fuimos a ver Rogue One: A Star Wars Story. Fuimos con cero expectativas, o quizás esperando que nos sorprendiera, que nos contara su historia. Y la historia que nos contó venía muy mal contada.

La película tiene un primer acto con chispas interesantes con las que no pasa nada después, y donde además los personajes no se presentan bien, no hay conflicto, no hay drama, no nos dan razones para que nos interesen. Su segundo acto es para quedarse dormido (cabeceé en el cine) y resuelve algunos nudos argumentales que no le importan a nadie – porque el primer acto no hizo que nos involucráramos emocionalmente con los personajes o la historia.

El tercer acto es space battle porn y es de lo mejorcito. Una batalla especial de aquellas, un viejo y querido personaje en todo su esplendor; todos elementos que apelan a la nostalgia más que a sostener la película en sí. El gran pecado de Rogue One es no funcionar independientemente, al comienzo parece que va a despegar, pero colapsa rápido y se más que  X-Wing en pantano de Dagobah.

Alexander Hamilton dijo “If you don’t stand for something you’ll fall for anything” (el Hamilton de Broadway dice “If you stand for nothing, then what do you fall for?” con más estilo 😉 ) y he ahí la raíz del mal en Rogue One. La película no se la juega por un género definido y sus personajes actúan sin motivaciones claras o independientes (¿por qué se revelan? ¿para qué se revelan? ¿qué aprenden? ¿cómo cambian? R- Porque sí, para algo, nada, no cambian). No tiene sustancia y diluye el sentido de causa o rebelión que sus personajes podrían exhibir. En términos de estructura y guión, está al nivel de Attack of the Clones de lo mala que es, pero su factura técnica es decididamente mejor.

La comentamos con los invisibles en un capítulo especial del podcast. Está aquí.

Y también aquí:

 

 

Algo más para agradecerle a Alan Rickman

Me tomó treinta y cinco años llegar a apreciar a Tom Waits. Y es bueno cuando las cosas te cuestan. Es bueno cuando el “oh, qué bueno es” viene con un “oh, qué tonto fui de no prestarle atención antes”. Más de una de sus canciones me habría venido bien en un día triste o en un día feliz del pasado. Pero eso ya pasó, y ahora solo puedo ponerlas de fondo, en el montaje de la vida que no tuve. Se siente bien.

Este año, al que le quedan 17 días, se llevó a harta-harta gente. Famosa, cercana, intermedia. Todo empezó en Enero con Bowie. Me desperté y me di cuenta que parte de mí pensaba que Bowie iba a vivir para siempre, que yo mismo me iba a morir y él iba a seguir. Quiero creer que aún vive, reencarnado, y que quizás la labor de la vida de Brian Eno sea encontrar esa reencarnación.

Pero a los pocos días se murió Alan Rickman y con eso quedó claro el tenor del año. Era un favorito personal, desde su Sheriff de Nottingham hasta su personaje en Love Actually, todo era mejor con Alan Rickman – no creo que hubiera visto una sola de las de Harry Potter de no ser por él. Y sabiendo que le quedaba poco por vivir y encontrando calma en la idea de la muerte, Rickman dejó estipulados hasta los últimos detalles de su funeral, incluyendo una canción para su señora.

Y así fue como encontré la llave para apreciar a Tom Waits

 

 

#tigresorpresa

Esta es de Agustín Fernández Mallo y su Nocilla Experience.

“Mientras los fríe piensa en una historia que leyó hace tiempo en el Reader’s Digest: si a una persona le dicen que detrás de las 5 puertas que tiene ante sí hay un tigre sorpresa, entonces sabrá que detrás de la última no podrá estar, porque una vez llegado a esa puerta sin haber encontrado el tigre, ya sabría seguro que estaría detrás, y en ese caso ya no sería un tigre sorpresa, así que la última puerta está descartada. Y tampoco estará detrás de la penúltima, porque sabiendo ya que en la última no puede estar, entonces sabría, con toda seguridad que ha de estar en la penúltima, y en este caso tampoco sería ya un tigre sorpresa, así que en la penúltima, descartado. Pero en la antepenúltima tampoco, porque sabiendo que no puede estar ni en la última ni en la penúltima, entonces tendría que estar justo ahí, en la antepenúltima, y entonces ya tampoco sería sorpresa,y así va descartando todas hasta que se da cuenta de que el tigre no puede estar en ninguna, y que precisamente era ésa la sorpresa, y para demostrarlo va abriendo las puertas una por una hasta que en una de ellas, da lo mismo cuál, el tigre le salta al cuello y lo mata, y Jack piensa que eso mismo pasa en la vida que se planea y lo que en efecto al final ocurre. No es que la teoría y la vida estén mal, es que no tienen nada que ver, como tampoco tienen nada que ver los pensamientos del pez que baja aleteando con los del cabrón que tira el anzuelo y arriba espera.”

