Antes, el momento antes de la lluvia estaba marcado por una tibieza especial en el aire. Podía hacer mucho frío después o incluso durante la precipitación misma (señal inequívoca de que la cordillera estaría nevada), pero uno tenía la certeza de que, cuando estaba nublado, si la temperatura no era lo suficientemente alta, no habría lluvia alguna.

Las cosas han cambiado.

Hoy en la mañana tuvimos una de esas tibiezas nubladas, las que en mi memoria son el anticipo de una tarde perfecta, de clases o juegos o comidas deliciosas; del orden propio que impone la lluvia, cortando los días y las actividades de todos. Ser niño es guiarse un poco más por la lluvia – en el centro los adultos hormiguean por calles y paseos con la misma obligación llueva, nieva o truene. Cuando era niño, nada simbolizaba mejor la actividad adulta que “el centro”. No teníamos múltiples focos de actividad comercial entonces. Y a mí me cargaba “el centro”.

Todavía me carga.

Pero hoy, por un instante, tuvimos una tibieza perfecta, de esa temperatura milagrosa que anuncia que solo vienen cosas buenas. Y ahora, desde hace horas, llueve.

La lluvia sigue siendo el fénomeno meteorológico que necesita ser enunciado.

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