Los vicios parecidos

Lo que le pasa/pasó a Gastón Pauls con Mario Pergolini cuando él (Pauls) tenía 14 años me pasó a mí, pero a los 16 y con la tele, no con la radio. Todos los martes en la noche me plantaba frente a la tele, a ver un programa que, a pesar de su lejanía física y de que no lo veía nadie a mi alrededor – no tenía compañeros de curso con quienes comentarlo ni nada parecido, resonaba conmigo, me hacía sentir menos solo, probablemente solo por una cosa de estilo, de tono. El color de la voz y la actitud de Pergolini se parecía mucho a lo que valorábamos como bueno en casa. Y por “en casa” digo mi papá y yo, claro.

Uno admira a la gente en la que se reconoce, en la que reconoce potenciales futuros, variaciones de uno mismo, formas que le dan a uno la intuición de que Todo Puede Salir Bien. Esto pasa en los encuentros más casuales y también en los más distantes. Incluso en los encuentros con la ficción. Un día te sientes identificado con un personaje y, si el personaje está bien escrito/diseñado, doscientas páginas después descubres que el personaje tiene vicios parecidos a los tuyos. Eso es lo que entra en juego cuando alguien nos cae bien – el reconocimiento instintivo de que la base de la soledad sobre la que se funda esa otra persona se parece en algo a la nuestra.

Ojo con lo que dice Pergolini en el minuto 23. Y ojo con lo que dice a partir del 29:43. Y ojo que, como yo ahora, hace años que no le habla a su padre.

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