Ayer.

Ayer me desperté lo suficientemente temprano para ver una película antes de ir a hacer las comprar para cocinar algo. Así es que vi Ender’s Game (2013). Usted no lo haga. O hágalo, no sé. Yo al menos sentí que estaba viendo una de esas películas directo a la televisión con las que algún juguete puede interactuar. Captain Power and the Soldiers of the Future much??

Ender’s tiene una premisa buena y un eje argumental interesante. El problema es que no lo explota mucho. Lo mencionan al medio y es el “final sorpresa” (oooh) de la peli. Cuando ya era demasiado tarde para hacer cambios, parece, alguien atinó a agregar la cita del comienzo, para que así quedará más claro en la mente del espectador. Es, curiosamente, el eje de la canción de los Flaming Lips que suena al final.

Los problemas de Ender’s son que comprime mucho la historia, en ciclos pequeños y eficientes, sí, pero que nos quitan de entrada la posibilidad de involucrarnos emocionalmente con los personajes. Harrison Ford le da un espaldarazo demasiado fuerte al niño Ender, entonces uno sabe que todo va a estar bien con él, siempre. El niño Ender es brillante y sociópata, pero desarrolla de pronto una compasión total, en el giro revelatorio del final (oooh) que no resulta creíble porque lo que mejor nos caía de él era su sociopatía. El resto del tiempo nos presentaron sus emociones como las de un llorica desagradable, entonces cuando esto cede, en un giro paaaaaaaabre como una sopaipilla, nos quedamos en el aire: nos quitan lo más entretenido del personaje y lo reemplazan sin un gran proceso por su opuesto más profundo. Mala cosa.

Ender’s Game habría sido una buena serie, sin duda. Cada uno de los ciclos que se presentan en la película (Ender va pasando constantemente etapas en su ascenso en un ejército del futuro) podrían ser uno o varios capítulos en televisión. En el formato del cine de una hora tres cuartos, la compresión le juega una muy mala pasada.

Salí al supermercado, inventándole letras alternativas a “Folsom Prison” y volví a ver otra peli/leer/jugar algo/ver el partido de la U/quizás ver algo del Superbowl?

 

 

Y entonces murió Phillip Seymour Hoffmann.

Lo primero que pensé fue en todas las películas con el viejo Phillip Seymour Hoffman que ya no van a ser. Cuando, hace poquito más de un mes y medio atrás, murió Peter O’Toole, no fue realmente una tragedia, porque Peter O’Toole había 82 espléndidos años, cada uno mejor que el anterior. Esto sí es una tragedia. Por la cantidad de talento que ya no está nomás. Porque Phillip Seymour Hoffman jamás lo hizo mal en película alguna. Por la forma en que se metía en cada personaje, generando una amalgama entre el personaje y él mismo…hay actores que nunca dejan de ser ellos cuando actuan, como DeNiro, que siempre es DeNiro haciendo de…DeNiro haciendo de mafioso, DeNiro haciendo de Jake La Motta. Uno va (iba) al cine a ver la versión de DeNiro de alguien más. Hay otros actores que se camuflan, se esconden en el personaje. Phillip Seymour Hoffmann generaba una versión de sí mismo que se amalgamaba con la versión de cada uno de sus personajes y no resultaba parecerse a ninguno de los dos y sin embargo por entremedio de esta mezcla se dejaban entrever destellos de emoción que no eran ni de uno ni de otro, sino…algo más. Esto es particularmetne patente en Capote, pero está ahí incluso en los más menores de sus roles (véase el casi-cameo como Lester Bangs en Almost Famous. Lester Bangs no era para nada así, y ahí está Hoffman haciéndolo funcionar para la película).

La primera vez que lo vi fue en Magnolia. Aunque claro, lo había visto en Scent of a Woman, sin darme cuenta, como tantos. Por alguna ignominia del destino me tuve que repetir Scent of a Woman post 1999 y ¡bam! ahí estaba Phillip Seymour Hoffman, como uno de los tres inculpados que querían usar a Chris O’Donell como chivo expiatorio. Y Scent of a Woman fue un poco mejor gracias a eso.

Para todo lo demoledora que es su actuación en Capote, mi película favorita de Phillip Seymour Hoffman (que está en varias de mis favoritas, antes de Magnolia hubo Boogie Nights, que es una de mis regalonas de PTA) es Before the Devil Knows You’re Dead. La última película de Sidney Lumet, que es una joya y un testamento al trabajo y la trayectoria de Lumet además, es un thriller de esos que antes crecían en los árboles y ahora nadie sabe adónde se fueron. Hoffman, un corredor de propiedades, organiza un robo desesperado a una joyería para pagar deudas y salvar la miseria mediocre que lleva por vida. Ha de ser un golpe fácil, porque él y su cómplice (su hermano, que lleva años cogiéndose a su esposa, por lo demás) conocen la joyería al revés y al derecho: es la de sus padres. Naturalmente, todo empieza por salir mal y se pone peor y Hoffman lleva el peso de la película como si nada – familia, negocios, y pasiones de un hombre tan menor que nos genera empatía y desprecio a la vez – y es un gusto verlo en cada escena. Por si faltaran motivos para verla, Albert  Finney está perfecto también, y Marisa Tomei rompe el lente cada vez que el lente la enfoca.

Cuando estrenaron Before, dos de mis escritores de cómics favoritos la estaban viendo juntos. Cuenta Matt Fraction que, en medio de la oscuridad del cine, tras la secuencia de inicio, giró para verlo a Ed Brubaker, que había girado para verlo a él y ponerle cara de “esta weá no puede ser TAN buena”. Con ese referente fue que la bajé y la ví, el 2011 cuando murió Sidney Lumet. Me acuerdo que le conté a Joey que, a modo de tributo, había visto una de Lumet.

– ¿Cuál?

– Before the devil knows you’re…

– Es TAN buena.

Con los años, de todas las veces que coincidimos en un gusto u opinión con Jo, siempre vuelvo al enfásis feliz que le dio a ese “TAN”. Nunca más dijimos nada sobre la película, lo que es raro en nosotros, pero quizás era porque estaba todo dicho en esa frase. Su enfásis fue el que uno le da a una obra completa en sí misma, sobre la que no es necesario agregar nada, porque la sola exposición basta para conectar las experiencias en torno a ella. Así, en dos idiomas distintos, en dos momentos quebrados, diferidos, y aparentemente inconexos, sentí que lo que nos había pasado a Fraction y a Brubaker, a Joey y a mí, era esencialmente lo mismo. El talento, el arte, el fruto de una disciplina que le da forma a las aptitudes naturales de personas excepcionales es así. Nos une y nos hace más humanos y menos jugadores de Candy Crush Saga. Toda la filmografía de Phillip Seymour Hoffman es así. Lo voy a echar de menos.

 

 

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