Trinche

Le preguntan,  canoso e hinchado, pasados ya sus sesenta años, qué daría por volver a tener veinte, por volver a escuchar a la gente.

– Nooo, no me diga eso, porque me pongo mal – clama con genuina emoción, transportado en el tiempo automáticamente. Piensa en todo el fútbol que jugó, en las noches eternas, en las escapadas a pescar, en el público, en la sensación de ser una estrella y ser feliz siendo una estrella. Se le llenan los ojos de lágrimas, y alcanza a decir – Me vuelvo loco, por volver a entrar a una cancha y vestirme de jugador, me vuelvo loco.

Las lágrimas ya corren, anunciadas por un suspirado “Qué va a hacer”.

Tomás Felipe “Trinche” Carlovich, uno de esos mejores jugadores que nunca fueron famosos, que no buscaron la fama porque tenían la felicidad justa en simplemente hacer lo que hacían, llora por los días que se fueron y porque ya no van a volver nunca.  Yo lo estoy mirando y lloro con él, por él, y también por mí. Porque cuántas veces en la vida puede uno ver realmente a un ser humano y decir, a ciencia cierta, “He aquí a alguien que fue realmente feliz”.

 

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