Y después, y después, y después, y después…

Leo Cohen murió y si bien es una pena, tampoco es una gran tragedia. Tenía 82 años y vivió una de esas vidas que uno las ve y dan gusto. De novelista a poeta a compositor; y de la sonrisa para tumbar al mundo a la voz rasposa, la piel curtida, la autoridad de la experiencia.

Cuando empecé mi primer trabajo estable en una oficina, me llevé una antología de Leo Cohen y la puse en el primer cajón de mi escritorio. Así, cuando la conversación a mi alrededor se pusiera insoportablemente insípida o deprimientemente desgastadora, abría mi cajón y leía una página al azar; y en mi cuaderno de citas citables tengo esta, que viene de algún lugar de Death of Ladies Man:

“Avoid the flourish. Do not be afraid to be weak. Do not be ashamed to be tired. You look good when you’re tired. You look like you could go on forever. Now come into my arms. You are the image of my beauty.”

You look good when you’re tired. You look like you could go on forever. Y a mí la gente trabajólica, esa que tiene un oficio que es obsesión, esa que está siempre pensando en lo que viene y que no puede dejar de hacer cosas, simplemente porque no puede, porque ya entendió que la vida es muy corta para todo, ESA gente me parece la más atractiva de todas.

Y también murió Tito, mi primer anfitrión en Punta Arenas. Tito que un día supo que el golpe militar venía y emprendió camino por la Patagonia hacia el Este en un camino que lo llevó a Ushuaia, Buenos Aires, a Argel y a Valencia. Tito que un día me dijjo que se notaba que yo sabía cómo usar un cuchillo y que se parecía a David Niven si David Nivem tuviera que hacerlas de un gaucho historiado y contador de historias.

Y también murió el papá de un buen amigo; uno de los primeros amigos a los que les conté este año de la enfermedad de mi papá; uno de esos amigos con los que compartíamos, entre otras cosas, haber heredado ciertos rasgos de nuestros padres, comerciantes ambos. En medio de nuestros afanes poéticos y literarios, los dos sabíamos y sabemos que nuestros papás, que nos enseñaron a valorar la argucia, la trampa, y la inteligencia de calle; con sus respectivos oficios, vendiéndole a la gente cosas para comer o tomar, eran individuos mucho más necesarios que nosotros mismos.

Y también murió Robert Vaughn, porque es la hora de que una generación entera se despida, al parecer. Robert Vaughn era LA estrella para la que armaron The Man from U.N.C.L.E, la serie de espías que nos dio a Illya Kuryakin, y de ahí una bola de nieve cultural para llegar al Chaco del 95 y a esos videos que mezclaban el kung fu con la argentinidad, cuando la argentinidad aun era algo colosal e imponderable para nosotros los chilenitos. Cosas que se acaban, y la gente que las vio nacer se va apagando. Todo se va apagando, dice la segunda ley de la termodinámica, pero entremedio, esto:

Véanlo mantenerse impávido con las primeras risas, y vean como la sonrisa consigue asomársele cuando el segundo chiste pega. Veánlo de fiesta, abrazando a la muchacha aquella (24:55). De eso se trata vivir.

 

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