El retorno de la monopantalla

Antes las pantallas hacían solo una cosa. Había una pantalla para ver televisión, una pantalla que te indicaba el dial de la radio, otra pantalla que te indicaba cuánto llevaba la película (en tiempo real o en extrañas unidades de conteo inventadas para la ocasión). Me gustaba eso. O no sé si me gustaba, pero me crié con eso. Mi abuelo creció sin pantallas. Mi papá creció con una pantalla (y varios contadores de esos con extrañas unidades aleatorias).

Ahora escribo esto en la misma pantalla en que veo películas, me comunico con amigos, emito boletas, veo cuánto le queda a la canción que tengo pegada, y así. En la oficina hay una fotocopiadora que tiene una pequeña pantalla, e incluso esta, en su modestia de aparato en vías de extinción, aprovecha de darme la hora.

De todas las pantallas, la que más extraño es el visor de cristal líquido de la máquina de escribir de mi abuelo. Un armatoste semiautomático traído de Alemania con toda la pinta de ser El Futuro. Muchos años después supe que a esas máquinas se les decía “procesadores de palabras”, y en su pequeño visor uno podía escribir una línea entera y hacer cambios y revisar la ortografía antes de apretar Enter y que la máquina imprimiera las letras directamente sobre la hoja. Era una máquina Olympia, gris, enorme, pesada al punto que trasladarla de una pieza a otra era cosa de ocasiones extremadamente especiales. Y mi abuelo la tenía siempre en su funda oficial, de un plateado oscuro medio astronaútico, con interior acolchado en espuma. Correr la funda era como la ceremonia de destape de un Fórmula 1.

En esa máquina escribí, a los 8 años un pastiche de la Guerra de las Galaxias del que no quedan registros pero que hace que me de vergüenza el puro recuerdo. Por más que vaya por la vida pregonando la autoaceptación y la superación de los traumas, me acuerdo de esas páginas y agacho la cabeza.

 

Pensaba hoy en la casa del futuro. Pensaba en cómo me gustaría mi casa del futuro. Pensaba en un espacio como el de mi departamento actual y lo pensaba así, con pocos muebles y muebles viejos, como los de acá. Decorando estos muebles me gustaría tener aplicaciones monopantallas. Una especie de avatar físico de las aplicaciones del teléfono: una pantalla pequeña que solo me diera una columna con mi feed de twitter, ojalá en monocromo; un pequeño cuadro que estuviera siempre refrescando tumblr, como una cascada de imágenes y notas y videos; sobre el mueble radio, una tira corrediza que mostrara las fotos de Instagram. Pagaría entre 30-40 lucas por un aparato así – el precio neto de un electrodoméstico antiguo, sin ajustar por inflación. Habría distintos modelos , quizás en vez de una pantalla pequeña, tendría una pantalla que me permitiera tener cinco feeds simultáneos con mis listas de twitter.

 

La monopantalla, la retrotecnología. Haga lo que haga, nunca voy a tener un aparato cubierto con una funda antiestática, y por ende nunca voy a quitársela con toda la ceremonia de mi abuelo.

 

El despertador va a sonar en tres horas más. Tengo pegado el riff inicial de “Random Firl” de Late of the Pier. Lo escucho y la vida se me vuelve, por veintidos segundos, de 8 bits.

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