Ye

Esta historia comienza hace casi doce años. Comienza, como varias buenas historias, en la parte de atrás de un auto. Íbamos camino al mall, por vez primera, y la alemana manejaba y los checos llenaban el resto del auto. A la alemana la llamaron por teléfono y ella, como buena persona responsable, paró el auto y tomó la llamada en un estacionamiento. Algo sonó en la radio y Jan, uno de los checos, le dice a Nina, la alemana, “sorry, but I have to listen to this. It’s so good”. Y era Gold Digger, de Kanye. Nina hablaba y hablaba y Jan le subía y le subía a la radio. She take my money when I’m in need.

Y yo era un blanquito pernito y no sabía nada de nada, pero sabía, como sabía, sin duda, el mono frente al monolito en 2001, que estaba frente a Algo. Algo para lo que no tenía palabras, el primer vistazo de un mundo nuevo. He aquí el hip-hop. He aquí un hip-hop, al menos, que no hablaba de armas y drogas; que no exigía haber crecido en el ghetto, que no dudaba de meter referencia al pop. Un hip-hop para expandir al género.

Al año siguiente, Kanye sacó el Graduation, marcando de nuevo pauta de estilo: simples de Daft Punk, portada de Murakami, una estética nueva y parecía, por esos años, que Kanye vivía en el futuro. Que se movía una o dos revoluciones más adelante que el común de nosotros. Y los blanquitos pernitos sin sentido del gusto o de la innovación podíamos seguirlo y enterarnos de lo que era bueno. Con Kanye supe quién era Viktor & Rolf, supe que tal y cuál color combinaban, y supe estar atento a las tendencias de moda como una expresión de Algo Más.

Después fue 2010 y Kanye ya le había hecho el desaire ese a Taylor Swift – la muchacha que mejor puede personificar el concepto vainilla en el pop – y nos había dejado claro que el mismo ego que le había dado la confianza para surgir podía hacerlo quedar, como dijera Obama, como un jackass. Así, puesto contra la pared, el muchacho fue y se despachó el mejor álbum…de la década? ¿El último mejor álbum de la historia en que las cosas se medían en álbumes? No sé, pero es, ciertamente, un disco perfecto ese My Beautiful Dark Twisted Fantasy. Era noviembre y el viento en Washington me calaba los huesos de soledad y frío cuando puse play y llegué a ese Can we get much higher? A veinticinco segundos del comienzo ya era un disco perfecto y noviembre fue menos frío y menos solo y ahí estaba Kanye de nuevo.

Ahora, ocho años después, doce años después; Kanye vuelve y se toma fotos con Trump y saca dos discos (más bien dos EPs) en una semana y entre los dos se hace uno y no hay review de los discos que no gaste al menos la mitad de las palabras en hablar del contexto, de lo que era y lo que fue Kanye y recién después hablan un poquito de la música. Pero un poquito. My Beautiful Dark Twisted Fantasy ameritó una temporada entera del podcast Dissect. Ye…not so much.

En medio de la avalancha de reseñas 2/5, de las pocas estrellas y de la avalancha de comentarios circunstanciales, se desliza la noción de cuán distintas son las reseñas de ahora en comparación con las de ocho o diez años atrás. Ahora todas tienen un aire de nicho especializado y  un toque de opiniología que, como con tantas cosas de esta era, bien promete una diversidad de voces, pero bien termina dejando entrever los mismos prejuicios: son los últimos años (?) del culto al héroe, de la preconcepción aquella que obliga a que  nuestros cantantes sean líderes de opinión, nuestros actores ejemplos de valor, y nuestros futbolistas…alguna mezcla entre las anteriores.

Llegará, quizás el día en que comprendamos a las personas en su multidimensionalidad; cuando no le pasemos la cuenta a la obra por su creador, ni le pidamos consejos a quien solo vino a hacernos bailar. Llegará, llegará el día en que tengamos menos fijación – y menos necesidad – de tener héroes irreales y completos, y el día en que aceptemos, como Francis Scott Fitzgerald antes que nosotros, que un intelecto de primera línea puede contener dos ideas opuestas conviviendo sin conflicto alguno. Porque David Foster Wallace era un genio y un acosador abusivo; porque el Dr. King engañaba a su mujer; porque Kanye es Kanye. Lo que pese más en la balanza es motivo de otra discusión, pero de momento podemos empezar por asumir que no hay tal cosa como héroes impolutos, y bueno sería que dejáramos de pedirle a la gente que cumpla esos roles. Mejor sería que dejáramos de tener héroes del todo, o que dejáramos de creer en el mito del genio como algo más que una persona dotada de un y solo un talento extraordinario. Decía Schopenhauer que el talento le da a los blancos más difíciles, pero el genio le da a los blancos que nadie más ve. Pero no nos decía Schopenhauer qué es lo que hace el genio a deshoras. Quizás porque, sencillamente, no importa.

Mientras tanto, lo paso bien con las dos o tres canciones buenas del Ye. Voy para atrás y veo en cada disco la puesta en escena de una serie de problemas, honesta, sincera y progresivamente más alejada de lo mundano. Recorriendo la discografía en reversa pasamos de los problemas de ser un dios a los problemas de ser ultra famoso, a no tener problemas, al problema de creer que nunca nada resultará. La sencillez de Family Business, por ejemplo, y el coro aquél que va All the diamond rings (and all these things) they don’t mean a thing.

 

A thing.

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