Category Archives: Literarias

#tigresorpresa

Esta es de Agustín Fernández Mallo y su Nocilla Experience.

“Mientras los fríe piensa en una historia que leyó hace tiempo en el Reader’s Digest: si a una persona le dicen que detrás de las 5 puertas que tiene ante sí hay un tigre sorpresa, entonces sabrá que detrás de la última no podrá estar, porque una vez llegado a esa puerta sin haber encontrado el tigre, ya sabría seguro que estaría detrás, y en ese caso ya no sería un tigre sorpresa, así que la última puerta está descartada. Y tampoco estará detrás de la penúltima, porque sabiendo ya que en la última no puede estar, entonces sabría, con toda seguridad que ha de estar en la penúltima, y en este caso tampoco sería ya un tigre sorpresa, así que en la penúltima, descartado. Pero en la antepenúltima tampoco, porque sabiendo que no puede estar ni en la última ni en la penúltima, entonces tendría que estar justo ahí, en la antepenúltima, y entonces ya tampoco sería sorpresa,y así va descartando todas hasta que se da cuenta de que el tigre no puede estar en ninguna, y que precisamente era ésa la sorpresa, y para demostrarlo va abriendo las puertas una por una hasta que en una de ellas, da lo mismo cuál, el tigre le salta al cuello y lo mata, y Jack piensa que eso mismo pasa en la vida que se planea y lo que en efecto al final ocurre. No es que la teoría y la vida estén mal, es que no tienen nada que ver, como tampoco tienen nada que ver los pensamientos del pez que baja aleteando con los del cabrón que tira el anzuelo y arriba espera.”

Todo lo que yo pueda agregar no haría más que marrar este momento. Buenas noches y buena suerte, camaradas.
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El New York Times tiene una sección sobre los espacios fundamentales para ciertos escritores y hoy (justo hoy que estoy escribiendo sobre él y con él) le tocó a David Foster Wallace. Habla de los espacios y la paz para una mente indudablemente atormentada de ser tan brillante y tan sensible. Es difícil contenerse cuando uno contiene mundos como el de Infinite Jest, que es más grande que el mundo mismo por momentos.

Uno proyecta siempre sus emociones en sus héroes, pero no puedo dejar de mirar la foto de la pradera, con su horizonte infinito, y entender la paz y la felicidad que se debe haber sentido correr, vivir, desgastar el mundo y la propia vida por esos lados. Y la verdad es que echo de menos a DFW. Me gustaría vivir en un mundo en el que él estuviera.

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Haciendo las cosas bien : Paper Girls 1

(en transmisión simultánea con los invisibles – donde las imágenes se pueden ver a pantalla completa)

El comienzo de una historia, sea el primer capítulo de un libro o el primer episodio de una serie siempre presenta problemas o riesgos. Bien dijo Billy Wilder que si uno tiene problemas en el tercer acto de una obra, el problema está realmente en el primero. Hoy vamos a revisar a alguien que lo hace bien en un ejemplo en que todo lo hace muy bien: Brian K. Vaughn (Saga, Y: The Last Man, Ex-Machina) escribe para que Cliff Chiang dibuje el primer capítulo de una historia de nostalgia de los 80s mezclada con ciencia ficción. Como Stranger Things, pero con una voz más propia y las facilidades de producción que el cómic tiene sobre la televisión.

Veamos cómo lo hace, paso a paso.

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Nuestra primera aproximación a cualquier historia tiene que ser nuestro protagonista principal. Por quien vamos a hinchar o a quien vamos a odiar – la persona cuya perspectiva de mundo domina la historia y cuyos intereses son los que seguiremos con atención.

Aquí Vaughn parte con una secuencia de sueños. En la primera página tenemos ya el nombre de la protagonista (Erin) y sabemos algunas cosas de ella: tiene sueños del espacio y del feminismo; tiene sueños recurrentes y – quizás lo más importante – tiene un sentido de protección y responsabilidad hacia su hermana menor.

Las secuencias de sueños suelen ser un truco más o menos barato, pero aquí Vaughn aprovecha de mostrarnos, vía pesadilla, lo que la protagonista teme; y de paso le da un poco de acción al partir la serie, para amortiguar el desarrollo de personaje que está por venir: esto es un buen balance para que como lectores sepamos que esta historia tendrá aventuras y no solo niñas conversando.

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La segunda secuencia nos muestra el personaje y su mundo. Sabemos en qué año estamos y sabemos a qué se dedica Erin, la protagonista. Esos fajos de billetes nos hacen pensar que está ahorrando para algo y/o que lleva mucho tiempo haciendo esto. También que es una chica disciplinada; que es víspera de Halloween y que (“Hell Morning”) repartir diarios en Halloween es un cacho.

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En este splash de dos páginas la protagonista sale al mundo. Con precisión pulcra, Vaughn sigue el viaje del héroe como lo describe Joseph Campbell: Conocemos a nuestro personaje, luego conocemos sus motivaciones, y luego nuestro héroe inicia su viaje.

Cliff Chiang se luce con una imagen que descomprime el ritmo de las páginas pasadas, y además ¿qué es ese cometa rosado de fondo?

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Otra de Campbell – después de iniciado el viaje, aparecen los adversarios y aliados, como parte del camino de pruebas que el héroe ha de seguir. Puntuales a la cita, llegan los adversarios: una manga de adolescentes disfrazados para las fiestas, con alma de matones. Aprendemos que Erin va a un colegio católico y también se usa la palabra “adolescentes” como un insulto. Dicotomía de edad y de género que empieza  establecer los temas de la serie.

