Necrológicas.

Desde que dejé las redes sociales (menos Instagram, but hey) soy feliz. O soy más feliz. O me he librado de una carga gratuita importante de angustia y tormento diarios ante el estado de la especie humano. Y todo bien con eso. (Ok, también Tumblr, pero mi actitud hacia Tumblr, más receptiva que productiva, me permite usarlo más como un índice de contenidos que como una auténtica red social). No echo en lo más mínimo de menos las doscientas súplicas para el perrito perdido, ni los afiches con mensajes de Coelho sobre el fondo de un atardecer, ni los exabruptos en 140 caracters o menos de por qué hay tal o cuál estrella de la televisión o el deporte debe cometer suicidio. Extraño, un poquito, sí las conversaciones que podría haber tenido con gente más inteligente, o incluso los exabruptos de gente más creativa, pero el precio está más que pagado.

El problema es que hay cosas de las que no me entero.

Porque claro, tampoco veo televisión. Me entero por la red de qué cosas podrían interesarme y las veo a mi tiempo, y como buena parte del trabajo que paga mis cuentas consiste en leer noticias, cuando llego a casa no quiero seguir leyendo noticias. Y en el trabajo mismo me enfoco en lo policial, que no deja de ser lo mío. Y tampoco extraño las noticias: cuando era chico las veía con mi papá y nos reíamos de lo ridículo de algunos conceptos y de la forma en que se expresaban los malos reporteros. Completábamos las frases cuando hacían pausa con cosas como “y entonces se apareció el Anticristo” (y ya vemos por qué Night Vale es el podcast perfecto para mí). Pero después las noticias se volvieron una parodia de sí mismas, y después la parodia de la parodia. Y ahora empiezo a convulsionar y echar espuma por la boca si veo noticieros locales por más de cinco minutos seguidos. Nada puede ser tan malo y tomarse tan en serio a sí mismo.

El problema es que se me escapa información importante. La más notable de estas siendo las necrológicas. En medio de nuestra posmocultura en la que publicamos aspectos de nuestra identidad en base a las efemérides que celebramos (y, de paso: en un día como hoy, pero hace 28 años se quebraba una botella de ketchup, de las de vidrio, contra el piso de nuestra casa en Algarrobo. Yo todo lo que quería era que me dejaran ver cómo se movía el mar con el terremoto) y en base a las celebridades que dejan un vacío en nuestras vidas. De la muerte de Phillip Seymour Hoffmann me enteré de puro refilón, aunque la amable Instacomunidad me lo habría recordado sino, peeeeero….

EUSEBIO – Me enteré tres días después de la muerte de la Pantera Negra. Y me dio vergüenza no saberlo. Eusebio es una leyenda. Yo no lo ví jugar, pero entró a mi vida vía algún Pro Evolution Soccer para Playstation 1, en el que uno de los equipos clásicos de todos los tiempos formaba con Eusebio, que tenía un cañonazo que llegaba a ser irrisorio. Yo jugaba con ese equipo solo para pasársela a Eusebio y ver de qué tan lejos podía anotar. De ahí en más cada vez que lo vi en una aparición pública sentí ternura y cariños por el viejito/la leyenda.

AMIRI BARAKA – Hay hartas cosas que no me gustan de la poesía de Baraka. Pero la fuerza de su voz, y su manera de plantarse ante al mundo (tanto más Malcolm X que Luther King, más Spike Lee que Denzel) siempre-siempre han sido de esas cosas que me generan respeto y admiración. De esas personas que no se pueden ignorar nomás, porque su carácter lo exige, porque su obra se impone. En su fase más extrema tuvo ese poema sobre el 11 de Septiembre que hablaba sobre. . .

ARIEL SHARON – No es que sea taaaan importante para mí, pero cuando yo era aún un joven mozalbete de menos de 20, a Sharon le preguntaron por Arafat en una entrevista, y el viejo no halló nada mejor que decir “debimos haberlo matado cuando pudimos”. Un monstruo de los clásicos, un villano que cree que es héroe, y un carnicero que creyó que lo estaba haciendo todo por un bien mayor. Aún así, me hubiera gustado haberme enterado de su muerte.

SHIRLEY TEMPLE – en el lado más brillante de las cosas, la actriz infantil de las películas cantarinas. Shirley Temple a menudo terminaba con guiones en los que a mitad del segundo acto se encontraba con una muchedumbre deprimida, y la misión de su personaje era levantarles el ánimo con canto y baile. Cuando Hollywood se aburrió de la estrella infantil, Shirley Temple, en vez de rogar, se fue a otras cosas, llegando a ser embajadora en Ghana y Checoslovaquia. De niña, la joven estrella era famosa por saberse las líneas de todos los personajes de sus películas y a menudo ayudar a sus colegas adultos con las escenas. Menos conocido es que, en la época del racismo más asqueroso en Hollywood, Temple exigía que Bill Robinson, su coestrella negra, se sentará a la mesa con ella, en la mesa interior del casino del set. En esos años, los actores negros tenían prohibido entrar al casino principal. Y las anécdotas en las que enfrentó al sexismo, que terminó sacándola del cine porque, según los productores la niñaestrella “no tenía” lo necesario para seguir siendo estrella, y la niñaestrella se negó y se negó a complacer a todos los viejos verdes que le prometían un futuro en las películas si solo… . Es una vida enorme la de Shirley Temple. Y de su muerte no me enteré si no hasta dos semanas después.

