her (2013)

Vivir es un acto de equilibrismo. Día a día caminamos simultáneamente por infinitas cuerdas flojas, debatiéndonos entre lo trivial y lo profundo, lo insolito y lo cotidiano, lo que nos gusta y lo que nos hace engordar. De todas las líneas, la más relevante de la vida posposmoderna, siento, es aquella que divide al cinismo de la ingenuidad. Dos precipios gigantes: de un lado el pozo de los que no sienten y viven en la abulia; del otro el abismo de los jugadores compulsivos de Candy Crush Saga. Hollywood, como los creadores de Candy Crush Saga, tiene por demográfico favorito a las personas que están más dispuestas a entretenerse con premisas poco creíbles, siempre y cuando vengan con los actores correctos, los colores justos, y la convicción de que todo final debe ser feliz, porque eso tiene que ser lo que separa la realidad de la ficción ¿verdad? Cada tanto hay películas que se hacen cargo del otro lado de la ecuación y todo es terrible y todo da lo mismo porque el universo es atrozmente indiferente. Kubrick dijo eso, y en todas sus películas está presente. Ahora bien, lo más más más más escaso son, precisamente, las películas que caminan por la cuerda floja con gracia y elegancia, sin perder el aplomo. Es un balance difícil, como un paso de baile ejecutado a la perfección en medio de la calle. ¿Y saben quién anda por la calle avanzando a pasos de baile? Spike Jonze, director de her, la película que nos convoca hoy, queridos hermanos.

her sigue, en un futuro cercano, a Theodor Twombly, redactor de un servicio de cartas escritas a mano para desconocidos. En este futuro cercano, uno paga a una compañía para que esta confeccione cartas perfectamente bien escritas y se las envíe a sus seres queridos. Theodor está separado desde hace un año de su señora y se encuentra enfrentando el umbral de firmar los papeles de divorcio. En el limbo de la separación y el divorcio, Theodor, un hombre con el corazón aún descompuesto, se siente más olo que nadie y su búsqueda lo lleva a probar un nuevo sistema operativo, el que va evolucionando al punto de enamorarlo y enamorarse de él.

Es una película sobre un hombre que se enamora de su sistema operativo. Y sin embargo. . .

Y sin embargo, Joaquin Phoenix, que está en todas las escenas de la película, lo hace a la perfección. Y esta vez no lo nominaron al Oscar. Al Oscar que había que darle por The Master. No importa, Joaquin, todos sabemos que te lo van a dar por hacer de Doc Sportello en Inherent Vice. Y capaz que Thomas Pynchon te invite a conocerlo. Y eso es mejor que un premio de cualquier academia. Aún así: acá está notable, sobrio y eficiente, en un rol que se podía haber prestado para exceso de melancolía. Esta misma película con Nicholas Cage habría sido un paaarto.

Pero no lo es. La soledad, el conformismo, y la condición posposmo llevan la película con un buen ritmo, y también con la cuota justa de elegancia para no saturar al espectador. Detalles como la relación con la música versus la fotografía o la evolución natural de una inteligencia artificial pasan por el fondo y Jones se niega a perseguirlos o sobre-explotarlos y está tan bien que así sea.

Hay ciertas elecciones, en fotografía y música que me molestan personalmente, pero que son buenas para la película. La saturación de tonos pastel y la música igual de diluída de Arcade Fire le dan, en efecto, un tono muy iFamiliar a la peli. Y para usar la inteligencia artificial como escenario a la hora de explorar la soledad y la desazón del desamor humano no se pueden usar colores muy primarios e intimidantes. En un mundo donde todo es suave y sin ángulos, son las emociones de los personajes las que cortan, hieren, e impulsan realmente la película.

Finalmente, el triunfo de her está en trascender tanto a la ingenuidad de los finales felices como el cinismo de la desazón intelectual. Una película con una premisa del tipo “hombre se enamora de su sistema operativo” bien podría haber sido una de las de Jerry Lewis, o una del acoso dirigida por un clon de Fincher. Pero no lo es. Spike Jonze camina y hace piruetas por la cuerda floja, con una gracia que da gusto. Como una versión menos agonizante de Eternal Sunshine, her tiene un reparto secundario impecable, que hace justo lo que tiene que hacer con la profundidad precisa. Olivia Wilde, Chris Pratt y el rubio que es una suerte de cruza entre Woody Harrelson y Aaron Eckhart, todos aparecen con el suficiente volumen para profundizar la historia y se retiran en el momento justo. Y Amy Adams…

 

Amy Adams es, por estos días, una de esas actrices que desnivelan el terreno. Como Jane Greer o Rita Hayworth, de esas que con su sola presencia en escena cambian el volumen y masa de los elementos de un plano. Cruzo los dedos para que pueda elegir papeles buenos, porque hace mucho que no veía a una actriz principal hacer tanto con tan poco.

her está bien dirigida, bien actuada y, por si fuera poco, es ambiciosa y no defrauda. Al mismo tiempo es sencilla y contenida, y ahí está su mayor fortaleza, en la intimidad que se filtra tras sus temas. No propone soluciones simplonas ni intenta predicar; tan solo construye un mundo entero para terminar con una mirada al atardecer. A veces requerimos del extrañamiento de la distancia y la virtualidad para volver a las raíces más evidentes y necesarias de lo humano. Ahí está her, mostrando el camino.

 

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