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Tan puntual como los adversarios llega la caballería al rescate. Mackenzie, Tiffany y KJ irrumpen en escena y en el curso de cuatro páginas aprendemos más de ellas que en horas de muchas series malas. Mackenzie entra como chica ruda, tratando de “maricones” y “pacientes con SIDA” a los adolescentes; y Erin, en vez de agradecerle la salvada, le dice que no hay porque decirle así a la gente. Es la voz de la corrección política de este siglo, en diálogo con el pasado, pero funciona porque es fiel al personaje. Nos enteramos de que MacKenzie fue la primera niña repartidora de diarios del pueblo (ojo con la admiración feminista de Erin, que olvida los insultos homofóbicos), y también que Tiffany y KJ van a escuelas privadas (católica y judía, respectivamente). Tenemos división de clase, división religiosa, y tenemos las cosas que tienen en común. Un grupo establecido (las tres chicas se conocieron en otro Halloween) y una primeriza, que es nuestra protagonista. Esta secuencia es la forma perfecta de presentar a cuatro protagonistas principales, y es el corazón de este primer número. Para la mecánica interna de este capítulo, nos presentan al walkie-talkie de Tiff, que será una especie de objeto mágico. Detalles más adelante.

Nótese cómo así como las primeras páginas funcionaron como la presentación del héroe principal, estas páginas cumplen la misma función, pero a otra escala. El primer acto de una historia está lleno de comienzos como muñecas rusas y acabamos de cerrar la segunda. Ahora, nuestras heroínas (ya no una sola) parten en pos de su aventura.

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El primer acto de este número termina acá, con el recordatorio de que esta podría ser una excelente serie de chicas que conversan, pero en realidad es más que eso. Los que podrían ser solo más adolescentes disfrazados (nótese que uno de los primeros tenía disfraz de ninja similar a estos atuendos) resultan ser algo más. Y se mueven a espaldas de las protagonistas.

Aquí es donde nos iríamos al primer corte comercial.

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Con el mundo establecido y una cuota de suspenso, es hora de desarrollar un poco mejor los personajes. No hay que perder de vista que, si bien el primer capítulo debe tener una estructura que responda a sus propias necesidades como historia, también le debe respuestas a las necesidades de la historia mayor.

Acá se desarrolla algo que ya se había establecido: MacKenzie y Erin son chicas de caracteres opuestos. MacKenzie fuma, putea y es conocida por la policía. En este embrollo, Erin la defiende y el policía con una mirada las deja ir – Erin es el tipo de niña buena que inspira ese tipo de confianza.

Fiel al ciclo del monomito, nuestras heroínas reciben una llamada.

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Aquí comienza la peripecia. Tiff y KJ fueron atacadas por tres tipos vestidos “con malos trajes de fantasma”, y le robaron el walkie-talkie que tanto le costó a Tiff.El objeto mágico cumple su función y lleva a las niñas en pos de su nuevo objetivo: recuperar el artefacto y cobrarse revancha de los hombres que se lo quitaron.

Joseph Campbell habla del “acercamiento a la caverna interior”, como el momento en que el héroe, habiendo sorteado los primeros obstáculos, se acerca al espacio donde tendrá una experiencia transformativa. No es coincidencia que sea una caverna interior, ni que en el ciclo del héroe este sea el punto más bajo: milenios de historias y relatos nos llevan a un descenso a la oscuridad antes de ascender a la luz: Ulises, Orfeo, Skywalker Jr, McLane. Elija uno. Nuestras chicas acá tienen que descender a un subterráneo, donde las espera una sustancia oscura.

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En el interior de la caverna ocurre la transformación. KJ confunde a Orville Wright, de los hermanos aviadores con Orson Welles, acá a propósito de La Guerra de Los Mundos. El artefacto misterioso se activa, nuestras heroínas reciben algún tipo de radiación raro y salen al mundo exterior.

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En vez de salir transformadas, nuestras amigas encuentran que el mundo se ha transformado. El viaje de las cuatro recién está empezando y lo que podría haber sido una resolución simple resulta ser el comienzo de algo más. En cada gota de diálogo, Vaughn nos enseña algo de sus creaciones: ahora KJ habla de Peggy Sue como si fuera ciencia ficción y Erin la corrige, bien perna, diciéndole que eso es en realidad una historia de fantasía. Cuando las cosas podrían haberse aquietado, al estar nuestros personajes sobrepasados por el cambio a su alrededor, la historia vuelve a ponerse en movimiento gracias a los tres fantasmas. La búsqueda del walkie talkie se reactiva.

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Momento de confrontación y de consolidación del grupo de amigas como un equipo: KJ va al ataque para recupera la propiedad de Tiff, cuando cae, Mac es la que revela el rostro de sus atacantes, Erin esboza una amenaza que distrae al fantasma y Tiff, usando la chueca de KJ es quien lo tumba. Los hombres optaron por separarse y las mujeres, unidas, los derrotaron.

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A poco del final, y para darnos a entender que esta aventura tendrá proporciones aun más grandes que las que hemos visto en este comienzo; MacKenzie, la más ruda de las chicas rudas, vomita y está desconcertada. La búsqueda del walkie-talkie se cierra/se olvida, en pos de un objeto mágico mucho más impresionante: un producto Apple del futuro. “Continuará” en letras estilo 8-bits y qué ganas de que llegue luego el segundo número ¿no?

En 35 páginas, Vaughn y Chiang pasan por temas de género, raza y clase. Apelan a la nostalgia y urden una historia de ciencia ficción de la que aún no entendemos mucho, pero nuestras protagonistas entienden menos. Pero en estas mismos 35 páginas nos han encantado con sus miedos, sus anhelos, y su capacidad para actuar como heroínas en medio de una situación caótica. Estamos todos a bordo, acá comienza nuestra aventura.

Please Kill Me, Just Do It

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Please Kill Me es esa historia oral del punk que salió el 96 y que reeditaron este año a propósito de sus 20 años. Legs McNeil y Gillian McCain recorren el origen profundo del movimiento punk, que va de los MC5 a los Stooges, pasa por la Patti Smith, va a Inglaterra donde muta y se transmuta en los Sex Pistols y los Clash, y después vuelve a Estados Unidos, irreconocible.