Todo lo que yo pueda agregar no haría más que marrar este momento. Buenas noches y buena suerte, camaradas.

Algarrobo, mon amour

Fue un mes delicioso, con lo mejor de dos mundos – la calma de la soledad junto al mar, las visitas a los amigos, las ocasionales compañías perfectas, un ir y venir entre el pasado y el futuro parecido un poco al vaivén de la marea.

Fue un viaje campbelliano, con umbrales cruzados, recompensas, pruebas, muertes y resurrecciones. Tenía planeado escribir dos cosas y volví habiendo escrito dos cosas completamente distintas, una de ellas insospechada. Conocí a dos personas que sé, como se saben estas cosas, que van a estar en mi vida por un buen rato, y consolidé dos amistades muy importantes. Me fui con preguntas y volví con un plan.

Caminando por esas calles, por las que he caminado desde antes de saber caminar, fui feliz hasta el absurdo y la risa espontánea. Ahora las dejo atrás, como parte del mismo pasado que está ahí, pero ya no existe. Pero voy a volver.

Oh, cómo voy a volver.

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El New York Times tiene una sección sobre los espacios fundamentales para ciertos escritores y hoy (justo hoy que estoy escribiendo sobre él y con él) le tocó a David Foster Wallace. Habla de los espacios y la paz para una mente indudablemente atormentada de ser tan brillante y tan sensible. Es difícil contenerse cuando uno contiene mundos como el de Infinite Jest, que es más grande que el mundo mismo por momentos.

Uno proyecta siempre sus emociones en sus héroes, pero no puedo dejar de mirar la foto de la pradera, con su horizonte infinito, y entender la paz y la felicidad que se debe haber sentido correr, vivir, desgastar el mundo y la propia vida por esos lados. Y la verdad es que echo de menos a DFW. Me gustaría vivir en un mundo en el que él estuviera.

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Ese momento.

Gegen die Wand o Contra la Pared o Head-On es una película turco-alemana del 2004 que parte como una historia de amor más: Cahit es un borracho que viene de vuelta en la vida y tiene una tendencia subconsciente al suicidio, y Sibel es la jovencita que quiere vivirlo todo y las estrictas tradiciones de su gente no la dejan. Se casan por conveniencia y juntos van desarrollando sus sentimientos hasta que…

Hasta que en el tercer acto la película se vuelve un drama de esos que te sacan el corazón, lo pasean frente a tus ojos y le clavan diez abrecartas al rojo vivo. Es una de mis películas favoritas de la vida, pero no tengo el estómago emocional para verla siempre. De hecho, la última vez que la vi, solo llegué hasta los dos tercios, hasta el punto en que todo está, relativamente, bien.

Estos dos tercios terminan con una escena clave. Cahit le explica a su amigo y confidente que se ha terminado por enamorar de la que ya es su señora. Desolado, destruido, feliz, Cahit hace trizas un par de vasos y se refriega contra los vidrios rotos gritando “¡Estoy enamorado!”, y cuando su amigo le intenta explicar que el amor es una construcción, algo que toma tiempo y se va forjando lentamente, Cahit simplemente le dice que está equivocado y luego, el eterno hombre que no baila, avanza por la multitud y se sube al escenario a bailar con la banda.

Es una delicia de escena, en el contexto de la película. Y en términos generales, es la metáfora/expresión perfecta. No sé si del amor o del enamoramiento siquiera. Intuyo que es de algo más grande, de un sentimiento que no hemos nombrado porque no estamos seguro que todos lo hayamos vivido y sospechamos que muchos se murieron sin sentir. Ese que va a la vena, que es un evento de extinción, que destruye, conquista y reconstruye en un segundo. Ese.

