Cuando nos volvamos a encontrar

Tengo una amiga que conozco desde hace ya unos trece o catorce años y que es una persona ligeramente más acelerada que yo – lo que no es poco decir. Repasando nuestra historia, hoy me di cuenta que todas y cada una de las veces que nos hemos encontrado – iniciando e incluyendo el día que nos conocimos – los dos hemos estado camino a otra parte, corriendo hacia otro lado, encontrándonos como se encuentran dos espías intercambiando información confidencial.

No es como que siempre nos juntemos en mesas contiguas de un restaurant o como que nos sentemos de frente a una fuente y hagamos como que hablamos solo, sino que simplemente algo en nuestras naturalezas hace de nuestros encuentros un momento en el que cada uno le cuenta sus planes al otro: los del pasado y sus resultados, y los del porvenir y sus variables. Este proceso puede tomar horas, o incluso días, y sin embargo, después seguimos, a otra velocidad, dos vectores en pos del infinito.

Ahora mi amiga está en algún lugar de África y nuestros correos electrónicos son más carta que agenda. En el penúltimo párrafo que le acabo de mandar le digo que “cuando nos volvamos a encontrar o incluso en una vida por venir, me gustaría encontrarnos y sentir que el mundo no nos apura”.

La clave aquí está en “en una vida por venir”. Porque a veces hay momentos en los que uno atiende a la historia en común con una persona y se da cuenta que, para cambiar de ritmo, la reencarnación es el único camino viable.

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