Schadenfreude

Esa belleza monstruosa que tiene el idioma alemán nos regala un término que describe el gustito que nos da cuando otros la pasan mal. Los griegos tenían un concepto similar en la epikarikasis, pero, si somos honestos, no es lo mismo un griego (de toga, narigón, la boca cubierta aún con restos de uva y oliva) riéndose a carcajadas de un tropezón en el barro, que un alemán, compuesto, con un traje de tres piezas que puede o no ser medio tirolés, dejando escapar por entre sus treinta y dos dientes perfectamente dispuestos un:

-Je

La segunda siendo la alternativa tanto más civilizada y por ende tanto más brutal. La sutileza de ciertos gestos termina por elevarlos tanto más en su intensidad. Hay un cierto respeto que se confunde con un desconocimiento del otro y no hay peor afrenta que esta. Es tanto mejor reírse de la desgracia ajena que hacer como que no hay desgracia o, peor aún, que quien sufre no está ahí.

Y hoy, en esos dieciocho minutos en los que Alemania le asestó cinco goles a Brasil, el mundo entero experimentó todas las variables posibles de la Schadenfreude.  Compasión más, compasión menos, tuvo algo de gustoso.

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