La primera parada del cronotour fue en Peralillo, en Vicuña. Mucho cariño de profesores y alumnos, muchas buenas preguntas y en general todo de lo mejor. Conversamos sobre la importancia de contar las propias historias, la importancia de escribir con elegancia (i.e. sin mucho rococó) y de todo un poco – desde el libro Leones a Valpore y desde el God of War hasta the Maze Runner.

Mi momento favorito del día fue cuando entró a la biblioteca el séptimo básico de la escuela. Me llamó la atención, sin ninguna razón real sino más bien como se activa un sentido arácnido, una alumna que entró y se sentó en uno de los costados. Hizo una pregunta en toda la hora, en contraste con muchos de sus compañeros que se repetían el plato e insistían e insistían. Al final de la hora, regalamos algunos libros y preguntamos “¿Quién quiere llevarse el libro?” y todos los niños, sin excepción, levantaron la mano. Después, les pregunté “¿Quién creen ustedes que debería llevarse el libro?”. Y todas, las mismas manos la apuntaron, sin excepción, a ella.

Era la niña que escribía. La que, cuando vino a buscar su libro y el profesor fotógrafo de turno nos hizo posar, me dijo por lo bajo “Me dan vergüenza estas cosas”. A lo que yo le dije, también sin que nadie nos escuchara “Está muy bien, estas cosas son así, para la vergüenza”.

Así es como uno reconoce a los suyos. No necesita palabras siquiera. Para algo está el sentido arácnido.

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