My Shot

De rebote y rebote, me llegó la manía por Hamilton, el musical que reinventa a los padres de la patria gringos en código hip-hop, y que se va a ganar con justicia todos los Tonys.

Me cargan los musicales, en general, tienen esa visión de la vida medio inocentona tontona – esa que hace creer que todo va a estar bien, si tan solo uno es lo suficientemente estúpido –  o funcionan con códigos para los que no estoy muy bien equipado. Pero Hamilton está bien lejos de tener esa visión de mundo y de paso me ha servido como introducción al género. Porque es una joya y el fruto de un genio en acción. El hiperventilado Lin-Manuel Miranda, quien en toda entrevista parece estar pensando doce mil cosas al mismo tiempo – y todas inspiradores/mejores que las que tú y yo pensamos en el mismo rato – es, en efecto, uno de esos hombres de genio que aparecen cada tanto y son capaces de crear una pieza que funciona tan bien en cada una de sus partes como en el todo – un sistema orgánico, perfecto, que respira e inspira en su espectador el ímpetu creativo, la reflexión profunda desde las cosas más sencillas hacia el infinito. En fin, el arte.

Lo tenía por un hombre de talento a Miranda, y no de poco talento. Y recién me enteré que la segunda canción del musical, que es el refrán que canta el personaje principal – y por ende el núcleo emocional de la historia – le tomó un año de escritura. Un año para una canción. Para la canción más importante. Por allá por el 2009, tenía lista una versión preliminar de la primera canción, la que funciona como sus apuntes, como la carnada para retener a una idea poderosa que se estaba gestando en su mente (y que se puede ver en su aparición en la noche de poesía de la Casa Blanca de finales de ese año – ojo con el lenguaje corporal del bardo antes de cantar, y ojo con como dice que esto va a ser un álbum conceptual [¡qué lindas son las ideas cuando se están gestando aun!]) . Pero durante ese mismo año solo había estado trabajando en una canción.

En tiempos de la inmediatez, del tweet fácil y del libro que vamos a armar con lo mejor de tu blog; me rindo y me arrodillo ante el genio de un hombre de talento que pasa un año hasta dar con la pieza perfecta. La dedicación artesanal al propio trabajo es la virtud más admirable de todas.

Me enteré de esto recién y no pude evitar venir a contártelo por acá, querido lector.

Un año para una canción, cinco años para un musical.

Vivimos inmersos en el pasar de los días y todo necesita tiempo para crecer.

Tómate tu tiempo. Ahí está el arte.

 

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