Goodbye Gilmore Girls

Hace como doce o trece años mi polola de entonces me presentó a las chicas Gilmore. Ella (mi polola) se llevaba bien-bien mal con su mamá y empatizaba con hartas de las premisas de la serie. A mi me gustaban las referencias pop, la forma de hablar de los personajes, y al cabo de unos meses, todo. Es un punto de discusión frecuente con algunos amigos guionistas que me dicen “¡Nadie habla así! ¡Nadie tiene ese ritmo tan rápido! ¡Nadie hace tantas referencias y se completa las frases!”. Siempre me lo dicen así, con signos de exclamación.

Mi papá y yo hablábamos así. Jo y yo hablábamos así. Con otra gente también lo hemos logrado, por momentos. La clave no está en la forma de hablar, está en no reírse al final de la frase y contestar con otra referencia o con un ligero sarcasmo sobre la anterior.

A mediados de año la Cata empezó con el proyecto de ver la serie completa, esperando los especiales que estaban por venir. Yo la acompañé al comienzo, feliz de por fin ver en serie algunos arcos de personajes que me había perdido, como por ejemplo, el desarrollo de la relación entre Rory y Jess. Con la Cata terminamos y empezamos a separarnos más o menos justo cuando le tocaba ver cómo se desarrolla la relación entre Rory y Jess. Hay cosas que en esta vida uno no está destinado a ver nomás.

Otra de esas cosas que uno parecía no estar destinado a ver era un final digno a la serie, después del desastre de la séptima temporada. Pero… A year in the life.

Cuatro especiales de noventa minutos que se ven mejor como una historia de seis horas y un retorno a lo mejor de lo antiguo con un toque de desarrollo de personajes ejemplar y ahora todo es mejor en el mundo. Amy Sherman-Palladino, que no estuvo a bordo para el desastre final y tuvo que ver por la tele como su propia serie se sumía en una mediocridad autoparódica. Diez años después tuvo por fin la oportunidad de no solo reivindicar su creación y hacerle justicia a la historia y los personajes, sino también hacerlo tanto mejor de lo que hubiera podido hacerlo todos estos años atrás.

Todo funciona bien en A year in the life, aunque lo que mejor funciona es el paso del tiempo. En diez años las tres generaciones de personajes han evolucionado, silenciosa y verosímilmente fuera de pantalla, dentro de la cabeza de su escritora y así es como el pueblo está más de acuerdo con Taylor, los dilemas de las madres ahora son los dramas de las hijas. Hay algunas cosas que saturan y por momentos se nota el esfuerzo que fue conseguir tener una sola escena con actores que hace 10 años tenían harto más tiempo libre que ahora, pero incluso la secuencia más latera de la serie (el musical del episodio 3 que resulta eterno) termina sirviendo de plataforma a una escena que desata un par de nudos emocionales más adelante.

La nueva serie está plagada de momentos meta – desde la primera escena a la última, con comentarios en los que la voz de los personajes hace eco de la de los actores y con aquél momento en que Lorelai dice “as it should have been”, y uno no deja de escuchar la voz de la autora diciendo directamente: este es mi final, esto es lo que yo quería hacer hace 10 años – temporada 7 y temporada 8; pero hoy lo hago mejor.

Hoy tuve una conversación larga con la Cata, ahora que somos amigos nomás y nos contamos de las cosas que hacen que la vida se sienta temblar constantemente. En medio del small talk previo a Las Cosas Importantes, me contó que está en el quinto capítulo de la séptima temporada en su carrera con la serie; y tuve la tentación de decirle “sáltate esa temporada y anda directo a la nueva”, pero no se lo dije. Es necesaria esa pequeña decepción, es bueno ver las cosas que le pasan a los personajes, para apreciar mejor el salto cualitativo que es A Year in the Life.

