La muchacha del asiento de al lado en la micro llevaba un pañuelo rosado con pequeños lunares rojos. Leggings negras, falda de jeans y chaqueta sobre chaleco sobre beatle porque que era la mañana y la mañana era fría. La muchacha no tenía mucha prisa, porque era una de esas personas que aprendieron por ensayo y bastante error que la prisa va a dar con demasiada frecuencia al desacierto. Aún así, la muchacha presionaba furiosamente la pantalla de su celular, con la intensidad propia de los que quieren salvar una vida virtual o ganar una copa del mundo electrónica. Pero no había colores en la pantalla de la muchacha. Tan solo letras, derramándose furiosas, más apresuradas que todo en el actuar de su dueña. Escribía lo que podía ser un diario de vida. La muchacha podía tener amnesia y la necesidad imperiosa de recordar lo que había pasado la noche anterior, para así tener referentes claros y evitar cometer a futuro los desaciertos que la habían llevado hasta ese asiento esa mañana. O quizás simplemente buscaba una forma de capturar las cosas realmente importantes de la vida de la forma más sincera posible. Quizás la muchacha ya sabía que recordar las cosas de forma idealizada es lo mismo que tener amnesia. Había llevado un diario de vida a los quince años y cuando lo leyó una década después descubrió que no había ahí nada de utilidad: páginas de páginas intentando justificar una grandeza que nunca había sido, y ni una letra para advertirle a su yo futuro de las cosas que la estaban haciendo sentir así de miserable. Por eso ahora escribía con las emociones a flor de piel, nunca más iba a cometer el error de olvidar cómo era que se sentía estar sentada bajo ese frío esa mañana después de la lluvia, ni las verdaderas razones por las que había elegido esa falda para un día jueves que prometía ser como cualquier otro, pero que estaba cargado de ilusiones, de esas que tenía todos y cada uno de sus despertares y de las que, como las nubes costeras de la IV Región, no quedaba rastro alguno tirando para mediodía.

Escribía con ortografía perfecta, en lo más cercano a la prosa extensa que la pantalla de 3,5 pulgadas podía darle. Estaba tentada de usar abreviaciones, pero algo más grande que ella misma la compelía a borrarlos con vergüenza ni bien los veía escrito. Se permitía, eso sí, escribir como sus otras voces, tomar una cierta distancia irónica y digitar “washón”, porque confiaba en que, cuando lo leyera, en algún futuro aun sin forma, recordaría el sentido exacto de la frase “Era, honestamente, un washón”. Escribía como esparciendo el hilo en el laberinto, como trazando la cifra del mapa. A su lado, alguien escuchaba música. Ella no, no podía dejar que el ritmo de otra voz se interpusiera a la suya. Este era el momento para envolver en palabras la cotidianeidad para llevarla hasta la posteridad. Sí.

 

Después cargó el dedo sobre la pantalla, y marcó la opción “seleccionar todo”. Otro toque en el circuito de resistencia eléctrica y las letras desaparecieron. Presionó un botón y luego la pantalla dos veces. Envió el mensaje. Lo leería en el futuro.

 

 

 

Esa es mi versión de los hechos, mi querido lector. En otro mundo, la muchacha ocupa las notas de su iPhone como una suerte de respaldo, para no mandar un mensaje largo a medias por whatsapp. Sea como sea, hoy en la mañana, en la micro, había una muchacha que escribía en su teléfono. Y en el pasado, quizás de ella, quizás de alguien más, había habido un washón. ¿Y en el tuyo, qué ha habido?

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