Cornejo recomienda una serie cada quince años más o menos. Y tiene ojo de francotirador. Una vez me dijo “no veo series, pero me enganché con una de unos sobrevivientes de un avión en una isla” = Lost antes de que explotara en popularidad. Me ha dicho, hace años también “hay un cabro de 17 años en el Everton que las hace todas” = Wayne Rooney. Entonces, cuando recomendó The Young Pope, la serie en que Jude Law las hace de un papa joven y arrogante enfrentando su noviciado como pontífice en medio de las infinitas intrigas del Vaticano, corrí a verla y hasta el momento tiene puros pulgares para arriba.

En el cuarto capítulo, alguien le regala una canción al joven papa. Sonó el extracto en el capítulo y yo me fui de este mundo. Me fui a otro lado, a un universo que queda a dos pasos de este, lateralmente. Es un universo donde los celulares tienen microreproductores de vinilo y tocan canciones con chisporroteo ambiente de radio AM. Es un universo donde la luz siempre es la de las dos de la tarde en otoño. El tiempo no se mueve y vivimos ahí, regocijándonos de la certeza de que nada de eso acabará nunca, que mientras la canción esté sonando tú y yo y nadie más que tú y yo no nos vamos a ir a ningún lado. No hay muerte, no hay razón para preocuparse. Cuando vives en un instante capturado, no hay causa ni efecto que valga. Estás ahí y solo hay un ahí.

La próxima vez que alguien me pregunte qué voy a hacer para el año nuevo les voy a responder “Irme a vivir a Senza un Perché, de Nada”.

Allá voy.

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