Acuáticas.

Tenía yo 7 años y no sabía nadar y me caí a una piscina – de la que habría salido con tan solo pararme – pero la sensación de caída me fascinó tanto que me quedé flotando y tragando agua hasta que me sacaron. Resultados: miedo al agua y fascinación por el abismo.

Tenía yo 17 años y me ofrecieron tomar un curso para aprender a nadar y dije pourquoi pas y un día me bajé del auto para ir a nadar y vi las nubes arreboladas en el horizonte y dije, sin pensarlo dos segundos “mirar las nubes es lo único que me alegra en esta vida”. Y ahí me di cuenta de que tenía depresión.

Aprendí a nadar más o menos, pero mi relación con el agua pasó del miedo al respeto. Si usted ha dado ese paso alguna vez en su vida sabe que es El Paso.

Hace poco empecé a nadar de nuevo. (Esa es una de las frases más patudas que he escrito en mi vida. Lo que no es poco decir.) Empecé por las ganas de salir de mi cabeza, empecé porque estaba cansado de las frustraciones del fútbol. A poco empezar, recuperé la forma física que no tenido nunca y las frustraciones pasaron a ser éxitos. Dos meses de ir 4-5 días a la semana a nadar entre 20 y 30 minutos. Del miedo pasamos a la conexión terapéutica.

Ahora estoy dando algunos pasos para pasar de la terapia al dominio y relajo feliz. La media hora de natación diaria me despeja y me da la perspectiva que necesito para tomar Grandes Decisiones. Antes de eso, quiero aprender a nadar bien.

Le juro que los detalles vienen más adelante.

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