Lo que me gusta del punk, lo que siempre me ha gustado del punk en general, es la ética, la actitud, el principio fundacional de “quiero hacer esto, pero no sé cómo hacerlo y probablemente lo haga mal, así es que lo voy a hacer igual”, que es lo contrario de la sobre-intelectualización, de la academia, del miedo y la timidez. Lo contrario de mi, por unos buenos veintitres, veinticuatro años de mi vida.

El libro hace muy bien su pega en lo que a contar la historia del punk respecta, pero la hace mucho mejor en términos de construir una narrativa. La edición de los 20 años incluye un pequeño ensayo de los autores sobre la naturaleza del formato de historia oral (que no sé si tiene un equivalente en español, no sé si existe una oral history de nada en español, pero esto es mi ignorancia nomás) y esas puras diez páginas pagan el precio del libro – y deberían enseñarlas en todas las facultades donde se enseña a escribir. McNeil y McCain no solo cuentan la historia sino que la urden a puntadas biográficas de forma tal que uno puede ver los puntos pero a la vez apreciar la textura en su amplitud. Todo conduce a algo en “Please Kill Me”, cada detalle enriquece la historia, siendo que además cada anécdota se para por sí sola, lo que es un gran mérito y la mejor señal de una estructura perfecta.

Hay dos momentos en el libro en los que la narración deja la mecánica de las entrevistas: la primera es para tocar el caso Sid Vicious/Nancy Spungen, en los que se cuelga brevemente de los reportes en la prensa escrita, para evitar indagar en las teorías del por qué y quién fue y qué pasó realmente; y el otro es en el capítulo final. Son dos páginas y media en las que Jerry Nolan, baterista de los New York Dolls, cuenta un episodio de su infancia. Y la juxtaposición entre ese momento y lo que hemos leído ya por cuatrocientas y tantas páginas es una combinación de esas que devastan y edifican al espíritu tras la devastación.

No hay lecciones ni moralejas ni pontificados en el libro. Cada quien que saque sus propias conclusiones (no hacerle a la heroína, los quaaludes, y la metadona debiera ser más o menos evidente, pero ni aun así). Las personas entran y salen como personajes en Please Kill Me, todas concentradas en el presente, todas pendientes del momento. Todas queriendo hacer algo, y haciéndolo. De eso se trata.

*Empecé a escribir esto en el momento justo en que se escuchó el primer trueno de nuestra tormenta de primavera. Así es que:

¿Queremos la Obra Maestra? – Wakolda (2011)

La Lucía Puenzo de Wakolda (2011) es lejos mejor escritora que la Lucía Puenzo de La Maldición de Jacinta Pichimahuida (2007). Mucho puede pasar en cuatro años de trabajo, pero no es solo la experiencia y el dominio de la técnica lo que se siente más afinado en esta novela. También lo es la elección del tono, el manejo de los ritmos y la preocupación por los personajes. Ciertamente, el descuido y la focalización (y también el estilo) de La Maldición podían ser una suerte de forma imitando al contenido, pero el contenido de la más reciente novela de Puenzo es mucho más solido y denso, y la forma le sigue el compás.

Wakolda sigue un episodio ficticio de los años prófugos del Dr. Mengele por Sudamérica, en particular el período 59-60 cuando se tramitaba su eventual extradición a Israel (y cuando, post-Nuremberg, el mundo ya había reconocido que estaba con vida). La novela sigue una especie de último experimento del genetista nazi, en un relato sencillo, íntimo, bien armado, donde sus piezas encajan con precisión envidiable. Puenzo pone la cuota justa de información sobre la mesa para que disfrutemos de una historia que atrapa, que no da respiros , y, en un mundo plagado de lugares comunes y rebosado hasta el desgaste de imaginería nazi, se las ingenia para contar su historia con elegancia. Es una muy buena novela.

Lo que uno no puede dejar de preguntarse es si acaso no podría haber sido una mejor novela. Wakolda es una máquina muy bien aceitada y sus baches son realmente insignficantes (una cierta repetición de una metáfora, o el uso muy seguido de una misma imagen que no se alcanza a volver motivo: Nada. En serio). Editar este manuscrito para que alcanzase su estado perfecto tomaría menos de una tarde. Podemos tomarnos un café de por medio, incluso. La pregunta que deja en el aire Wakolda va para otro lado. Esta es una novela que, de haber sido escrita en otro tiempo, habría tenido doscientas páginas más. En esas doscientas páginas no habría pasado absolutamente nada que ya no esté en esta versión del texto, pero habríamos visto desarrollados los personajes en profundidad, en exceso. Y sería, sin lugar a dudas, una de las Grandes Obras Maestras de la Literatura Hispanoamericana. O por ahí. Mínimo una aparición en una addenda del canon occidental.

Pero Wakolda no es Bovary. A dios gracias. Wakolda no gasta ni nos desgasta en páginas de páginas de cavilaciones. Wakolda es una novela para estos tiempos: condensada, ágil, precisa. Punzante, también, cuando tiene que serlo – he ahí lo que la hace más profunda que La Maldición, o que otras obras contemporáneas. Wakolda se ciñe a cifras y códigos que le entregan en dos párrafos la profundidad que de otra forma habría tomado capítulos construir. Por eso sigue a un ex-jerarca nazi, no porque sea una novela sobre el nazismo ni porque tenga ningún valor histórico, sino porque la elección del personaje le ahorra tiempo a su autora para construir un relato sobre la soledad y la obsesión. Cut to the chase, literalmente.

Le faltan hartas cosas a Wakolda para ser una obra maestra. No es la intención, tampoco. Pero tiene suficiente genialidad como para hacer inevitable que uno la lea como una suerte de almácigo de la grandeza. Me deja con la sensación de que quizás ya no veamos en nuestro tiempo más de esas grandes, grandes obras. Ya no están los tiempos para eso. Puenzo lo lee bien y entrega una novela impecable. Usted leála.

