Seguros

Querido vendedor de seguros,

Cuando una persona me llama al celular y menciona, durante los quince segundos que me demoro en darme cuenta que no escucho nada por el auricular y conecto los audífonos, el nombre de una buena amiga con sus dos apellidos y el nombre de una compañía y algo que “podría interesarme”, yo asumo que me están ofreciendo trabajo y no formas de quitarme el fruto de éste. Perdón por haberte hecho creer que estaba ligeramente interesado y haber ocupado más de tu tiempo del que era necesario. Me pasa. Es la sintaxis de mis comunicaciones, y mientras más viejos nos ponemos, más nos apoyamos en la sintaxis y menos escuchamos/vemos lo que realmente pasa. Le pasó a mi papá cuando era más joven que yo y miró debajo de la cama de mi abuela, vio el marco de madera y juzgó que un niño de 9 años no cabía por ahí y siguió de largo en su búsqueda. Mientras, en la oscuridad, yo sentía que había logrado hacerme invisible. A veces los engaños son magia, a veces son una perdida de un par de minutos en una llamada telefónica molesta. Como dijo aquél buen hombre a quién una vez viéramos quebrar su propio parabrisas con las bolsas de la compra del supermercado tras resbalarse en el estacionamiento: “son weás que pasan”.

Querida amiga que le diste mi número y nombre a un vendedor de seguros,

Vamos a conversar cuando vuelvas de tu viaje.

Cordialmente,

-L.

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