Como vivimos en los tiempos de Netflix, no se puede decir mucho sin lanzar el asalto de los spoilers, pero puedo decir lo siguiente – la serie funciona como una despedida perfecta. Que el final, que la última escena, funcione como un posible pie forzado para continuar la historia, es cierto – pero la verdad es que es un final perfecto, un cierre que vuelve a empezar y que nos deja con la sensación de que el universo creado seguirá girando, solo que no lo veremos. Al menos yo no lo veré. Hoy me despedí de las Gilmore Girls y fue de la mejor manera posible.

Pocas cosas lo resumen todo mejor que la canción que cierra el primero de los especiales. En nuestra tradición hetero-pero-ni-ahí-con-demostrarlo: Dolly Parton con Here You Come Again:

 

 

 

Migraciones

Está por salir, por Santillana Juvenil, una delicia de libro que se intitula “migraciones: un mundo en movimiento”. [DISCLAIMER: una de sus autoras es una buena amiga y alguien a quien admiro y respeto muchísimo profesionalmente]. Construido y planteado como un informativo y una convocatoria a la reflexión y al diálogo, el libro provée estadísticas, datos, y testimonios sobre la experiencia migratoria en general y en Chile en particular. En un país que leeeeentamente se está poniendo más diverso en lo que a los orígenes de su población respecta, el timing del libro no podría ser mejor.

Tiene muchas virtudes, pero quizás la más importante es crear más preguntas de las que contesta, abrir espacios con información, poner definiciones sobre la mesa. En la vida muchas veces vamos usando palabras que se nos diluyen y por ahí está el origen del malentendido, de la pelea, de la separación. Dos personas escuchan algo como “cosas malas” o “gente distinta” y las dos personas se imaginan algo completamente distinto. Y a la hora de hablar de tolerancia y aceptación; de abrirse a la experiencia de un otro, uno no puede dejar al azar las pequeñas definiciones de base. Y eso es este libro: un gran “sentémonos a hablar” hecho con sensatez, seriedad e inteligencia. El aporte de una doctora en sociología y el soporte de una ilustradora y diseñadora que compone páginas simples y llamativas, completan los elementos que hacen de este un trabajo fundamental. De esos que deberían ser lectura mínima en los colegios y estar siempre cerca, para cuando uno necesite de esas respuestas que los libros dan mejor que las personas.

 

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Hace unos meses nos juntamos a tomar un café con la Sofía y me contó de sus proyectos, de sus dos primeros proyectos como autora. Ella resulta ser una editora asertiva, dedicada, de esa gente que tiene instinto, práctica y esfuerzo. Siempre he querido que sea mi editora y cuando nos juntamos le hago todo tipo de pataletas a ese efecto – por otro lado, ha leído mis primeros borradores e ideas de un par de cosas, lo que me hace sentir como si fuera amigo de mi dentista: alguien que ha visto lo peor y más primaria y brutalmente sucio de mi. Lo que más le admiro a su lucidez, cosa que me fue aún más evidente cuando me contó de qué se trataban los dos proyectos. Si yo hubiera tenido esta misma idea, habría intentado escribir La Novela Migrante, quizás para niños, quizás en cómic; me habría dado mil vueltas y habría salido con un culebrón intrincado y saturado de personajes. En vez, una persona sensata y más lúcida ejecuta la idea de una manera útil, directa, y simple. Eso es la elegancia en el crear y es algo de lo que nunca hay suficiente.

Y si bien este libro de las migraciones me parece el más necesario, el más pertinente y el de mayor potencial de impacto en el mundo, el otro proyecto es el que estoy esperando con ansias. Como dicen por ahí: “Detalles más adelante”.

 

Carta de [El Autor] a sí mismo, pero cuando shigo.

Querido Leo,

Si mis cálculos están bien, estás en primero básico y estás leyendo esto una tarde de sábado, después del segundo partido que jugamos por ese campeonato de baby fútbol. La semana pasada atajaste todo lo que se podía atajar y tu equipo perdió, pero aun así la gente te felicitó. Nunca te habían visto jugar al arco, porque nunca habías jugado al arco. Hoy tu equipo ganó pero no jugaste tan bien. La Bárbara – que no te gusta, pero como que sí – te ha dicho que no juegas tan bien como le habían dicho. Y lo que más te preguntas, en voz alta incluso, es cómo es que se puede ganar jugando mal y perder jugando bien. Esa pregunta encapsula muchos de los misterios de la vida, y es por eso que nos gusta tanto jugar fútbol; porque nos sirve como una maqueta y metáfora de todo lo que nos pasa.