Foster Wallace

Llevo un poco más de dos semanas obsesionado con David Foster Wallace. No tengo muy claro cómo llegó a pasar esto, pero una de esas noches me quedé viendo una entrevista y después otra entrevista y después otra entrevista. Me va a tomar otras dos semanas escuchar/ver el resto de las entrevistas que hay disponibles, pero ya llegué a la parte en que hago búsquedas secundarias o me tengo que meter en foros o sitios especializados. Me devoré “A supossedly fun thing I’ll never do again” y “Consider the Lobster”, las dos colecciones de piezas periodísticas que hay publicadas. No quiero, por ningún motivo, tocar “Infinite Jest” o siquiera “The Broom of the System”. Me da miedo leer la ficción de Foster Wallace. No puedo explicarlo, no puedo explicármelo ciertamente, pero es un espacio en el que no quiero perderme…o quizás tengo la esperanza de conectar más con la figura humana, con la persona que habla de libros que con sus libros.

Me impresiona verlo a Foster Wallace, su planta de movimientos, sus muletillas, su expresión tímida y a la vez decidida – la marca inequívoca del ego del escritor: pequeño como una moneda pero con la gravedad de Júpiter – como con ningún otro personaje ya muerto me da la sensación de estar viendo un fantasma, el eco de una persona que ya no está, pero que es. Verlo es hacerlo vivir, y yo me quedo mirando mi pantalla de catorce pulgadas con la sorpresa y fascinación de un indígena de las Azores ante un espejo de divinación. Y me impresiona pensar en su muerte.

David Foster Wallace se suicidió a los cuarenta y seis años. Demasiado joven para un autor, demasiado viejo para un suicida. Se suicidó como consecuencia de una depresión que pudo controlar durante 20 años, pero tuvo que dejar el tratamiento y cuando intentó retomarlo ya era demasiado tarde: los medicamentos no funcionaba, la terapia de shock no funcionó. Todas las descripciones biográficas breves dicen que “pasó sus últimos meses sumido en una depresión tremenda”. Y yo no necesito que nadie me describa más. No pienso en pormenores, pero cierro los ojos y veo el sepia manchado que es el mundo en depresión: el sepia del polvo de cortinas que no se volvieron a abrir, de la luz mortecina del atardecer, de la luz mortecina de las ampolletas prendidas toda la noche. La luz que no calienta ni alumbra, sino que solo permite intuir que allá afuera hay una realidad palpable, pero que uno no está ahí.

David Foster Wallace se suicidió ahorcándose. No es un suicidio impulsivo, no es el diferido de las pastillas, ni el salto precipitado desde el puente, ni la instantaneidad del disparo. David Foster Wallace se levantó una mañana, cansado de no poder más con la existencia, consideró una viga, observó una soga, pensó y preparó un nudo. Es una muerte metódica, estudiada. Mucho puede salir mal al colgarse. Requiere tiempo y dedicación. Cierro los ojos y veo, en primera persona, mis manos como sus manos tomando la soga, pensando el nudo.

No puedo dejar de pensar en ese momento. Hacía años que no encontraba tal resonancia con mi propia sensación y certeza de que se puede vivir y querer vivir tanto; y simultánealternadamente querer dejar de vivir a cada momento.

Warren Ellis – Global Frequency.

Hace ya diez años, Image publicó Global Frequency, una serie de sci-fi contemporáneo, escrita por el bueno de Warren Ellis e ilustrada en cada número por un artista distinto. Doce números, que funcionan como historias independientes, componen el puzzle que da una visión generalizada sobre la Frecuencia Global, una organización de inteligencia y contraterrorismo compuesta de 1001 expertos distribuidos por el mundo, coordinados por la directora del proyecto y por una operaria de supercomputadoras. Estos expertos provienen de las áreas más diversas (desde el sicariato al parkour, pasando por el obligatorio cientista termonuclear) y se comunican todos entre sí a través de unos dispositivos ultratecnológicos, que permiten envíar voz y datos, y hacer análisis en terreno como microcomputadores portátiles. En 2002 aún no teníamos la palabra smartphone.

Celuuulaaaareeees.

Toda una revolución. Para su tiempo. Y ahora también.

El problema con hacer ciencia ficción tan ajustada a los propios tiempos es que inevitablemente uno termina atrapado por sus propias predicciones. No es el caso de Global Frequency, pues a pesar de que vemos a todos estos personajes hiperbólicos vivir aventuras al límite del espionaje y de la vida o la muerte usando un teléfono que es un iphone con carcasa de Nokia primigenio, la historia pesa más. La facilidad con la que la obra de Ellis se salta este diferido es un crédito a su buena construcción y a lo bien urdida que está. Como todas las grandes historias de sci-fi, Global Frequency no se trata ni de sus predicciones ni de sus artilugios, sino de un concepto fundamental que resuena a un nivel humano. En este caso es uno más bien recurrente dentro de la poética de Warren Ellis y es que la única esperanza de la humanidad ante el mundo que nosotros mismos hemos construido es la solidaridad, la cooperación, la conciencia del otro. Así como la tolerancia y la libertad informaban Planetary; y la necesidad de expresión y comunicación estaban en el centro de Transmetropolitan; acá el énfasis del mismo mensaje pasa al ciudadano común, todos somos buenos para algo, todos tenemos un teléfono y es cosa de que nos coordinemos. La raya para la suma es un clásico de Ellis: una invitación a  no esperar que otro haga las cosas por ti.

