El mesías que no llegó.

Era 2006 y yo estaba que dejaba la inexistente ciencia literaria por una pasada en las inexactas ciencias políticas. Trabajábamos en la “Sala de Simulación” que tiene la faculta de Ciencias Políticas de la Católica y que no es más que una serie con computadores, ni siquiera tan bien linkeados. La cerca un aura de misterio, el cartal de “Sala de Simulación” o “Simulacros” o algo que hace que uno cree que va a entrar a una escena de War Games (1983) y nada. Los computadores en War Games (1983) eran menos charchas.

Me iba bien en Ciencias Políticas. Mis profesores se tomaban su oficio con más dedicación que sus pares letrados, me parecía, Mis compañeros leían todo, el mundo era un lugar con reglas más claras. A mi lado, en la sala de simulación, uno de los compañeros de mi grupo se exasperaba porque yo borraba todo para reescribir, en vez de usar las flechas y borrar sólo la palabra que estaba con errores. Yo me exasperaba porque era un maldito hábito agarrado de mi novia de entonces. Ella nunca aprendió a usar las flechas y borrar lo justo, y ahí quedé yo, tullido de la redacción. Terminamos un mes después de eso, pero esa es otra historia.

Ese día, en la sala de simulación, yo tenía un pequeño televisor de bolsillo. Un aparato que nunca alcanzó a ser tecnología de punta, pero que, quizás por lo mismo, no se desvalorizó en el tiempo tan rápido como, digamos, el minidisc. Me lo había prestado Nico Cornejo. O se le había quedado en mi casa. La cosa es que lo tenía yo. La cosa es que jugaba Argentina. La cosa es que yo le echaba un vistazo, y mis compañeros conmigo, mientras intentábamos arreglar hipotéticamente los conflictos de una nación africana. Igualito a la vida real.

“Uh, chiquito Messi. Puta que me cae bien chiquito Messi” – dijo el mismo tipo que se había quejado de lo poco eficiente de mi forma de borrar caracteres.

A sus 18 años, Messi era en efecto chiquito, y debutante en copas del mundo adultas. Y todas las pelotas que tocaban tenían un aire de nostalgia. Creíamos que Argentina podía salir campeón, porque Argentina tiene historial en salir campeón con equipos liderados por un volante de creación talentoso y un conjunto de pataduras.

La Argentina de 2006 no tenía pataduras lo suficientemente pataduras como para salir campeón y en una trágica tarde de Junio quedó eliminada por Alemania, los dueños de casa que en su preparación perfecta había instruido a su arquero en la inexacta ciencia de la estadística en los penales. Una tragedia. Chiquito Messi no pudo ser Maradona.

 

Ocho años después, me despierta una andanada de mensajes en el teléfono. En el grupo de mi equipo de los miércoles se está discutiendo el tecnocrático estado de las cosas en el fútbol mundia: lo aburrida que es la Champions League, la forma en que los grandes intereses de los mercados protegen a ciertos jugadores y hace que sea imposible tocarlos. La muerte del amateurismo y otras historias recogidas. En eso, uno de mis amigos saca a colación la supuesta evasión de impuestos de Messi en España. Y otro, pendiente del partido del Barcelona, nos cuenta:

“Penal para el Barça. Y obvio que el evasor lo convirtió en gol”.

 

Y yo me quedo pensando como Chiquito Messi pasó en ocho años a ser “el evasor” y como a todos mis amigos, sin excepción, Messi terminó desilusionándolos, siendo otra cosa. Quizás por una cuestión de nostalgia, quizás por que nadie nos pudo devolver la integridad y el realismo mágico que rodeaba a Maradona. Quizás le pedimos mucho a Messi, que es un volante talentoso, pero no es dios. Y Maradona, en pugna constante con su drogadicción; Maradona que tuvo su propio estelar; Maradona que intentó fundar el sindicato internacional de futbolistas; Maradona que, cuando Sola le sacó en cara la derrota de su Barcelona ante el Bilbao no halló nada mejor que pegarle un buen combo en esa misma cara; ese Maradona es lo más cercano a un dios, en el sentido tribal del término, que hemos tenido en décadas (Mohammed Ali es otro, pero esa es otra historia). Si Dios es el mejor personaje de ficción, Maradona tiene una vida que lo deja ahí, ad portas de ser uno de los mejores personajes de no-ficción de todos los tiempos. Cosa que Messi no es. Messi es una versión Orwelliana del Diego. Lento de pensamiento como rápido en la cancha, servil y bien disciplinado, Messi no tiene pasta para liderar a nadie. Y está bien que así sea, no es su lugar. Insensatamente, lo vimos entrar, todo pequeño, vistiendo la 10 de la albiceleste, y en nuestro afán de nostalgia, le atribuímos todas las características que llevábamos (y llevamos) años queriendo volver a ver en un cancha de fútbol. Pero esos días ya no van a volver. Sin Mesías en la cancha, el amateurismo parece disociarse cada vez más de la actividad profesional. Hasta que, inevitablemente, volvamos a ver a un pequeño volante de creación con la diez. Seguro que es argentino, también.

 

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