El fútbol te va a acompañar toda tu vida. Te va a permitir hacer amigos donde normalmente no podrías, te va a dar rabias intensas, penas profundas y también unas alegrías desbordantes. Cuando seas adolescente vas a pensar mucho, más de la cuenta, y en algún momento vas cuestionarte la existencia de las experiencias religiosas. Tú unica experiencia religiosa la vas a tener en un estadio.

Cuando tengas quince años, te va a tocar entrar de suplente en un partido importante. Te van a hacer un gol que te va a marcar por muchos años y te va a costar reponerte de esto. Quince años después de eso, tus compañeros te van a preguntar porque siendo tan alto (spoiler alert!) te cuesta tanto atacar los centros frontales, que son pelotas fáciles. Dirás que lo fácil te cuesta más que lo difícil y algo de razón tienes, pero también estás bien herido. Y está bien. Está bien estar herido y está bien reconocerse herido. Esas son lecciones que te va a tomar más tiempo incluso aprender.

No es coincidencia que desde los quince a los veintiuno dejes de jugar a la pelota. Va a ser un período oscuro y va a ver días en que no vas a tener ganas de nada ni fuerzas para salir de la cama siquiera. No te puedo contar mucho, pero créeme que no es nada grave. Nadie se muere, nadie enferma; pero lo pasamos mal. La buena noticia es que se pasa. Todo en la vida se pasa y cuando terminen esos años vas a tener mucha energía y ganas de apreciar el mundo. Vas a hacer un montón de amigos, pero ojo que de esos ninguno sigue siendo tu amigo hoy. Tus amigos de hoy los conociste antes (atento cuando te cambies de colegio) y los vas a conocer después, trabajando ya.

A propósito de amigos, un día viernes vas a estar jugando baby de nuevo, en tu universidad, y vas a estar medio peleando con una polola. Todavía inseguro e incapaz de marcar ciertos límites mínimos, vas a dejar tirado a tu equipo y a todos les va a doler. Te lo van a perdonar porque te quieren, pero a ti mismo te van a tomar años darte cuenta de lo que hiciste mal y porqué. Es uno de los pocos arrepentimientos de tu vida. No dejes a los amigos. Quien te quiera te va a querer sabiendo lo que es importante para ti. Y te van a querer harto, te van a quere bien. En eso tienes suerte. Pero cuida a tus amigos. A la semana siguiente, vuelves a estar de pelea con esa polola; y te llega un pelotazo en la cara que te saca sangre. Ese día ella termina contigo y te quedas mirando el techo de tu pieza. La sangre no se le va a los guantes y cada vez que los miras te da rabia y te dan las penas de amor. Ahora, doce años después, nos da mucha risa. Pero doce años, ojo.

Y un buen día, cuando ya tienes treinta años, te invitan a jugar unos amigos de amigos y llegan más amigos. Hay dos arqueros en un equipo y cero en el otro, así es que aceptas cambiarte de lado. Ese equipo va a ser el mejor equipo en el que vas a jugar en tu vida. El equipo es tan bueno que nadie nota que eres malo. Salen campeones cuatro veces seguidas y parece que nada los va a detener. Pero vienen lesiones, hay compañeros que se van a vivir afuera, y el resto de los equipos se preocupa de reforzarse bien. Lentamente, empezamos a terminar segundos, terceros, sextos. Te persigue la idea de que le haces mal al equipo, que eres el que no está aportando para volver a ganar. Hay un torneo en que te hacen cinco veces un gol que es idéntico al que te hicieron a los quince años.

Pensando en dejar el fútbol, te metes a nadar. Un deporte solitario, relajado, que te hace bien. Cada vez que has nadado (y yo sé que en este momento le tienes miedo al agua, por lo que pasó el verano pasado) tu vida ha tenido cambios significativos. Nadar te da una cierta confianza, una actitud distinta. Empiezas a jugar mejor. Por otro lado, tu equipo querido pierde partido tras partido, pero donde antes te sentías culpable, ahora tienes la tranquilidad de estar haciendo tu parte. Es la única tranquilidad que puedes tener en la vida.

