Voz Propia: Sherlock Series 3

Ver la tercera temporada del Sherlock de la BBC fue parecido a ser hincha de la U en los 80s: sentarse a ver colores conocidos y queridos sufrir afrentas, alegrarse con los chispazos de buena técnica, salir la mayoría de las veces derrotado, hacer acopio de la esperanza de que el próximo sería mejor. Así, el fixture del campeonato quedó de la siguiente forma:

The Empty Hearse – Disperso, perdido e irreconocible; el capítulo escrito por Mark Gattis sufre con la peor dirección de la serie completa. La falta de un eje y enfoque claro hace que la hora y media se sienta tortuosamente larga. Gattis es un escritor más que competente, pero lo es sobre todo cuando trabaja con simpleza. Mal comienzo para la serie. El caso que se resuelve es insignificante y los personajes no consiguen desarrollarse, porque no tienen tiempo ni oportunidad. Más encima, cuando lo hacen, sus voces parecen algo perdidas o desafinadas.

The Sign of Three – Aquí al menos la serie asume su dispersión y el capítulo utiliza el marco de la boda de Watson, el capítulo aparece como una antología de pequeños misterios resueltos por el detective y su amigo. Escribe Stephen Thompson, quien, siguiendo el dictado de Gattis y Stephen Moffat, le sigue inyectando a la serie un aire de universo compacto (¿Qué hacía Lestrade en el matrimonio de Watson?). Con este capítulo empiezan a quedar claros ciertos patrones de problemas en Sherlock, quizás el más claro siendo el tono de fan-fiction que ha tomado el programa. Como Doctor Who, la otra serie a cargo de Moffat, Sherlock parece más preocupada de rendir hacia las expectativas de la continuidad o lo que el público espera de ellos que de contar una historia que sea coherente con sí misma. Los diálogos siguen sonando medio desafinados, y se abusa del recurso de las secuencias explicativas. La dirección está un poco mejor, pero seguimos con las transiciones infernales, como de niño aprendiendo a usar After Effects.

His Last Vow – ¡CHA – RAN! Como si todo fuera parte de un plan elaborado, el mejor episodio de la serie es el último y lo escribe su showrunner, Stephen Moffat. Mientras lo veía pensaba si acaso no sería todo a propósito: comenzar con capítulos malos pero pensados para complacer al público y rematar con un buen capítulo, dar dos pasos atrás para que el salto hacia adelante se viera más efectivo. Así de notoria es la diferencia entre esta capítulo y el resto.

Hay muchas cosas buenas en Last Vow. La primera y más notoria es LARS MIKKELESEN (Troels Hartamann en Forbrydelsen!!!) como el villano invitado. Es un buen rol, un buen villano invitado; y Mikkelsen lo ejecuta a la perfección. Y en inglés es bastante más intimidante que en danés. Tener un personaje así de poderoso enfoca la acción. No importa que el chantaje original quede en el olvido a mitad de camino, porque la acción es más interesante, poderosa y tiene un denominador común que la empuja, cosa que no existía (o era muuuuy débil) en los dos capítulos anteriores. Martin Freeman es un actor impresionante, y si desde el primer capítulo de la primera serie de Sherlock que se ganó un lugar como el mejor Watson de la historia, en este capítulo ya llega a otros niveles. Hay un gesto en una escena en particular que, de todo el episodio, me hizo saltar lágrimas de lo puro bien actuado. Drama de verdad.

En contrapunto, hay harto melodrama, de nuevo musha explicación con efectos, como si Sherlock Holmes necesitara de un público tonto para ser él más inteligente. Pero aún en los momentos de melodrama se sienten los personajes más genuinos. Tienen tiempo para expresarse, y para decir cosas que no avanzan la historia, pero los desarrollan a ellos. Sherlock y Mycroft; John y Mary; Sherlock y Mary; Sherlock y John, y así. Hay menos de la pandillita con Lestrade y Molly y eso le hace bien a la serie. Pasan cosas, y el final es bien implausible, pero más por la reacción de Mycroft que por la aparición del personaje que promete entretenernos en la cuarta temporada.

LA VOZ PROPIA

Los mejores momentos de His Last Vow, y los mejores momentos de la Serie 3 de Sherlock llegaron cuando esta se hizo cargo de sus personajes. La serie puede estar plagada de referencias al material original (hay un diálogo en una casa vacía, una línes sobre irse a Sussex a criar abejas, etc., etc.) pero lo mejor es cuando Sherlock deja de pisarle la cola tanto no tanto de Conan Doyle como de la idea de que la serie es una adaptación. Los dos primeros capítulos abusan de la posmodernización; y en su intento por ser posmodernos terminan siendo un estofado de nada. En su intento de ser originales terminan señalando precisamente cuánto le deben al material original. En His Last Vow, en cambio, hay unidad y coherencia. Llega a dar rabia lo preciso de Aristóteles, pero hey, unidad de acción, tiempo y lugar (y de personaje) y de ahí recién empecemos a pensar en hacer transiciones entretenidas entre escena y escena.
Para hacer buena televisión, para contar bien historias, lo más importante es tener una voz propia. Tarjemos ese “bien”. La calidad pasa a segundo plano, no es el rol del narrador juzgador su obra. Pero para tener un mínimo de relevancia, la historia tiene que venir en un tono personal, distinto, único. Y claro, la única forma de asegurarse de que algo sea único es…bueno, hacerlo uno mismo. Nadie puede contar las historias como las cuentas tú; y si te la vas a pasar intentando contarlas como alguien más va a quedar una criatura amorfa, que no es ni un buen relato del autor original ni un buen relato tuyo. Una especie Gremlin alimentado después de las 12. La tele está llena de estos. Y Sherlock se distinguía, generalmente, por destacar en eso, en sus momentos originales. El genio, por ejemplo, del Moriarty de Sherlock no está en cuánto se parece o en todo lo distinto que es del original. Su genio radica en lo impresionante que es en el universo televisivo; en que nos hace pensar que da lo mismo que se aleje del original, porque este es tanto pero tanto mejor. Pasa, en medida bien menor, con el personaje de Mikkelsen en el más reciente final de temporada.

Como con la U de los 80s, Sherlock se las ha ingeniado para mostrar, bien cerca del final, que todavía le queda chispa, que hay esperanzas. No fue una buena campaña, pero cuando la dábamos por descendida logró anotarse un par de puntos para, por lo menos, darnos el suficiente empuje para que cuando llegue el día del inicio de la cuarta temporada estemos ahí, alentando e hinchando para que a Gattis y Moffat se les haya pasado este afán de complacer a todo el mundo y hagan lo que saben hacer mejor. Que, hasta hace poco, era contar historias.

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