Creo que todos nos merecemos tener un día de créditos finales. Un momento fuera del tiempo, donde la narración se dé por terminada, sin fatalidad, en completa paz. Un momento para sacarse la máscara de Teletubby y sonreír a cámara con el pelo pegajoso de sudor y la curva alegre que solo viene cuando uno deja de asfixiarse. Un tiempo para caminar por la calle sintiendo que los ojos de Dios están en cualquier otra parte (seguramente leyendo los créditos que pasan, en busca de un nombre chistoso o conocido) y que nada, nada de nada, puede ser realmente tan importante.

La próxima vez que vayas por ahí, mirando a la gente, trata de pensar cómo serían sus créditos finales. La próxima vez que alguien te haga rabiar, la próxima vez que veas a alguien que te gusta, la próxima vez que levantes la vista y alguien te esté mirando; míralos alejarse, y pon una canción suave, un MIDI repetitivo quizás, o un loop de alguna balada pop. Míralos seguir el rumbo de su propia narrativa, con cada paso más lejos de la tuya. En cualquier minuto esto corta a negro.

En cualquier minuto ya no están más.

ROLL CREDITS.

 

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