Ese torneo, que terminó ayer, tu equipo termina colista. Paradojalmente, te eligen como el mejor arquero de la liga. Siempre nos han incomodado los reconocimientos – los hijos únicos creemos que el mundo es nuestro y nos parece redundante que alguien nos diga algo bueno, pero lo malo igual nos duele – y en una parte de tu cabeza estás activando todos los mecanismos para no disfrutarlo; inventas excusas, piensas que no lo mereces. Dísfrutalo. No hagas caso de tu subconsciente. Nos han pasado hartas cosas desde el día en que nos preguntamos por qué uno podía ser figura en una derrota y ser vilipendiado en la victoria. La respuesta está en la tranquilidad del trabajo propio.

Ah, y la medalla no la fuiste a recibir porque ese día una amiga que necesitaba de tu ayuda se apareció en la puerta de tu casa y estabas muy cansado. Tus amigos del fútbol dicen que te echaron de menos, pero lo entienden. Quien te quiere en la vida, te entiende.

Te esperan tantas cosas en la vida antes de poder ponerle punto a la pregunta que te estás haciendo ahora. La vas a pasar bien, la vas a pasar mal y la mayor parte de las veces va a ser una mezcla en que la vas a pasar divertido. Siempre estás intentando mirar las cosas desde un ángulo distinto, porque algo nos convence de que todo esconde un chiste. Y tenemos razón.

Por razones de paradojas temporales, no te puedo dar muchos consejos ni decirte quién va a ganar el Campeonato Nacional durante los próximos 30 años, pero creéme que vas a estar bien. No siempre ha sido así, pero ahora, en tu ahora y en mi ahora, eres mi persona favorita en el mundo entero.

Del movimiento.

Hoy tuve correo de Katty con el siguiente link:

Lo que derivó en una seguidilla rápida de correos en que conversamos sobre el estado del deseo, la fluidez en los movimientos y porqué el señor Yanis Marshall es infinitamente más atractivo que, digamos, la señora Beyoncé Knowles. Haga el ejercicio de ver el video, de explorar lo que le pasa en general y luego compare esas sensaciones con lo que le puede provocar un video de coreografía prefabricada.

Las respuestas son todas correctas.

El animal totémico

Las arañas tejen su red y los textos son como una red y se tejen también y tienen el mismo origen filológico, como “textura” también, y sin embargo el miedo instantáneo a las arañas no se me ha pasado del todo. O sea, lo tengo bastante dominado, pero no estaba preparado para lo de hoy en la mañana

Desperté bien temprano, y abrí los ojos y me quedé un rato en la cama mirando el techo, pensando en el mundo. Cuando tuve la vista más enfocada, abrí el teléfono y leí un correo de mi amiga María live from Korea (eso rima en inglés), tras lo cual me propuse dar una pestañada más. Dejé el teléfono en el velador y hundí mi cabeza no en la almohada sino en el colchón, por el costado de la almohada. Y ahí, a milímetros de mi ojo, tan cerca que la vi borrosa, estaba la espaider.

Dio un salto como el de la Uma Thurman en Pulp Fiction al recibir el shock de adrenalina y una vez de pie, lo primero que pensé fue “esto no pasó, esto fue una superimposición de imágenes de mi subconsciente”. Por alguna razón que ignoro, la idea de estar medio loquito y de que mi subconsciente me estuviera jugando ese tipo de bromas me pareció más plácida que la idea de haber tenido una araña casi en el ojo.

Pero no, ahí estaba la espaider. Spider-Man, Spider Jerusalem, o todas esas especies bautizadas con nombres de famosos, ninguno de ellos ha logrado reconciliarme con el animal totémico. Hace poco soñé que quedaba atrapado con mi cara al lado de una araña de cristal. Si Joey Campbell tiene razón, en algún momento tendré que descender a una caverna, enfrentar mis miedos y hacer las paces con ello. Como en IT, el payaso asesino; pero sin John Ritter. Lo que es una pena, porque John Ritter animaba cualquier fiesta.