GORDO BUENO PAL BALÓN

Existen. No se crea usté que no. En un mundo de Cristianorronaldos, de niños maravilla del cuadríceps; la pichanga, ese espacio platónico donde el fútbol aún no se ha vendido a los grandes mercaderes, conserva y es caldo de cultivo para los gordos buenos pal balón.

 

El domingo jugué con uno. Me había tocado enfrentar a algunos, el más notorio de todos siendo el Guatón Araya, que tiene tobillos tan gruesos que nadie lo puede bajar y que, cuando recibe una pelota, se gira y es un pequeño planeta, que en su superficie hace girar hasta los defensas más experto. Al guatón Araya hay que anticiparlo, porque si recibe la pelota, se gira y le pega sin más. Y no le pega nada mal. Mis compañeros de equipo lo conocen de antes y, por más que unos y otros hayan subido y bajado de peso conforme las distintas etapas de la vida, el Guatón Araya siempre fue guatón, y aprendió a jugar guatón y lo usa como una ventaja en el campo de juego. Otra razón para cultivar la máxima griega y conocerse a sí mismo. Siendo uno mismo, se llega lejos y se meten goles, chavalines.

En mi equipo, claro, está el Guatón Garay. Pero el Guatón Garay tiene panza y todo, pero es un gordo lindo, que corre toda la cancha, que es el segundo central, pero se está metiendo buenos pelotazos y tiene llegada. Nunca sale en las nominaciones al equipo ideal, porque juega en todos los puestos. Y, visto así, no es tan gordo. No como el gordo con el que jugué el domingo pasado.

Estábamos sin cambio y era un partido peleado. En la primera rueda este mismo equipo nos había pillado con uno menos y nos había masacrado. Uno a uno iba el marcador y Claudio, que como lo operaron está de DT, le preguntaba a uno de los defensas :

– ¿Y tu amigo?

– No, si ya viene.

– ¿Y es bueno?

– Sí, sí es bueno.

– Bacán.

– O sea, parece que es bueno.

“A ver, ¿cómo es la weá?” pensaba yo, tranquilito en el arco, aunque en realidad tenso, porque era de esos partidos en que un error y chao. En eso veo llegar a esta mansa mole de humanidad y fideos con legumbres. Porque te aseguro que el gordo este no llegó a su estado actual sin la ayuda de varios paquetes de pasta y toneladas de porotos, garbanzos y demases.

“Hasta aquí nomás llegamos” pensé. Y las cara de Claudio me decía lo mismo.

El gordo se fue a hacer precalentamiento a la cancha de al lado, se puso la polera de Palestino (oficial, no réplica) sobre las charchas, y esperó pacientemente su turno. Algunos de nuestros jugadores andaban  medio perdidos por la cancha, pero mejor era tener un perdido en buena forma física que meter al gordo.

Pero no hay plazo que no se cumpla y el gordito entró a jugar.

– ¿Cómo te llamai? – le dijo el DT

– Branco

– ¿Franco? –

– No, Branco como el de Brasil del 90. Branco, Alemao – le digo al DT

– Ah, al que Bilardo le puso un sedante en el agua.

Mientras ocurría este episodio de Fútbol del Recuerdo, el gordo Branco tocaba la pelota por primera vez. Marcando terreno, la paró con la precisión de un crack y puso un pase demasiado bueno para un compañero tan malo. Sino era la única que se sabía, el gordo podía terminar siendo bueno de verdad.

Tate.

 

A la siguiente el gordo la para de pecho – o sea, con la parte superior de sus charchas – la deja muertita y saca tremendo remate que el arquero apenas alcanza a parar. El partido se empieza de a poco a inclinar hacia nuestra lado. Nos pusimos arriba por varios goles, todos de Branco o con pase de él, y cuando salió a descansar nos empataron. Después volvió y lo ganamos por dos.

Pero qué gusto jugar con el gordo.

No solo porque siempre es bueno jugar con jugadores buenos, sino porque la técnica del guatón estaba depurada, como la del ya mencionado Araya, a partir de su cuerpo. Cuando me la pedía, yo le lanzaba largo, y al gordo no se le fue una sola vez. No lo pudieron anticipar nunca, y el que llegó antes que él se llevó un envión de esa masa enorme de cereales y papas fritas. Ví a defensas espigados y mediocampistas musculosos salir volando al dar con este planetoide en movimiento. Una maravilla. La pelota gravitaba hacia él y solo salía de órbita cuando el gordo la expulsaba con destino al arco o a un compañero en posición de remate.

Esta es una de las cosas más hermosas del fútbol de pichanga. Aquí todavía vive la diversidad de fenotipo. Aquí todavía se puede ser Maradona y no hay que matarse intentando ser Gareth Bale. Y de paso nos llevamos un recordatorio de que la mejor manera de ser bueno para algo es ser uno mismo. “Momentos como éste nos dejo el fútbol” cantaba el prócer panameño.

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