Vivo.

Estoy vivo y nadie se ha muerto alrededor mío y el invierno está de salida y hace mucho que no escribía en el blog y cuántos oh cuántos posts en la breve historia de la Internet habrán dicho alguna vez “hace tiempo que no escribía”. Ese es el tipo de cosas que, siento, algún día estudiarán estadísticamente los bots del futuro para ayudar a sus amos, maestros de los Estudios Culturales, a reconstruir lo que era ser humano en el siglo XXI. Porque cuando logremos atomizar completamente la cultura como idea, los Estudios Culturales van a tomar un aire de arqueología antropológica semi religiosa, que será propagada por freakies de la peor laya en el equivalente futuro de la Internet. Qué duda cabe.

En estos dos meses sin escribir por acá anduve escribiendo por hartas otras partes y de paso le dimos el segundo envión a la máquina invisible. Detalles más adelante (pero no más adelante que Noviembre). Terminé con Margarita, que no es mi polola sino un personaje de una novela que llevaba años gestándose en mi cabeza y que tomó una forma más inesperada y extraña. De paso, no creo que sea su última forma, pero al menos ya existe en un primer borrador. Terminé con Margarita, pero Margarita también terminó conmigo, y de manera más bien escandalosa.

Es un cliché y un lugar común entre algunos escritores eso de que los personajes a veces cobran voluntad propia y hacen cosas que no son las que uno como [El Autor] tenía pensadas para ellos. Eso está bien y es en buena parte porque uno no siempre conoce a sus personajes muy bien cuando planifica su historia y los descubre en el camino y de repente algunas elecciones empiezan, con suerte, a seguir la lógica del personaje y no la lógica de la historia o la de uno mismo. Esto pasa harto cuando uno es de esa gente que planifica y planifica y planifica la historia antes de lanzarse a escribirla. Otra gente se pasa meses conociendo, precisamente, a sus personajes, entonces no se encuentra con estas sorpresitas.

Margarita, superespía de tomo y lomo y nuestra heroína por siempre, había sorteado todos los obstáculos que la novela le había lanzado: desde aviones que explotan y caen en medio de la ciudad, hasta el incendio de su base de operaciones, pasando por meses de depresión y un cúmulo de cosas, todo en un proceso de mejoramiento personal. En el tercer acto de la novela, mi querida Margarita se enfrentó como si nada a las tentaciones de la fama y la fortuna, descubrió que todo lo que había deseado por casi una vida ya no le satisfacía porque, en efecto, había cambiado en el proceso. Todo esto en el curso de 4 días de insomnio y escritura de [El Autor], que una madrugada al ver despuntar el sol decidió que estaba todo en su lugar y que la cola de novela que quedaba se escribiría casi sola. [El Autor] tenía claro que Margarita se enfrentaría a un personaje de su pasado y, renovada en su perspectiva y con un nuevo conocimiento de mundo, confirmaría todo lo aprendido y avanzaría triunfal hacia el final de su historia.

Y Margarita fue e hizo exactamente lo contrario. Y por toda explicación me dejó solo esta canción:

 

 

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