El arte de Global Frequency es un gusto, la discontinuidad de ilustradores va en servicio del tono de cada historia, y claro, cuando entre los estilos distintos están Lee Bermejor, Simon Bisley, John J. Muth y Gene Ha, da un poco lo mismo que sean distintos. Al contrario, se aprecia, y genera la idea de que estos distintos aspectos de la organización podrían haber sido relatados en una serie muy larga, con distintos arcos de seis u ocho números ilustrados por estos talentos. Se genera así una especie de compresión de un relato mayor, avalada por los espacios narrativos entre cada número y el tono y diversidad de cada una de las historias de las que sí somos testigos. El rango de estas va desde la investigación de lo sobrenatural desde una perspectiva científica hasta el espionaje político, e incluso en los momentos en que corre el riesgo de repetirse, el cambio de tono, la riqueza de los personajes nuevos y únicos a cada historia hacen que la serie se sienta siempre distinta.

Dillon, Muth, Fabry y Pearson, aportando a la diversidad de la narrativa.

Dillon, Muth, Fabry y Pearson, aportando a la diversidad de la narrativa.

Dentro de la prolífica obra en cómic de Warren Ellis es fácil irse de cabeza a ese magnum opus que Transmetropolitan, o admirar el masaje cardíaco que le dio al tema de los superhéroes con The Authority, o incluso colgarse de la adaptación al cine para ir de cabeza a leer Red. Pero, en medio de una carrera que ni bien pasados sus comienzos casi no tiene puntos bajos, es bueno hacer un alto y leer en doce números lo que bien podría ser su esencia y núcleo. Una historia de personas que podríamos bien ser nosotros. Tú, y yo, y todos juntos.

La reflexión clave de la serie

Emaús

Hace poco menos de dós décadas, Alessandro Baricco escribió una nouvelle que se llama Seda y que es un texto muy breve, donde la repetición de segmentos produce un efecto delicioso, letánico, como el de las composiciones de cierto Ligeti. Algo destila en su composición, como gotas de rocío bien frescas en medio de un paisaje arenoso e inmutable. Es una gran nouvelle.

Se me ocurre que una de las razones del éxito descarado de Seda, sobre todo por estas latitudes, es que es breve. Se lee en cosa de horas, y permite hablar con propiedad de ella rápidamente. Se transmite viralmente en esta época en que tenemos todos una capacidad de concentración cada día más youtubesca. Y cómo está bien pulida y armada: tate, éxito seguro. Más gente habla de Seda que de City, la novela que le sigue en la bibliografía del autor y que es una delicia con todas sus letras. De esos libros fundamentales que le presto a la gente cuando quiero que me entienda un poco más.

Diez años después de City, y con harto más bagaje y libros bajo el brazo, me vuelvo a encontrar con Baricco. Ahora leyendo otra nouvelle, cuyo título da nombre a este post.

En Emaús, Baricco está haciendo malabares con múltiples esfera, tiene, por un lado, la novela de formación; por otro va la nouvelle como formato; y por otro está el uso de la primera plural: atisbos de un narrador que se quiere parar sino en la invisibilidad, al menos en la indecibilidad.  El argumento es simple: cuatro amigos unidos por su credo católico están creciendo, dejando de ser niños, dejando de ser adolescentes, dejando de ser católicos. El título de la novela viene tomado de la anécdota de aquellos transeúntes en el camino de Emaús, que fueron los primeros en encontrarse con Cristo resucitado y que pasaron un buen par de horas antes de que les cayera la teja de que estaban junto a El. Cristo. Resucitado. Naturalmente, el tema del (no) reconocimiento y su contraparte, la anagnorisis, empapa la novela, y de ahí la modalidad narrativa elegida por el italiano. Su primera plural, que corresponde a un narrador anónimo que habla a nombre de sus amigos, pero que tiene una personalidad definida, si bien transparente, le funciona al autor para ir lentamente descascarando las construcciones de la adolescencia y marcando el paso a la adultez. Esto redunda en que durante la mitad de la nouvelle (60-70 de sus 150 páginas), el narrados sea un completo insoportable, uno de esos personajes que uno no sabe si acaso están ahí para que uno se burle de ellos o para que los admire. Su catolicismo adolescente es tan grato como tomarse quince litros de brea al seco, y Baricco lo hace ver ridículo a ratos en su autoflagelación…es un muy buen católico.

Hacia el final, la historia se compone. PASAN COSAS, lo que es un alivio, porque durante la primera mitad no pasa absolutamente nada. Consciente de esto, Baricco agregó (asumo) una secuencia de prólogo. En esas dos primeras páginas hay más acción que en las siguientes sesenta, pero la cosa mejora. Y cuando mejora, cuando la historia habla con sus acciones más que con sus filosofar (a veces literalmente) pajero, uno empieza a sentirse agradecido con el autor por sacarlo de la miseria a la que lo sometió al principio. Baricco se toma demasiado tiempo para establecer a los cuatro amigos como personajes que vamos a ver desaparecer fugazmente. Uno termina queriéndolos, en retrospectiva, pero la jornada vivida con ellos apenas alcanza a ser significativa.

El problema con Emaús es que pretende resolver cosas muy tremendas de manera muy rápida. Cosas que la misma nouvelle plantea como tremendas y que después terminan siendo resueltas con dos sablazos, muy elegantes, por cierto, pero sablazos al fin; con lo que el autor pareciera estar diciéndonos que está bien, es una novela corta, no es para tanto, qué más da, no se moleste, su propina es mi sueldo. Parece que Baricco estuviera escribiendo para el control de lectura, para la prueba de los niños de 2º Medio. Faltó que la edición en tapa blanda de Emaús viniera con un set de preguntas clave al final. Lo que es una pena, porque como pieza está muy bien ejecutada. Baricco conoce su oficio y el malabarismo mencionado más arriba es ejecutado a la perfección. Uno, dos, tres, las pelotas van por el aire, remontando las páginas sin tocar jamás el piso. A ratos parece que hubiera más de tres, pero es el milagro de la estructura bien aplicada en manos de un escritor capaz. Si algo no se le puede imputar a Emaús es no ser una novela bien pensada, por que lo es. Sus ejes temáticos, su forma, todo funciona como un relojito. Pero el mejor de los relojitos no deja de ser un pequeño artilugio, y no es un instrumento para marcar el paso de las grandes cosas significativas en nuestra vida.

