Dos Mil Quince

Es, por supuesto, una gran mentira.

Pero es una buena mentira.

Los días se suceden igual, uno tras otro, con la órbita terrestre haciéndose cargo del largo de las noches, la caída de las lluvias, o el calor de mierda en esta ciudad de mierda. Ayer es igual que hoy, pero en algún momento decidimos que ayer era otro año y hoy… bueno, hoy es otra cosa.

Las escasas horas de sueño me las cortó un coro de voces que se quejaba, a dos cuadras de casa, de algún automovilista imprudente que había cometido algo ídem y que se había largado sin quedarse a dar la cara. Por el tono de las voces, no había muertos ni heridos. Solo el coro de la indignación. A las nueve de la mañana, así es que tampoco habría sido tan cívico gritarles “¡Hay gente con caña!” y tirarles un zapato. Además, y sin importar el evidente valor de verdad de mi enunciado, yo no tenía caña; y, como se mencionó anteriormente, esta gente estaba un poco lejos de mi rango de lanzamiento de calzado.

El año podría haber empezado la semana pasada. Los años podrían empezar el primero de marzo, el primero de febrero, o incluso el 21 de algún mes en que empiece la primavera en algún hemisferio. Es una gran mentira esa de que todo va a ser mejor, de que todo queda atrás, de que ahora sí que sí todos los dados van cargados a nuestro favor. Ahora, en un día que podría ser hoy como mañana como el próximo domingo.

Es una mentira tan buena que es una historia.

El día siguió medio somnoliento e imposible. A media tarde se me cruzaron los cables que separan lo racional de lo emocional y caí tumbado en cama en estado de perfecta depresión. Esa que viene como una ola gigante y se lleva todo, dejándote insensible, incapaz de sentir nada que no sean las ganas de ahogarte, de dejar de patalear  un rato. Esa que te hace odiarte sin razón alguna y te hace odiar a todos los que te quieren porque cómo tan idiotas de quererte a ti. Esa que te hace pensar en todas las películas que quieres ver y en todos los cómics que salen el 27 de Enero con indiferencia. Esa que te vuelve un sociópata perfecto, indiferente a todo, incluso a tu propia sociopatía.

Respiré profundo. Me quedé en casa, puse la mente en blanco.  Traté de cortar todas las comunicaciones con mis seres queridos. Respiré profundo.

La historia de la navidad está construida sobre un arquetipo de deidad solar: el Cristo que viene en lo más frío del invierno, la esperanza de comienzos por venir, lo mejor de la humanidad durante el período más yermo de la tierra; así es que siempre ha quedado ligeramente mal traducida al hemisferio sur. En cambio, el Año Nuevo funciona perfecto en su aleatoreidad. En el norte vienen días más cálidos, pero acá la temporada de vacaciones y relajo está recién explotando. Todo va a ser mejor a futuro, nos decimos. Vienen días mejores, vienen menos preocupaciones. Hasta que vuelvan, y vuelvan a irse, y todo vuelva a empezar.

Respiro profundo. Con los años he aprendido a aislar los episodios, a relajarme hasta el punto en que la ola me lleva y no siento el impulso a resistirme, porque resistirse es hundirse en estos casos. La semana pasada pensaba en todo lo que me cuesta entender esa frase sobre “dejar que el universo haga lo suyo y rendirse nomàs”. Ahora lo entiendo, de emergencia, pero no está mal. El universo me mira, y me dice “bueno, ¿no queriai aprender?”. Y yo respiro profundo, pienso en las mentiras que son tan buenas que se vuelven historias. Y en esas, las mejores historias, que nos contamos año a año; hasta que llegue un año mejor.

Feliz dos mil quince, muchachada. Os amo.

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