La Ciudad y Las Vacaciones

Hoy fue mi último día de vacaciones. Por tres semanas, los espacios de mi mundo se comprimieron para exprimir el tiempo necesario para traducir un libro, re-escribir otro, y por ahí intentar bosquejar un par más.

Hoy, con las misiones cumplidas al noventa por ciento, y con el matrimonio de una amiga ad portas, salí a cortarme el pelo. Tomé la micro que voy a tomar desde el lunes al trabajo, y luego el metro, en la dirección al trabajo. Vi a la gente, en sus apuros de Marzo, y vi a la ciudad, ya de vuelta de sus vacaciones. En las semanas pasadas no había ido más lejos que el supermercado ni me había aventurado más allá de mi restaurant de los domingos. Santiago me pareció ruidosa, llena de gente, confundida, sin propósito. Las hormigas sueltas sin tener tan claro dónde están los dulces. Anywhere but here. Otro país.

El país de mi barrio tiene un ritmo silencioso de día, y más silencioso de noche. El silencio del día lo cortan las construcciones que están destruyendo el barrio para que otro barrio ocupe su lugar; el silencio de la noche lo cortan borrachos varios, a veces un robo de auto, más borrachos. El propósito de estas ocho manzanas es comer, emborracharse, dormir y poco más, pareciera. Hay negocios y botillerías de distintas clases. Las hay iluminadas por ampolleta y las hay iluminadas por tubos fluorescente. Botillerías de mala muerte, botillerías que son negocios, botillerías como parte de minimercados. Lo que más me gusta del barrio es esa sensación de propósito directo e inmediato. Tenemos dos supermercados, de categoría mayor que un minimercado, pero menor que un hipermercado. Debería haber una clasificación estricta para estas cosas. Digamos que hay un par de corbetas.

La ciudad tiene otras cosas. La ciudad piensa de otra forma. La ciudad se reproduce e invade a los barrios, comiéndoselos, derrumbándolos para hacer más ciudad. Esta casa ha estado aquí por más de cincuenta años, pero es difícil que llegue a estarlo por cincuenta años más. En la ciudad hay lugares donde cortan el pelo, donde venden accesorios para usar en una fiesta de matrimonio. En la ciudad hay gente que se sube a buses con destinos parciales, y gente que hace combinaciones de medios diversos. Gente que te choca y no pide disculpas, y gente a la que chocas y no espera disculpas.

Lo sé porque hoy estuve en la ciudad. Estuve de vacaciones, así es que todo me resbaló un poco. Andaba a otro ritmo, y tras un rato de turisteo, de corte de pelo y de decidir que un sujetacorbatas no valía tanto la pena, me compré un nuevo cuaderno de notas y me volví al barrio. Compré pan pita en un minimercado que no es botillería, y zigzagueé por veredas en construcción. El lunes vuelvo.

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