Todo lo que estoy diciendo, me parece, es: Baricco, vuelve a escribir una novela larga. Por favor.

Casanova: Avaritia – en 11 paneles

Mi querido lector, yo no tengo que decirle a usted que Casanova de Matt Fraction, Gabriel Bá y Fabio Moon es el mejor cómic de los últimos tres siglos, porque ya se lo he dicho hasta el cansancio. Hoy terminó de salir el tercer volumen y yo quiero dejarle algunos botones de muestra con mis paneles favoritos de estos últimos cuatro números. En casi-estricto orden de aparición.

Al comenzar este volumen nos enteramos que Casanova Quinn tiene la misión de exterminar todos los universos paralelos de dónde pueda haber salido Newman Xeno, el villano estelar. De entrada, lo vemos en un universo donde todos sus habitantes tienen las vendas características de Xeno. Y si en el volumen 1 todo era mil sobre hojuelas y Casanova era el típico superagente glamoroso, y en el volumen 2 había tenido que esconderse para evitar las represalias que sus actos originarían, el volumen 3 nos presenta su declaración de principios, ahora que es un obrero más, esclavo de las consecuencias de sus propios actos pasados. La condición del trabajador postmoderno en cuatro frases sencillas.

En el segundo número Casanova ha descubierto ya la identidad de su enemigo (o el enemigo de su padre más bien) y por ende en vez de tener que eliminar universos enteros, solo tiene que matar las versiones paralelas de un tal Luther Desmond Diamond. Ya no es muerte por control remoto, sino algo más íntimo. En una de sus muchas versiones, Luther es un guionista de cómics firmando en una convención. Para darle un valor agregado, sin que nadie se lo pidiera, Gabriel Bá lo dibuja para hacerlas de alterego del mismo Fraction. En medio de la balacera, se despacha el comentario preciso. Classic Casanova.

En otra de sus versiones, Luther Desmond Diamond es un cineasta. Aquí Fraction abre la secuencia con la cita justa a Radiohead, y en esta secuencia nos enteramos que Casanova se está enamorando del hombre que ha tenido que matar tantas veces ya.

Ok, esta es una página entera, pero es el punto álgido del segundo número de Casanova: Avaritia. Cass le va a enseñar a Luther cómo desaparecer y salvarse de la persecución constante que los agentes de su padre han lanzado contra él. Antes de eso, Luther le explica cómo hace para crear su arte, con todas las inseguridades y dudas que todo el que haya intentado crear algo en su vida ha tenido.

Y Cass le retrueca con un ligero consejo sobre la vida. Otro un-dos de frases para hacerse una polera.

En el tercer número, Casanova y su novia temporalmente desplazada se dedican a proteger a su amante. Lo que incluye enfrentarse con Suki Boutique, a quién vimos morir, ya vieja, en el volumen 2. Ahora, en el pasado, Cass & co. la fuerzan al retiro extorsionándola, despidiéndola con la siguiente escena, que es uno de los mejores usos del recurso metadiegético del cuadro negro y las letras rojas que aparece en todo este volumen.

El tercer número termina con la aparición en escena del mísmismo Newman Xeno, dispuesto a evitar a toda costa que Casanova lo salve en su pasado y termine haciéndolo desaparecer o, peor aún, reemplazándolo por una buena persona. La página final completa es de él y una de las mejores declaraciones de guerra que yo haya visto en un cómic.

Que en el número siguiente tiene la salida de escena que llevábamos un rato esperando que no por eso deja de sentarle bien y salirle mejor. Despeñándose/desapareciendo contra la ciudad en llamas, para frustar cualquier intento del protagonista por salvarlo.

Y por mucho que afuera la ciudad se esté quemando y haya violencia sobreexgerada por doquier, son los quiebres hacia los momentos íntimos los que empujan la serie, como ver a Cornelius Quinn en las etapas terminales del cáncer que, se nos dijo en uno de esos recuadros de letras rojas en el primer número del volumen, “terminará matándolo hacia el final de la historia”.

De la fragilidad trágica de la vida pasamos al humor absurdo como solo este medio puede entregarlo. Ese ensamble y contraste página a página impregnan a la serie de lo mejor de aquello que algunos han dado a llevar Posmodernidad.

El remate… a lo largo de todo el volumen este cuadro ha dicho “(Sound of spatiotemporal holocaust)” y ahora Fraction, hacia el final, mientras la mayoría de los personajes yacen tumbados, ya sea tumbados en bases voladoras, desangrándose en el interior de un robot gigante o en una cama de hospital, el tercer acto llega a su climax y todos los excesos, los castigos, las huidas, las culpas y el asco colapsan en una parafraseo de David Milch sobre el poema de Robert Penn Warren, que resulta ser favorito de [El Autor] de este blog:

This

Is the processs whereby the pain of the past in its pastness

Maybe converted into the future tense

Of Joy

El proceso este es, sin duda, el perdón, que es lo que todos los personajes en esta ópereta de espías, robots, universos paralelos y viajes en el tiempo están buscando sin decir jamás. O lo dicen siempre, pero de otras formas, como las que se aprecian en las ilustraciones anteriores.

Pynchon 201 y 202: Gravity’s Rainbow

Si usted se plantea una inserción sistemática en la obra del enigmático Thomas Pynchon, el más talentoso de todos los postmodernos, haría bien en tomar como curso introductorio The Crying of Lot 49, ciertamente. Aunque si usted es de esos impacientes, o si está muy convencido de que le va a gustar la experiencia puede pegarse el salto y leer Gravity’s Rainbow, que en nuestra malla curricular equivale a DOS(2) cursos sobre Pynchon. Una obra larga, intensa, de lenguaje oscuro a ratos, Gravity’s es, a mis ojos, una delicia.