HAROLD RAMIS – Egon Spengler. Qué más se puede decir. Bueno, harto más. Groundhog Day, Ghostbusters (que son las dos que lo hacen más parte de la cultura pop que ninguna otra) y Caddyshack (que ha envejecido mal, pero, por lo mismo, le hago un cariño. Chevy Chase también ha envejecido mal. Tan mal como todas sus películas hmmm). Por si fuera poco, estuvo en los orígenes de SCTV, que es uno de esos espacios a los que le debemos tanto sin saber siquiera que le debemos tanto (la televisión canadiense tiene varios de esos). De los fundadores, era lejos el que más empujaba para hacer una tercera peli de los Cazafantasmas. Ya no, nomás. Pero Egon siempre va a ser mi favorito.

ALAIN RESNAIS – Hace dos años fue Chris Marker y ahora Alain Resnais (y yo siempre fui más de Marker que de Resnais, pero…) Hiroshima Mon Amour está ahí y nada se la va a llevar, aunque Scorcese ha asumido la campaña personal de recordarnos que no tenemos que dar esto por sentado y que restaurar películas es importante. Y lo es. Y mucho. No es una tragedia cuando alguien se muere a los 91, y es un gusto cuando uno llega a los 91 con una obra aún por estrenar. Y yo que tengo un enorme pendiente con Marienband. . . Tengo un montón de pendientes con Resnais, la verdad, por siempre el postergado en mis sesiones de cine francés de los veinte años. Por siempre el director al que no llegaba porque me había quedado dormido dos de Goddard antes, cuando supe de su muerte tuve un momento de “Oh, los pendientes. . .”

SID CAESAR – Para el final, el origen. Cuando supe que Sid Caesar había muerto quisé subir a todas las redes sociales, gritando, desaforado, enojado, “¿Cómo es posible que ninguno de ustedes me haya dicho se murió Sid Caesar?” Sid motherfuckin’ Caesar. Diossanto. En retrospectiva, quizás una o dos personas en twitter. . . pero claro, me fui de ahí porque había demasiada gente increpando a la audiencia en ese mismo tono. Pero murió Sid Caesar. Sid Caesar es, como la TV canadiense, de esas personas a las que   hasta hace poco yo les debía tanto sin saber que les debía tanto. Genio de la televisión en vivo, cuando toda la televisión era en vivo, Sid Caesar le dio espacio y trabajo al joven Mel Brooks, al joven Carl Reiner, y a un montón de otros jóvenes que serían los viejos que influenciarían a la generación de mis padres, que serían la influencia de  la influencia. Los clásicos. La expresión “the kids in the hall” viene de la época en que había tanta gente escribiendo para el programa de Sid Caesar (90 minutos diarios de tele en vivo, con guión) que los escritores tenían que sacar sus máquinas de escribir al pasillo, en el frenesí de conseguir que sus sketches fueran aceptados en el programa.

Sid Caesar es una piedra angular de esas que, ahora que no están, me hacen pensar que van a hacer que la casa se caiga. Cuando me enteré de su muerte lo primero que pensé fue “Uy, y ahora se va a morir Mel Brooks”. Lo que me lleva a . . .

JOHN CLEESE – John Cleese está vivito y coleando, aunque sin duda le gustaría que pensáramos que está muerto y nos haría todo tipo de bromas con eso. Pero John Cleese es una suerte de barómetro en mi vida para el paso del tiempo. Por alguna razón que tendría que descorchar de mi psiquis con muuucha terapia o vía epifanía relámpago, me daba un shock tremendo ver a Cleese en el Flying Circus de los Monty Python. Yo a Cleese lo conocí como el viejito que salía en una de Bond o el pelado de A Fish Called Wanda. Y Cleese siempre me pareció muy estático, una columna de humor serio y en serio. Entonces, al verlo como era hace cincuenta años, todo plástico y dúctil, tirándose al piso y caminando como…bueno, como el ministro ese, algo de todo eso me tocó la fibra del paso del tiempo. Y tras ver todo al Flying Circus por años no pude mirar al viejo Cleese sin que se me llenaran los ojos de lágrimas. De la pura emoción del paso del tiempo, de sentirme frágil y de ver reflejada mi propia mortalidad en la rídicula y apodíptica noción de que John Cleese algún día se va a morir. Así es que, hágame un favor y, cuando sepa que John Cleese ha muerto, escríbame un correo a cartasaleo arroba gmail.com. Se lo agradeceré de todo corazón.

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