Combate naval

Uno va por la vida con un cierto ritmo y acostumbrado a ciertos niveles de intensidad. La vida a veces se torna más o menos intensa y hay períodos en que se va para un extremo u otro. Hay semanas en que todo momento se siente como echarse Solarcaine en la piel quemada, y hay semanas en que no pasa nada de nada y si la vida es un viaje, lo es en un barco que va a dos kilómetros por hora en medio del Óceano Pacífico.

Y hay momentos en que todo se va al carajo.

O se va y no vuelve. Este año como nunca he tenido noticia de amigos – en distintos grados – que se han muerto, todos más jóvenes que yo. Y es un shock y una pena y una de esas cosas que te recuerdan lo que te has levantado tratando de olvidar toda tu vida – que todo se acaba, incluso tú. Especialmente tú.

Desde que cumplí 31 que ando con la frase de la Arhundati Roy en el bolsilo

“Not old.

Not young.

But a viable die-able age”

Pero fue durante los 34 que algunos llamados y algunos correos se sintieron como estar jugando al combate naval, viendo como La Muerte iba dictando los números, a veces más lejos, a veces más cerca.

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