El recuerdo viviente

Como la pequeña gran ciudad en la que vivo es de esas que se están construyendo y reconstruyendo constantemente, todos los espacios de mi memoria se han visto alterados por una razón u otra: el que fue mi colegio de la básica, entonces una escuela de un piso y harto patio con tonos grises, hoy convertida en uno de esos edificios con escaleras y colores mostaza; el lavaseco de la esquina es un edificio de departamentos, como también lo es el lugar donde arreglaban televisores y vendían las flores más caras y feas, pero que siempre estaba abierto.

Eso no pasa en Algarrobo. O a menos no pasa en mi rincón personal. Subiendo por calle Jorge Matte, en un punto entre La Municipalidad y Bellavista, está, intacto el pasaje donde pasé mis primeros cuatro cumpleaños. Cuando bajo al mar, procuro caminar siempre por la vereda de al frente, para evitar encontrarme con algún fantasma o reventar alguna burbuja temporal. Hoy, de subida, con la luz de un sol más bien cercano al horizonte, algo en el dorado del aire me trajo el recuerdo de esas otras tardes de subida, cuando veníamos de días enteros de playa.

El pasaje está intacto: la tapa del medidor de agua de la casa de los Pozo (que eran en realidad los Cisternas, pero nosotros éramos más amigos de esa rama de la familia, hinchas de la U como nosotros) sigue siendo de madera, y al verla sentí esa misma especie de temor y respeto que me daba cuando chico. Tenía algo de sarcófago encantado y algo de lugar donde los niños No Deben meterse, y además era hogar de varias arañas, así es que en mi cabeza es uno de esos objetos que intersecta con otro mundo. En ese misma casa, sigue estando la entrada que da a la calle con una pequeña escalera, que cuando más más chico me daba miedo cruzar, porque me tomaba un salto enorme; y que ahora es menos de medio paso normal. El jardín de la casa de al lado, selva tupida de difícil acceso, que significaba rasmillones y encuentros furtivos con insectos varios sigue siendo el mismo de siempre – y es solo unas pocas plantas, de variados tamaños. En ese mismo jardín, un verano, Pancho Encina rompió con una piedra la caparazón de un caracol. Fue la primera vez que vi algo así y el color de las tripas de ese caracol era más vibrante que los pocos más que he visto desde entonces. Más allá está un biombo de madera, que nunca entendí para que servía, pero que sirvió de arco cuando mi mamá me lanzó unas pelotas una tarde, la única tarde que nos hemos peleado. De eso van casi treinta años, pero todavía me siento culpable y malcriado.

Hoy entré al  pasaje, que es más bien una entrada, sin salida, no un auténtico pasaje. Es un pasaje que solo conduce al pasado y que funciona como un recuerdo en tres dimensiones. Las distancias se distorsionan, porque mis pasos miden más del doble de cuando esos recuerdos eran el hoy y este momento el futuro insoñable. Pero caminar por ella se siente como una simulación perfecta, una realidad que, superpuesta con la historia, genera un holograma, una virtualidad de un espacio que no está ahí, pero que existe. Como diría Juan Luis Martínez:

LA PEQUEÑA CASA DEL ALIENTO*
(casi la pequeña casa de [El Autor])
a Isabel Holger Dabadie
a Luis Martínez Villablanca

(Interrogar a las ventanas
sobre la absoluta transparencia
de los vidrios que faltan).

a.  La casa que construiremos mañana
ya está en el pasado y no existe.

b.  En esa casa que aún no conocemos
sigue abierta la ventana que olvidamos cerrar.

c.  En esa misma casa, detrás de esa misma ventana
se baten todavía las cortinas que ya descolgamos.

* “Quizás una casita en las afueras
donde el pasado tiene aún que acontecer
y el futuro hace tiempo que pasó”.

(De T. S. Eliot, casi).

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