Community, güan mor taim

No sé cuántas veces he hablado de Community, mi comedia televisiva favorita de la vida. Google, que da muchos resultados repetidos, dice que 34 veces, pero son menos. Da igual. Podría, perfectamente, haber hablado de ella 34 veces. La última vez fue a propósito de su final, porque ahora sí que sí la habían cancelado… y Yahoo la resucitó, y tuvo una sexta temporada, y la sexta temporada estuvo buena-pero-ni-tanto, con menos presupuesto y con el toque de fatiga que indica que el compromiso de sus creadores estaba más con el público que con la serie misma. Hubo momentos en que sentí que hubiera sido mejor el final incierto de la quinta temporada y que nos hubiéramos quedado todos por siempre con la idealización de lo que pudo haber pasado. Los grandes proyectos que no se realizan viven en la imaginación de sus fanáticos, y las imaginaciones siempre son mejores que el producto final porque son personales. Pudo haber sido, habría sido un digno final.

Pero Harmon y compañía fueron y volvieron e hicieron lo que es más difícil: enfrentarse al día siguiente. No terminar la historia en un punto suspensivo, no quedarse con el recuerdo de lo bueno que fue. Y reinventarse una vez más. Cómo si nos faltaran lecciones de vida de esta, la pequeña comedia que pudo contra todos los gigantes.

La temporada tuvo sus altos y bajos, fue más o menos consistente con la anterior. Incluso, quizás si se las mezclara, intercalando episodio con episodio, uno quedaría con una temporada completa de buen nivel. Pero algo faltaba: episodio tras episodio, ya no tenía esos momentos de risa que, si no eran ataques, al menos eran como una marea, constante, donde cada chiste venía seguido de uno mejor, incrustados todos en episodios de diseño y concepto elevado. Dejé de verla semana a semana y, hace poco, motivado porque el mismo Harmon dejó escapar en su podcast lo bien evaluado que había sido el episodio de paintball de esta temporada, partí a verlos en serie. Y me reí, y me gustó. Me acordé que así mismo había visto la serie el 2012 y pensé que quizás la serie siempre ha sido mejor así, en modo maratón. Pero en esta última maratón me quedé dormido en el penúltimo capítulo y no pasó más.

Y entonces vino el final.

El auténtico final. Así haya una nueva temporada (difícil) o la mítica película (bastante menos difícil), este capítulo  se siente como un final. Y un final perfecto. Harmon & McKenna (y si bien la serie en su ingeniería es de Harmon, nadie puede decir que los episodios escritos por Chris McKenna no son los más graciosos) urden un capítulo donde, tras años, vuelve la risa tras risa tras risa, apoyada en un sustrato emocional que, además, le da un sentido de cierre a la serie. El arco que empezó como premisa de la serie llega a su fin, sin cerrarse del todo, porque resulta que descubrimos aquí que siempre estuvimos viendo no una serie sobre un grupo de desadaptados tratando de darle sentido a sus días sino que una serie sobre el cambio y lo que hacemos para entenderlo, y las mitologías que nos armamos para lidiar con nuestra propia (in)capacidad de lidiar con ellos.

Más allá de las justificaciones, fue un gran episodio. Me reí sin parar durante los dos primeros actos y lloré a mares con el tercero. Por la revelación de arriba, por lo bien articulado de un final serial, porque sé bien las presiones que se sienten al estar cerca de los 20 y bien entrados los 30, por que qué lindo final y qué odisea fue que esta serie llegara hasta aquí. Por si fuera poco, el tag de cierre es por lejos uno de los más graciosos de todas las temporadas.

Vi el episodio final solo en casa, en un día en que tenía a la cola un kilo de animé y documentales por ver. Y no pude ver nada más. Me quedé mirando el techo, pensando, escribiendo. Después puse play de nuevo. Y lo vi, con menos emociones, pero con la misma felicidad.

A los pocos días, vino Catalina y una noche le mostré mi episodio favorito (Remedial Chaos Theory – Temporada 3, Episodio 4). Nos reímos un montón, descubrí que me había olvidado de muchas cosas y fue particularmente lindo ver las risas de ella, que no conocía a los personajes ni a sus relaciones, ni, básicamente, nada más que mi torpe resumen (Me preguntó, al ver los títulos “¿Quién es este Dan Harmon y por qué siento que lo conozco, qué más ha hecho?” y yo “¿Será porque siempre hablo de él?”. Horas después me acordé que habíamos visto más de un Rick&Morty juntos). Aunque en medio de las risas miré a la pantalla y no pude dejar de sentir “Oh, estos personajes ya no existen más”. Me dio una suerte de saudade, verlos así, felizmente conservados en forma digital, siempre en el presente que comienza al apretar play y que se congela con el botón de pausa. Pero no va a haber nuevas historias y eso, y no puedo justificarlo desde la lógica, se siente como la muerte o la no-existencia de un personaje.

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