Carta de [El Autor] a sí mismo, pero cuando shigo.

Querido Leo,

Si mis cálculos están bien, estás en primero básico y estás leyendo esto una tarde de sábado, después del segundo partido que jugamos por ese campeonato de baby fútbol. La semana pasada atajaste todo lo que se podía atajar y tu equipo perdió, pero aun así la gente te felicitó. Nunca te habían visto jugar al arco, porque nunca habías jugado al arco. Hoy tu equipo ganó pero no jugaste tan bien. La Bárbara – que no te gusta, pero como que sí – te ha dicho que no juegas tan bien como le habían dicho. Y lo que más te preguntas, en voz alta incluso, es cómo es que se puede ganar jugando mal y perder jugando bien. Esa pregunta encapsula muchos de los misterios de la vida, y es por eso que nos gusta tanto jugar fútbol; porque nos sirve como una maqueta y metáfora de todo lo que nos pasa.

El fútbol te va a acompañar toda tu vida. Te va a permitir hacer amigos donde normalmente no podrías, te va a dar rabias intensas, penas profundas y también unas alegrías desbordantes. Cuando seas adolescente vas a pensar mucho, más de la cuenta, y en algún momento vas cuestionarte la existencia de las experiencias religiosas. Tú unica experiencia religiosa la vas a tener en un estadio.

Cuando tengas quince años, te va a tocar entrar de suplente en un partido importante. Te van a hacer un gol que te va a marcar por muchos años y te va a costar reponerte de esto. Quince años después de eso, tus compañeros te van a preguntar porque siendo tan alto (spoiler alert!) te cuesta tanto atacar los centros frontales, que son pelotas fáciles. Dirás que lo fácil te cuesta más que lo difícil y algo de razón tienes, pero también estás bien herido. Y está bien. Está bien estar herido y está bien reconocerse herido. Esas son lecciones que te va a tomar más tiempo incluso aprender.

No es coincidencia que desde los quince a los veintiuno dejes de jugar a la pelota. Va a ser un período oscuro y va a ver días en que no vas a tener ganas de nada ni fuerzas para salir de la cama siquiera. No te puedo contar mucho, pero créeme que no es nada grave. Nadie se muere, nadie enferma; pero lo pasamos mal. La buena noticia es que se pasa. Todo en la vida se pasa y cuando terminen esos años vas a tener mucha energía y ganas de apreciar el mundo. Vas a hacer un montón de amigos, pero ojo que de esos ninguno sigue siendo tu amigo hoy. Tus amigos de hoy los conociste antes (atento cuando te cambies de colegio) y los vas a conocer después, trabajando ya.

A propósito de amigos, un día viernes vas a estar jugando baby de nuevo, en tu universidad, y vas a estar medio peleando con una polola. Todavía inseguro e incapaz de marcar ciertos límites mínimos, vas a dejar tirado a tu equipo y a todos les va a doler. Te lo van a perdonar porque te quieren, pero a ti mismo te van a tomar años darte cuenta de lo que hiciste mal y porqué. Es uno de los pocos arrepentimientos de tu vida. No dejes a los amigos. Quien te quiera te va a querer sabiendo lo que es importante para ti. Y te van a querer harto, te van a quere bien. En eso tienes suerte. Pero cuida a tus amigos. A la semana siguiente, vuelves a estar de pelea con esa polola; y te llega un pelotazo en la cara que te saca sangre. Ese día ella termina contigo y te quedas mirando el techo de tu pieza. La sangre no se le va a los guantes y cada vez que los miras te da rabia y te dan las penas de amor. Ahora, doce años después, nos da mucha risa. Pero doce años, ojo.

Y un buen día, cuando ya tienes treinta años, te invitan a jugar unos amigos de amigos y llegan más amigos. Hay dos arqueros en un equipo y cero en el otro, así es que aceptas cambiarte de lado. Ese equipo va a ser el mejor equipo en el que vas a jugar en tu vida. El equipo es tan bueno que nadie nota que eres malo. Salen campeones cuatro veces seguidas y parece que nada los va a detener. Pero vienen lesiones, hay compañeros que se van a vivir afuera, y el resto de los equipos se preocupa de reforzarse bien. Lentamente, empezamos a terminar segundos, terceros, sextos. Te persigue la idea de que le haces mal al equipo, que eres el que no está aportando para volver a ganar. Hay un torneo en que te hacen cinco veces un gol que es idéntico al que te hicieron a los quince años.

Pensando en dejar el fútbol, te metes a nadar. Un deporte solitario, relajado, que te hace bien. Cada vez que has nadado (y yo sé que en este momento le tienes miedo al agua, por lo que pasó el verano pasado) tu vida ha tenido cambios significativos. Nadar te da una cierta confianza, una actitud distinta. Empiezas a jugar mejor. Por otro lado, tu equipo querido pierde partido tras partido, pero donde antes te sentías culpable, ahora tienes la tranquilidad de estar haciendo tu parte. Es la única tranquilidad que puedes tener en la vida.

Ese torneo, que terminó ayer, tu equipo termina colista. Paradojalmente, te eligen como el mejor arquero de la liga. Siempre nos han incomodado los reconocimientos – los hijos únicos creemos que el mundo es nuestro y nos parece redundante que alguien nos diga algo bueno, pero lo malo igual nos duele – y en una parte de tu cabeza estás activando todos los mecanismos para no disfrutarlo; inventas excusas, piensas que no lo mereces. Dísfrutalo. No hagas caso de tu subconsciente. Nos han pasado hartas cosas desde el día en que nos preguntamos por qué uno podía ser figura en una derrota y ser vilipendiado en la victoria. La respuesta está en la tranquilidad del trabajo propio.

Ah, y la medalla no la fuiste a recibir porque ese día una amiga que necesitaba de tu ayuda se apareció en la puerta de tu casa y estabas muy cansado. Tus amigos del fútbol dicen que te echaron de menos, pero lo entienden. Quien te quiere en la vida, te entiende.

Te esperan tantas cosas en la vida antes de poder ponerle punto a la pregunta que te estás haciendo ahora. La vas a pasar bien, la vas a pasar mal y la mayor parte de las veces va a ser una mezcla en que la vas a pasar divertido. Siempre estás intentando mirar las cosas desde un ángulo distinto, porque algo nos convence de que todo esconde un chiste. Y tenemos razón.

Por razones de paradojas temporales, no te puedo dar muchos consejos ni decirte quién va a ganar el Campeonato Nacional durante los próximos 30 años, pero creéme que vas a estar bien. No siempre ha sido así, pero ahora, en tu ahora y en mi ahora, eres mi persona favorita en el mundo entero.

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