Reescribir

Llevo una semana entera reescribiendo.

Intenté empezar mis “vacaciones” reescribiendo y como no pude, me dediqué a traducir una semana y me dejé esta para reescribir. Y aquí estoy. Me queda poco. El penúltimo capítulo, y después el último, que en realidad lo voy a escribir de nuevo; así es que no cuenta tanto. Escribir es muy lindo – en primer borrador no hay espacio para sentirse mal y todo funciona y todo es creatividad una vez pasado el despegue inicial. Reescribir, en cambio. . .

Es encerrarse en una pieza con la peor persona del mundo. Que soy yo, en este caso, en mi modo más crítico. Ayuda tener los comentarios de personas inteligentes que quiero y cuya opinión respeto, pero al final del día siempre estoy solo. A veces leo un comentario crítico al manuscrito y tengo que defenderlo y arriesgarme a mantenerlo, o le encuentro razón y me aprovecho de dar un par de latigazos, de paso. Me falta la cabeza para tomarme esto con un poco más de frialdad, ciertamente. O el balance emocional para no terminar vuelto un cúmulo de frustraciones al final de un día malo. Los días buenos son gratos, pero, al menos esta semana, estuvieron al principio y de pronto la reescritura se volvió una carrera de resistencia. El lunes vino Gonzo  y jugamos FIFA, y fue todo mi contacto con la humanidad, aparte de las rutinarias idas a comprar agua y comida. El miércoles fui al supermercado vuelto un energúmeno y por esquivar a una vieja de mierda en un pasillo pasé a botar una botella de champagne que no se rompió, pero que llamó la atención de un pobre guardia que partió corriendo como si la vida de sus hijos dependiera de ello a revisar que la botella estuviera bien. La pena que me dio ese gesto, sumado a la rabia contra la puta corporación que lo tiene trabajando a un nivel en que una botella puede ser así de importante la estoy masticando hasta hoy. Primero me dio rabia contra él, obviamente, pero después; después ahora, que escribí esto último, lo puedo amortiguar, porque, hey, la vida de sus hijos puede depender de cosas como que no se le vaya a escapar un ahueonado que pasa a llevar una botella y se vaya sin pagarla.

Ayer desperté a mediodía y cuando hube terminado mi parte de trabajo, antes de los partidos de Copa Libertadores, me tumbe en la cama y me acordé de esto:

Estuve de cumpleaños hace un par de semanas y voy activamente camino a volverme un viejo odioso, gruñón y amargo. Pero, extrañamente, mientras más odioso, gruñón y amargo me vuelvo, más paciencia encuentro y más divertido me parece el mundo a mi alrededor. Creo, tan solo creo, que entiendo lo que mi abuelo escondía tras esas sonrisas lentas suyas. Antes del Parkinson, claro.

O quizás es que llevo una semana encerrado. Veremos.

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