Bichitos.

Si yo fuera el degenerado del aeropuerto, sería el degenerado que se excita con la forma en que ciertas mujeres pronuncian la letra “i”.

 

 

– Ché, si seguís así te vamos a contratar para que los salves a todo.

 

La guardia de seguridad me miraba con cara de aprobación. No a mí, sino al que hubiera pasado el último minuto intentando una y otra vez dar vuelta al pobre bicho.

– Pobres bichos. Ni idea qué son. Algún tipo de cacarullo. Llegaron ayer, por montones, y se han ido muriendo así. Ayer intenté salvar como a veinte, pero se pegaban cabezazos contra el vidrio, se daban vuelta.

– ¿Habrán venido a morir?

Porque si yo fuera una especie de cucaracha (¿cacarullo?), o un bicho a mitad de camino entre la cucaracha y el escarabajo, sin alas pero con seis patas, probablemente elegiría el aeropuerto para irme a morir. Suicidio colectivo con poesía y sueños de fuga. Quizás los cacarullos estos peregrinan como salmones para reproducirse y morir mirando el cielo y la pista de despegue (la muerte: un despegue más que un aterrizaje se llama el libro de autoayuda de los cacarullos). Pero la guardia de seguridad parecía utilizar la reacción de la gente ante los bichitos estos como la vara de medida para la moralidad de los pasajeros en tránsitos. Me habló de la “gente mala” que aplastaba a los escarabajos medio muertos, me contó de su trabajo, de las leyes que impiden que los perros caminen por el aeropuerto de Carrasco y que hacen que a veces le toque a ella pedirle a los dueños que lleven sus perros en brazos, porque de lo contrario tiene que intervenir la policía.

– Imaginate, el otro día andaba un degenerado por acá. Lo detuvieron y soltaron de inmediato. Pero a una señora con un perro…uff.

Y yo, que estaba muy asombrado de haber sido enjuiciado por esta señora y estimado una buena persona, no me atreví a preguntarle qué tipo de perversión era la marca del degenerado este. Algo en el lenguaje corporal de la mujer me decía que era un pedófilo, pero relamí el pensamiento de algún tipo de fetiche especial. Algo que involucrara a las chicas del counter, o a las ropas en las maletas ajenas.

La verdad solo pensé lo de las maletas, lo de las chicas del counter se me salió como excusa para mencionar a la chica del counter de hoy. Que era bien bonita, pero era más bonito como hablaba. En español del Río de la Plata, pero de algún lugar del interior de Uruguay, con un ciclo de entonación cortito, en cada frase levantaba y bajaba la voz, como arabescos azules en un jarrón de porcelana. Y con unas “i” delicadísimas, cristalinas.

Si yo fuera el degenerado del aeropuerto, sería el degenerado que se excita con la forma en que ciertas mujeres pronuncian la letra “i”. Y no solo en el aeropuerto. Me acuerdo perfectamente de la forma en que suenan las i’s de las mujeres más importantes de mi vida, y es la irreproductibilidad de estas una de las cosas que más añoranzas me traen. Por ejemplo, las i’s de Katty que recuerdo son las i’s de la mañana, de escucharla cantar en la mañana mientras yo aún no me decidía ni a prender el sistema operativo personal. De Jo me acuerdo de todas, todas las i’s: las gritadas, las susurradas, las extremadamente agudas y las que se retraían al pensar que, en efecto, estábamos hablando muy fuerte en un lugar público. Y Jo dice “liiiiindo”, lo que es como que me hagan cariño en la crisma. Otro de los puntos que me desarman.

 

Crisma es una palabra bien fea. Pero cuando me hacen cariño ahí puedo firmar cheques en blanco, ronrronear, y siento un alivio existencial como el que creo que sienten todos los juguetes que se desarmaban cuando uno les apretaba el botón de desarme. Como una existencia justificada o una vida con sentido.

 

 

 

Me había chequeado para volver a Santiago y con dos horas por delante, subí a conocer el tercer piso del aeropuerto de Carrasco; que es una especie de observatorio, donde uno puede sentarse a ver los aviones partir y llegar, como el balcón que Pudahuel tenía en los 80s, pero cerrado, sin ruidos estridentes, y con muchas plantas y pequeños árboles. Tiene también una réplica de un planeador, que es hermosa en su pura ingeniería, y un rincón que las hace de sinopsis del museo de la aviación. Como no quería ir de inmediato a ese rincón, partí al otro extremo. Ahí, al bajar una pequeña escalera, me fijé que se delizaba por la canaleta del costado de esta un bicho pequeño, como un escarabajo quizás, pero más flaco. Pataleaba, como intentando darse vuelta. A menudo estas cosas no me importan mucho, pero estaba terminando la segunda parte (de tres) de mis vacaciones y había pensado las suficientes cosas en los días anteriores como para querer darle una vuelta al año y a ciertas actitudes. Así es que saqué mi pasaporte y empecé a intentar ayudarlo a darse vuelta. Fue un gesto consciente, forzado por la voluntad de querer hacer las cosas de una forma distinta, mejor, si es que tal cosa existe. Lo intenté un par de veces, pero finalmente, cuando conseguí darlo vuelta, el bicho ya no pataleaba. En eso escuché una voz detrás mío.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: