Septiembre

Hace exactamente diez años yo llegaba a la ciudad de Schenectady, NY. Me esperaba una casa vacía con un pungente olor a madera y polvo; me esperaba mi primer año fuera de casa, mi primer año fuera del país. Me esperaban un sinnúmero de nuevos comienzos y nuevas experiencias: amigos, fiestas, libros. Me esperaban, en definitiva, todos los cambios que vienen con la cristalización de un anhelo aciago.

En el lobby de un hotel, me esperaba, ese día, Nashab Farhiktah. Los dos veníamos un poco perdidos, yo de Chile, ella de Suecia. La primera amistad que hice ese año que empezó hace diez años fue una sueca-iraní. Si eso no es un buen augurio, el buen augurio dónde está.

Ahora vivo en una casa antigua, que tiene una escalera de madera. Hay días cuando el invierno le cede el paso a la avanzada de la primavera y la escalera dejar escapar un olor pungente, mezclado con el del polvo del aire. Durante esos días, por un segundo, parece que estoy subiendo otra escalera, diez años atrás.

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