El ingrediente secreto.

Vi “It” la miniserie del 90 (vuelta película de tres horas!) y solo voy a decir que, a pesar de todas sus pifias y fallas, que son muchas, no es mucho peor que Stranger Things. Me gustó Stranger Things, pero no vamos a decir que fue la reinvención de la rueda y, curiosamente, no me pegó el efecto nostalgia. Sí me pegó el gesto de tributo a Stephen King y eso estuvo bien. Pero, con todas sus fallas y pifias, nadie hace a Stephen King como Stephen King. La primera hora de It es redondita en su presentación de los personajes y sus niños son inmediatamente personajes con los que se puede empatizar y a quienes se puede querer. En Stranger Things, por otra parte, los niños son de cartón y en el segundo capítulo uno tiene más ganas de hacerles bullying que de otra cosa.

El ingrediente secreto es el sufrimiento, naturalmente.

Mientras en Stranger Things hay un niño desaparecido, la angustia de una madre y un mínimo de tensión de clase (la familia de Wynona Ryder es pobre, pero se nota poquito), en IT cada uno de los personajes carga una cruz especial. La miniserie se toma su tiempo para mostrarnos qué les duele, dónde les duele y por qué; y a pesar de caer muchas veces en el lugar común (como en el caso del personaje que es un avatar de Stephen King), el cliché funciona porque es común a todos – los niños del Loser’s Club de IT representan nuestra desesperación al sentir que nadie nos quiere y el miedo profundo que nos da pensar que esto va a durar por siempre; en contraste, los amigos de Stranger Things son tan felices siendo nerds que no importa mucho que les pasen cosas malas, total tienen la última edición de Dungeons and Dragons a mano para consolarse.

No quiero teorizar ni dar la lata adentrándome en cómo Stranger Things es producto de un mundo en que ser nerd y geek no es el sinónimo de ser un paria como en los tiempos de IT, así es que terminemos este párrafo aquí.

Cuando uno tiene poco menos de seis horas para contar una historia – y por ende puede desarrollar sus personajes con una soltura que, por ejemplo, una película no puede tomarse, creo yo que tiene la obligación de hacer algo mejor que poner a un niño gracioso al que le faltan unos dientes como TODA señal de que lo pasa mal en el colegio. Si los dientes se le cayeron porque el padrastro le pegó, o si pasa todos los días mirándose al espejo preguntándose cuándo oh cuándo le crecerán los dientes, estoy interesado. Si me va a decir “así es la vida”…hermano, mándame una postal sobre los limones y la limonada y reescríbeme el personaje, por favor.

El ingrediente secreto es el sufrimiento, pero no gratuito, sino como el diferencial/exprimido del choque entre la esperanza y la frustración.

 

También vi Fargo, la película, y recordé Fargo, la serie. Todavía hay días en los que me quiero ir a vivir entre las notas de esta melodía:

 

 

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