Adiós Montevideo. Como addenda al post de ayer diré que le terminé escribiendo a Natalia Mardero, y que me respondió con recomendaciones de libros, que ahora están en mi maleta, como corresponde.

Diré además que uno no debe intentar congeniar la vida de piscina con la escritura porque pueden quedar desastres como las quinientas y tantas palabras que acabo de borrar y que eran mi intento de empalmar mi lectura de “Levels of Life” con el proceso de duelo tras la separación con Joey, con una suerte de intelectualización de todo. Saco la tarjeta de insolación y digo: Usted no lo haga.

Usted no se esconda en el análisis y en la metáfora. Usted enfrente lo que le pasa, hágase cargo. Así sea mirando un atardecer desde una azotea tras leer un libro de Julian Barnes o mirando el techo un domingo por la tarde. Usted atrévase a echar de menos, a andar un poco más con el corazón en la mano, o en la manga, como esa expresión que tanto me gusta. Usted asúmase.

Yo trato.

Mañana vuelvo a casa. De viajar pocas cosas me parecen más exhilarantes que volver. Por cosas como esta le compro todo a Joseph Campbell, porque volver a la rutina después de salirse de esta es una de mis emociones/sensaciones/estados-del-ser favoritos. Las cosas se ven con un tris de extrañamiento, y, si la jornada del héroe ha sido exitosa, uno puede apreciarlas en una nueva primera vez, ligeramente transformado. Cómo no va a ser una delicia volver a casa así.

 

-Contrapunto: los viajes de separación, que son un puto paseo por el inframundo. Aunque el pasaje diga “casa”. Me acuerdo de Washington el 2011. De salir sin tener idea de nada, de haber fallado en todo lo importante, en lo realmente importante y de estar, sin saberlo, yendo derechito a la noche más oscura del alma.

Mañana vuelvo a casa. Me esperan el departamento vacío, los libros a reunirse con los volúmenes nuevos. Me espera una carta que va a tomar un par de semanas escribir, y un par de decisiones tomadas por implementar.Con el auspicio de Virutex.

Buenos Aires estuvo lleno de fantasmas y apariciones. Más literal de lo que uno podría pensar: me cruce con dos igualitos a personas que murieron en los últimos años. Busqué a pulso las calles que recorrí las últimas vez que estuve por ahí y terminé circúndandolas sin llegar exactamente. Así fui a dar con el libro de Barnes.

Punta del Este resultó ser bastante menos aburrido de lo que pensaba. Aún así, basta con una línea.

A Montevideo lo voy a echar más de menos, pero tampoco tanto porque es un lugar donde podría quedarme. Y todavía no es hora para decir “me quedo”.

Dos mil catorce va a ser un año interesante. Ya lo es.

 

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