Twin Peaks

Debería haber escrito esto hace diez u once semanas atrás. Debería haber llevado un pequeño registro, un micro-diario de mis reacciones a la nueva temporada de Twin Peaks. De haberlo hecho, habrían quedado registrados mi ansiedad y desconfianza previas; después mi “hey, Lynch sabe lo que está haciendo” y después mi “la idea es aburrirse” y después “hey, me estoy aburriendo” y “voy a dejar de ver esto” y “BOOOOOOM!”.

Porque: BOOOOM. Y porque hey, Lynch sabe lo que está haciendo.

La primera mitad de la serie (del 1 al 8) está pensada como una instalación en el tiempo. Twin Peaks no es una serie pensada para el binge-watching, la maratón intempestiva y furiosa y llena de snacks; es una serie que juega con el tiempo y la distancia entre capítulos – las entregas semanales permiten no un mero suspenso a base de cliffhangers (la serie no tiene ninguno, en vez de eso cierra casi siempre con un número musical que va bajo los créditos de cierre) sino la repetición y el uso hasta el borde del abuso de las secuencias oníricas y surreales del Red Room y de otros meta espacios que no se entienden pero se sienten. Y del 1 al 7 la serie te hace esperar, y esperar, y esperar. Y también esperar. Se nota, en las pausas, en los insoportables seguimientos a Dougie Jones, en la forma en que la cámara se queda y se queda, que la idea es que nos desesperemos un poco. Lo entendí desde el capítulo 3 y, desafiado, desafiante, me dispuse a ganarle el juego de la espera al binomio Lynch- Frost. Y terminé perdiendo.

Salí del capítulo 7 diciendo “suficiente, me voy para la casa”. Lo bueno es que estaba en casa ya cuando me dije eso, así es que solo tuve que cerrar el computador. Cansado de esperar, cansado de ver escenas del tipo “un hombre que no sabe qué es un zapato mira sus cordones por vez primera” ejecutadas con extremo realismo.

Y después vino el episodio 8, al que llegué solo porque me alertaron amigos. “¡Devuélvete!” dijeron algunos, “yo también me había ido pero me arrepentí”, dijeron otros. El octavo capítulo de Twin Peaks, en su tercera temporada, en su retorno, es una de esas maravillas del impresionismo moderno en que no se dice casi nada y todo es figurado, todo es explosiones contra la pantalla y sin embargo, más que entenderse algo, algo se comunica. Algo pasa directamente desde la mente del creador/artista a su público/receptor y si es exactamente lo mismo o no, no importa, porque la emoción que nos produce contiene además información y la mezcla es, sencillamente, perfecta. Una serie de revelaciones que, en un esquema normal, habrían aparecido en el capítulo 3 o 4, para saciarnos, se hacen esperar a fuego muy lento hasta casi la mitad de la serie y cuando irrumpen su efecto es explosivo, demoledor. Esto no es TV, ni HBO, tampoco es Netflix. Esto es arte, son imágenes en movimiento, colores que se descomponen y recomponen para hablar sobre la naturaleza del bien y el mal, sobre el mundo de los espíritus y las ideas, y cómo es que este se entrelaza con el nuestro.

O quizás solo sea lo que se transmitió directamente a mi cabeza desde ese capítulo. Quizás en realidad la pantalla no me mostró más que estática e imágenes sin sentido. Qué importa el sentido.

Twin Peaks está, de momento, en la categoría de esas series que me dan mucha felicidad pero que no podría recomendar a discreción. Se requiere un buen toque de discreción, sin duda, para disfrutarla. Haber visto al menos la primera temporada y los seis primeros capítulos de la segunda (y el último), o haber visto además Fire Walk With Me, la película anterior. Y ver este retorno en episodios semanales. Ojalá de noche, ojalá en oscuridad total. Yo la veo las mañanas de los lunes, porque soy un gallina. Y sin embargo, me ha dado la felicidad de ver una idea bien ejecutada, de haber sido engañado de la mejor manera: sabiendo que me iban a engañar, pero aun así genuinamente engañado. Después del capítulo 8, la serie toma un ritmo más narrativo, porque ya era hora y porque todo parece ir de acuerdo a un  plan. Son pocas las veces que uno puede estar tranquilo y entregado en manos de un director que sabe dónde va a llegar y por ende se toma su tiempo y te lleva por lugares que quizás no querías ver. Y en la era del on-demand, la era de la multi-oferta de series y del algoritmo acomodaticio que te muestra la realidad sesgada a tu medida, qué lujo es poder ver lo que en realidad no querías ver.

 

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