Vender/Venderse

Pasan los años y no me hago la idea de que vivo en un mundo donde las relaciones se plantean como una transacción comercial; un mundo donde los gestos creativos son productos y las cosas, aun las más invaluables, inefables e inasibles de las experiencias, son reducidas a una repetición que se transa en unidades cuantificables. No nomás.

Yo no soy un vendedor. Mi papá era un vendedor. Hablo de mi papá en el pretérito porque hace años que no hablamos y es mejor así. No puedo pararme delante de la gente, o esconderme detrás de una pantalla y decir: “este es mi libro, cómprenlo. Por favor RT”. Por favor RT. De otra época, mi papá tenía un profundo desprecio por las tecnologías de la deshumanización, y reaccionaba a ellas con el instinto de la extinción – esto viene a quitarnos la comida y como tal es malo y como tal hay que pegarles a cada espacio. Papá creía que el chat y los correos eran para los cobardes, los tímidos, los que son incapaces de acercarse a alguien, mirarlo a los ojos e iniciar una conversación en la que uno se ofreciera al otro abiertamente. O sea, gente como yo.

A mí no me pueden caer mal las teletecnologías. Me gusta el mail, mucho – vivo en un país en que el servicio de correos es una lotería; me cae bien Instagram; me complica twitter, detesto facebook. Pero no existe ninguna plataforma que, en algún momento dado de la vida, no me haya dado alguna satisfacción de esas que no son cuantificables. Más allá del efecto de la dopamina, de la proverbial zanahoria que mantiene la noria andando, hay momentos, personas de verdad, conversaciones que se iniciaron por ahí o por allá y que no habría podido iniciar en mi timidez de hace diez años, ni en la de ahora, ya más viejuno. Aún así, las victorias las cuento a la antigua – en personas tangibles, en momentos vividos en persona. No me logro zafar de eso. No me quiero zafar de eso.

Quiero vivir más aquí, más en el momento. En estos días, que han sido muy ocupados, a veces me salgo de mí y puedo ver la cadena de consecuencias y causas que me han llevado al lugar donde estoy y siento el peso de unas letras inmensas en la pantalla diciendo ESTA ES TU VIDA. ESTO ES AQUí. ESTO ESTÁ PASANDO. Pasan los años y cada vez tenemos menos opciones, pero eso no es más que el reverso del lado que dice que las opciones que sí tenemos son más profundas. O, mejor dicho: No hay tal cosa como un niño maravilla de 34 años. Pero a los 34 años se puede uno parar, en puntillas de preferencia, y atisbar las cosas que fueron y las que vienen y hacer, por un segundo, un gesto de equilibrio de esos en los que uno cierra los ojos y siente que el tiempo no es una corriente sino un océano infinito sobre el cual podemos flotar. Después, las letras:

ESTA ES TU VIDA.

ESTO ES AQUí.

ESTO ESTÁ PASANDO.

Anoche fui a comer brasileño con mi mamá que se iba de vacaciones. Cuando llegamos sonaba una samba de esas de carnaval. Las sambas de carnaval me llenan de una melancolía feliz, siempre. Siento que le cantan inevitablemente al final de fiesta, que traen una pátina de aceptación que celebra la fiesta, asume su brevedad y no por eso es menos alegre. Una saudade feliz para la que seguro hay una palabra en algún idioma más sofisticado o con más rango para estas cosas. No llegaba con Shazam, así es que le pregunté al mozo qué era lo que sonaba. La pregunta, antes del aperitivo, lo pilló de sorpresa y me dijo que no sabía. Después se rehizo y me respondió muy acelerado en un portugués del que capté las palabras “careta”, “banana”, y “carnaval”. Me dijo que estaba muy de moda ahora y yo, menos tímido que antes pero tímido al fin, no le quise pedir que me repitiera, confiado en que con esas tres palabras llegaría, OBVIAMENTE, a la canción ni bien llegara a mi casa.

Obviamente, la perdí para siempre. Ni google ni shazam, sino mi falta de confianza para decirle “¿cómo dice que dijo?”. Ya lo dije, no soy un vendedor.

No soy un vendedor y no me vendo ni vendo. Ojalá el libro “se venda”, así en impersonal. Ojalá a alguien le guste. La recompensa de la escritura es la escritura en sí y la lógica de mercado dicta que uno debiera ser más feliz en la medida en que más produzca, pero la trampa está en que la única felicidad posible que eso pueda traer es un derivado secundario – poder seguir trabajando en esto, eventualmente dejar el trabajo diurno, la vida de oficinista encubierto y tal. Para eso hay que vender, o algo. Pero yo no soy vendedor. Miro con pudor a los que lo intentan, me ataca la más vergonzosa de mis timideces al ver los círculos de amigos que se retwiteean y se apoyan en su producción. Nada más lindo que la humanidad trabajando como comunidad, es cierto – pero ahí vuelvo a tener once años y me vuelvo a parar al borde de la plaza esperando que alguien en el partido diga “¿queríh jugar?”.

Ahora no quiero jugar, eso sí. No, gracias. Trato de no desearles mal. Trato de conversar, cuando nos podemos ver, y decirles que esto, esto que vivimos cuando conversamos y nos podemos ver es lo que importa. No me interesa comprarles nada, porque me rehuso a usar “comprar” como sinónimo de “creer”, por la reputa madre; porque me interesa lo que pasa cuando nos miramos a los ojos y valoro como nadie los pequeños gestos, como los amigos que te invitan a su casa y tienen preocupación especial por el postre, o las cosas que nos descubrimos solo porque alguien llegó con una canción pegada. No me interesa la otra lógica, no sirvo para ella, no es un talento que quiera tener – ni la elocuencia del twitteo masivo ni la diplomacia del RT bien puesto – porque siento que eso está profundamente mal. Y me agobia. Me agobia vivir en un mundo donde las formas triunfaron tanto sobre los fondos, donde lo vacuo es imperio y lo superficial regente. Me agobia la virtualidad. No hablaremos hace años, pero papá tenía razón sobre esto. Quizás no por las razones correctas, pero tenía razón.

Pero no es tan terrible. Nada lo es. En algún lugar del planeta, alguien se está preparando para carnaval. Tiene sus movimientos aprendidos y el traje en condiciones óptimos. Alguien va a desfilar y cantar, y en su música y en su tono habrá, sin compras ni intercambios, sin transacciones ni mediaciones, un instante capturado de felicidad, y de la certeza completa de que la fiesta está terminando, pero que aun es fiesta.

A m

A mí

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