La novela sigue a un piño de personajes muy disímiles en su búsqueda, a fines de las Segunda Guerra Mundial, del misil V-2. El V-2 (la V es de Vergeltunswaffe o Arma de Vengaza, porque ese chico Goebbels sí que tenía talento para ponerle nombre a las cosas) es, entre otras cosas, la base del sistema de propulsión que hasta el día de hoy mueve a los transbordadores espaciales, pero esta es solo una de las múltiples aristas que son explotadas por Pynchon. En la novela el misil se vuelve una metáfora para la vida, el destino; un objeto totémico en el que se va la vida de una tribu africana, la obsesión de rusos, ingleses y estadounidenses; el fetiche de holandeses; es el objeto fálico de Freud y el estímulo principal de Pavlov; todo en uno. Así, mediante iteraciones repetidas y diversas, Pynchon atomiza su significado y nos atomiza con él en el gesto: el cohete es TODO, el cohete es nada.

De párrafos largos y frases explicativas dentro de frases explicativas, Gravity’s Rainbow tiene un inglés que marea, que pega primero y explica después. Como el mismo V-2 que, supersónico, explota antes de que llegue el sonido de su trayectoria, la novela empuja a sus lectores a párrafos enormes y secciones enteras que no hacen sentido sino hasta llegar a la última línea. Fuera de la pléyade de personajes que desfilan por sus casi ochocientas páginas, cada tanto Pynchon se desencaja de la historia y se manda en riffs de una técnica exquisita en los que muchas veces no se entiende nada, salvo que estamos frente a un instrumento excelso. La claridad suele llegar después, pues si bien Pynchon exige de su lector, queda más que claro que exige aún más de su texto, y este se defiende solo, sin explicaciones ni notas al pie. Las hay por montón. Existen al menos dos volúmenes de anotaciones completas compiladas por otra gente para “entender” Gravity’s Rainbow. Lo mejor de todo es que no son necesarias. La novela está tan bien construida que todo funciona, si bien uno tiene que tener la apertura suficiente para no esperar que todo funcione en el plano argumental. Muchas de las salidas de Pynchon apuntan exclusivamente a crear una musicalidad, un ritmo mediado solamente por las palabras.

Ajústese el cinturón antes de leer Gravity’s Rainbow, la propulsión del despegue puede hacer que la novela se le caiga de las manos. Pero si se aferra a ella con la suficiente tozudez terminará descubriendo que es una gran experiencia. Hay pasajes en que no dan ganas de hacer otra cosa que irse a vivir en el texto. So riesgo de recibir un misilazo en cualquier momento.

Live From New York : An Uncensored History of Saturday Night Live (2002)

En sus 36 años de vida sería difícil decir que Saturday Night Live es, ni con mucho, el programa más gracioso de la historia de latelevisión. Ni siquiera de la televisión estadounidense, particularmente considerando como los últimos quince años nos han llegado a dar sitcoms realmente buenas (nota: si tiene risas pregrabadas, quizás no es tan buena como usted cree). Pero pocos programas pueden ostentar de la unicidad de su formato, y del talento que han visto pasar por sus elencos como SNL. Y con esos talentos vienen los egos y con ello las historias. Y el show en sí es una historia enorme de altos y bajos y luchas y victorias pequeñas y tragedias tremendas. Teniendo esto más que claro, Tom Shales y James Andrew Miller salen a hacer una historia oral del programa, entrevistando a todos sus participantes aún con vida. Escritores, directores, asistentes de producción, ejecutivos de la cadena y claro, sus intérpretes.

El trabajo de Shales y Miller es ciertamente impecable. De entrada nos anuncian lo que vamos a leer y nos cuentan que sí, están todos menos Eddie Murphy y Dennis Miller, quienes no quieren hablar más del show en sus vidas. Hay un candor honesto al tono del libro que sus autores logran balanceando opiniones contrastando, tratando de editorializar menos posible. Leemos las voces agradecidas de comediantes que no eran nadie hasta entrar al programa y se transformaron en las estrellas que nunca pensaron podían ser y leemos de aquellas voces llenas de talento que pasaron por SNL teniendo, simplemente, un año de mierda.

Los autores montan (sí, montan) la narración como si fuera un especial mismo de televisión y uno a ratos tiene la impresión de estar leyendo más el guión para un colosal documental que un documento pensado para ser leído. Con sus 566 páginas en paperback divididas por capítulos de a cinco años, Live From New York coquetea con el género que lo inspira y asume sus tropos y lugares comunes con naturalidad. Asimismo, su lectura es rápida, fluida. Uno de esos libros que bajan como el agua.

Destaca el trabajo de los autores y su disposición a dedicarle a cada era el mismo número de páginas. Considerando la riqueza del material sería fácil caer en la tentación de pasar por encima de ciertos años y, por ejemplo, concentrarse en la primerísima época, aquella de Chevy Chase, John Belushi, Dan Aykroyd, Bill Murray, Gilda Ratner et al, pero Live From New York, imitando a su sujeto, trata de darles el mismo espacio a todos; por más que, como con su sujeto, esto no termine siendo del todo cierto. Aún así, el esfuerzo se aprecia y las buenas historias corren por cuenta de prácticamente todos los participantes.

Huelga decir que es un libro de interés especial. Imprescindible para los amantes de la comedia, los interesados en este particular nicho de talentos y los conflictos que de ellos surgieron; y, muchísimo más remotamente, para quienes buscan un estudio de personajes examinando la naturaleza de ciertas relaciones humanas. Una lectura entretenida, interesante, que apunta a un público bien definido, del que [El Autor] de esta reseña es dichosa parte. Lo leí en tandas que solo terminaban cuando el dolor de cabeza por falta de sueño podía más. Así de magnético es el montaje de Shales y Miller.

CASANOVA – LUXURIA o CASANOVA – LUJURIA, si se quiere.

