Algo más para agradecerle a Alan Rickman

Me tomó treinta y cinco años llegar a apreciar a Tom Waits. Y es bueno cuando las cosas te cuestan. Es bueno cuando el “oh, qué bueno es” viene con un “oh, qué tonto fui de no prestarle atención antes”. Más de una de sus canciones me habría venido bien en un día triste o en un día feliz del pasado. Pero eso ya pasó, y ahora solo puedo ponerlas de fondo, en el montaje de la vida que no tuve. Se siente bien.

Este año, al que le quedan 17 días, se llevó a harta-harta gente. Famosa, cercana, intermedia. Todo empezó en Enero con Bowie. Me desperté y me di cuenta que parte de mí pensaba que Bowie iba a vivir para siempre, que yo mismo me iba a morir y él iba a seguir. Quiero creer que aún vive, reencarnado, y que quizás la labor de la vida de Brian Eno sea encontrar esa reencarnación.

Pero a los pocos días se murió Alan Rickman y con eso quedó claro el tenor del año. Era un favorito personal, desde su Sheriff de Nottingham hasta su personaje en Love Actually, todo era mejor con Alan Rickman – no creo que hubiera visto una sola de las de Harry Potter de no ser por él. Y sabiendo que le quedaba poco por vivir y encontrando calma en la idea de la muerte, Rickman dejó estipulados hasta los últimos detalles de su funeral, incluyendo una canción para su señora.

Y así fue como encontré la llave para apreciar a Tom Waits

 

 

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