Coop

Si uno viviera encarnada la cronología de la Semana Santa tendría necesariamente que admitir que los días entre la crucifixión y la resurrección son días sin dios. O al menos, sin dios en la tierra. Jesús, que representa lo mejor de la humanidad, aquella parte que intersecta con lo divino, está muerto o desaparecido al menos. Un mundo sin un ideal a seguir es un mundo condenado a la desesperanza, un mundo a libre disposición para que en él anide el mal supremo o la putrefacción más sucia. Los primeros quince capítulos de Twin Peaks pintan ese mundo.

Nos hace esperar Lynch. La serie se trata sobre eso. Sobre noches largas y oscuras, sobre el panorama contemporáneo, que llega a parecer desolador. Algunos, de poca fe, se fueron. Yo mismo, con harta fe, me fui. Pero volví. Volví porque alguien me contó. A varios nos pasó. Al estirar tanto la peripecia, Lynch hizo que volviéramos a comunicarnos directamente.

Hace años, le mandé un manuscrito a una amiga que me lo devolvió quejándose de que entre un momento de suspenso y su resolución había un capítulo entero de cosas que ella no quería saber o que no le interesaban. Le dije que esa era la idea, jugar con la desesperación del lector, recompensar su espera. Mientras más prolongada y terrible la espera, mejor se siente el recuentro. O el retorno.

Como ayer, con Coop. Valió cada minuto.

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