Vamos a empezar por dejar una premisa bien clara: CASANOVA, el cómic que escribe Matt Fraction y que dibujan alternadamente los hermanos Gabriel Bá y Fabio Moon, es el Mejor Cómic editado por una de las casas mainstream de los Estados Unidos. No siempre fue así, claro. Antes, en un principio, CASANOVA era más bien indepediente, lo editaba Image en un formato de revista barata y breve, con tres colores y sería. Aún así, era de lo mejor que se editaba.

Así es el cruce por el multiverso.

CASANOVA sigue las aventuras y desventuras del über-espía Casanova Quinn, un hijo de puta de primera, que es raptado de su línea temporal por el enigmático Newman Xeno para suplantar al Casanova Quinn de su universo, un espía honesto y reputado, quien resulta ser el espía top de E.M.P.I.R.E., la principal agencia planetaria de espionaje, coincidentemente encabezada por Cornelius Quinn, su padre. Capítulo a capítulo, Xeno, el único hombre que conoce el secreto de este Casanova, le asigna contramisiones, las que suelen contradecir o poner en extremo peligro su misión principal. El clásico dilema del agente doble.

¡Newman Xeno es realmente misterioso!¡Y exagerado!¡Para todo!

El encanto de CASANOVA está en la forma en que conduce semejante trama, cubierta de explosiones, ciudades ultra-avanzadas perdidas en la jungla, casinos como portaviones flotantes y duelos psíquicos, para tocar las fibras más personales de una familia. LUXURIA, el primer acto de la serie, recopila las primeras andanzas de Casanova, donde el personaje actua arriesgada y despreocupadamente, sintiendo que nada ni nadie puede hacerle daño. En el curso de sus páginas comienza a descubrir todo lo errado que está, pero aún así, la serie se las ingenia para comenzar con un tono bombástico. La exageración le sienta al über-espía y su archivillano y hace que el lector salga del volumen con la sensación de haber pasado por algo tan épico como íntimo. No sólo eso, también podemos intuir que existe una macroestructura mayor, que aún no podemos ver, pero que valdrá la pena esperar para ver qué pasa. El segundo volumen, y lo que va publicado serialmente del tercero, nos confirman absolutamente esto: CASANOVA solo se pone mejor. Aquí, en el comienzo, la serie tiene un tono más humorístico y no se toma demasiado en serio, lo que hace que se disfrute aún más el quiebre en los momentos más emotivos. La mezcla de alta conceptualización, intimidad y humor es, sencillamente, perfecta.

Cass se encuentra con unos primitivos harto más avanzados que él.

 

Por esas cosas del mundo editorial, Panini recientemente acaba de lanzar la primera colección en español, titulándola LUJURIA. Algún día sabremos porque decidieron traducir el latín original como si fuera inglés. Sea como sea, hispanolectores monolingües del mundo, ya no tienen excusa para no sumergirse en el mundo creado por Fraction y los hermanos Bá-Moon.

 

Pynchon 101 – The Crying of Lot 49

     No voy a ser yo el que le venga a usted con eso de que la escritura de Pynchon es compleja. Porque lo es, claro, pero no va al caso. Sus novelas por lo general son largas, de frases prolongadas que se dan vueltas y conectan personajes e historias aparentemente inconectables, llevando a menudo al lector a un estado de cómofuequelleguéaquí. Compuestas de múltiples hilos argumentales, el arte de Pynchon suele estar en hacer que el lector se sumerja dócilmente (o no tanto) en la maraña de sus tramas, buscando más la impresión que el sentido.

    The Crying of Lot 49 no tiene nada de eso. No es por ello ni una novela descafeinada ni for dummies. Quizás sí para principiantes. Antes de sumergirse en V. o Gravity’s Rainbow, bueno es testear las aguas de Pynchon en The Crying of Lot 49, una novella de esas con doble l, breve, compacta, donde el autor sigue solo a un personaje, Oedipa Maas, quien ha sido declarada la encargada de ejecutar el testamento de uno de sus ex-novios, un millonario excéntrico, aparentemente dueño de un pueblo entero en California.

La trama de la novela sigue el descenso de esta mujer por lo que podría o no ser una conspiración de siglos a través de un sistema postal paralelo en los Estados Unidos, lo que la lleva a conocer toda suerte de personajes en bajomundos y llevar, por el curso de 150 páginas un poco de la vida a la que ya había renunciado, casada como está con un DJ de radio local, un hombre que resiente profundamente “no creer” en lo que está haciendo día a día en su trabajo.

Las fortalezas de Crying yacen en la prosa de su autor, capaz de llevarnos verosímilmente por situaciones que bordan el absurdo, pero que forman un mundo de conspiración e intriga que, aún casi 40 años después y con mucho camino recorrido en el género, resuena verdadero y atrapa. Aunque, francamente, la principal virtud de la novella está en hacerlas de gateway drug para el resto de la bibliografía de Pynchon. Son ciento cincuenta páginas en las que nos queda más que claro que este es un autor a seguir con confianza, que sin importar lo oscuro o torcido del camino nos va a llevar a buen puerto. Un mensaje que es bueno tener presente, por ejemplo, navegando a través de las 780 páginas de Gravity’s Rainbow o las 500 y tantas de V. Porque, inevitablemente, el final de The Crying of Lot 49 se empieza a configurar, se deja sentir, oh, maravillas del libro impreso, en la medida en que nuestra mano derecha nos va avisando que quedan cada vez menos páginas y que la única solución posible para este misterio puede ser…

Esta ¿O no?

     The Crying of Lot 49 es un imperdible. Por más que su propio autor no le tenga cariño. No le haga caso, es una de esas novelas que deslumbran en su simpleza y en la compleja ejecución de un proyecto simple. Como una micropirueta para un gimnasta olímpico, la novella esta tiene una belleza simple y contenida. Admírela. Y vea si no le dan ganas de sumergirse en el universo de su autor.