Tres Años

EL AMOR DURA TRES AÑOS.

 

Entre pequeñas ampolletas, el afiche de la película me saludó durante toda la semana pasada. Al lado del hotel había un cine (que estaba debajo de un edificio de departamentos!) y en la cartelera, la que más llamaba la atención era la película francesa aquella, al menos por su título categórico, medio de autoayuda inspiracional, medio derrotista. Había una con Steve Coogan en el cartel del al lado.

Tres años. ¿Dónde estaba yo hace tres años?

 

Hoy tuve un día de esos que parecen pauteados. O al menos veinte minutos francamente televisivos. En el curso de veinte minutos me encontré casualmente con tres personas y una residencia del pasado. Conocidos de universidad, la casa de una muchacha con la que salía, una colega perdida en el tiempo. Toda gente y espacios terminados, como de fin de ciclo. El conocido era amigo bien querido de personas con las que ya no hablo, con la muchacha de la casa no tenemos nada de qué hablar, con la colega hay un respeto intermitente. Y todos los encuentros fueron gratos, animados por la seguridad de que eso es el pasado. Cuando un espacio ha encontrado su lugar en el tiempo, se puede visitar con más tranquilidad y en paz, sin miedos ni sorpresas repentinas. Lo mismo pasa con algunas personas.

 

Como mi cédula de identidad está por expirar, viajé con pasaporte. Me habían dicho que podía tener problemas en el paso a Argentina con un carnet que estuviera por expirar en menos de seis meses. Al mío le quedan tres semanas. Así es que salió bien timbrado el ejemplar. Salida Chile, Entrada Uruguay, Salida Uruguay, Entrada Argentina, Salida Argentina, Entrada Uruguay, Salida Uruguay, Entrada Chile. La primera salida Uruguay quedó sin timbre eso sí. La chica que hacía emigración en el puerto fluvial de Buenos Aires se dio cuenta.

-Decíle a mi compañero uruguayo, de la cabina 8, que te timbre esto, por favor – y movió la cabeza negando, como si esta no fuera la primera vez que la República Oriental le generaba trabajo de más.

Listo. En nada llegó el timbre. En otra hoja, lejos de los demás timbres. Todo se hace distinto en la República Oriental. El muchacho de la cabina 8 abrió el pasaporte y puso su sello rápido en la hoja que encontró con un solo sello. El sello de ingreso a Chile de vuelta de Washington. Veintirés de Enero de 2011. Tres años atrás.

 

Tres años atrás yo volvía aporreado icáricamente, sin tener mucha idea de nada de lo que iba a ser de mí. Me habían colapsado dos proyectos grandes y todo me daba vueltas. Sin beca, sin estudios, sin amanteamada, el entrenamiento de tres años de depresión una década atrás era lo único que me mantenía con la cabeza sobre los hombros. En vez de preocuparme por todo, me preocupaba por nada. This too shall pass.

En retrospectiva, claro, pasó. Pero pasó hace poco. Pasó hace una hora, cuando me encontré con estos personajes, cuando caminé por esos barrios. Pasó cuando, mientras me encontraba con esos personajes, me llegó un mensaje de un amigo nuevo, confirmándome que mañana jugamos a la pelota por primera vez. Pasó cuando me llegó una notificación de foto recibida vía Instagram. Pasó.

 

Hoy en la tarde pensaba en estos tres años y justo, empezando a cerrar Copacabana, Barry Manilow cantó “Don’t fall in love”, muy convencido. Al instante, spotify pasó a I Can’t Smile Without You y la contradicción de los términos me sacó una carcajada. Tres palabras para eso de que el amor dura tres años: Fuck. That. Shit.

 

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