Lo jóvenes que éramos – Posmonauta (ed 2010) y La Azotea (ed2010).

Fernanda Trías y Natalia Mardero son uruguayas. Las dos nacieron en 1975. Las dos publicaron en 2001. Las dos vieron sus libros re-editados en 2010. Los dos libros figuraban en mi velador para llevármelos al día de playa. Leí la intro del de Mardero. En ella, mira con nostalgia a los microcuentos que componen Posmonauta. Cuenta de cómo se lee en ellos y se reconoce como la persona que fue….

“Hay algo de esa post-adolescente que ya no está. Creció. Es más sarcástica, más astuta, y menos inocente. Como escritora hoy prefiero cuidar las palabras, las formas, y no detenerme en lo anecdótico”.

Antes dice:

“Pero crecer tiene un costado complicado y menos festivo”.

Y con eso me bastó para abrazar al libro como si la abrazara a ella por extensión. Nos entendmos, Natalia, pero este día necesito leer algo de alguien con quien esté en menos sintonía o al menos tuviera la oportunidad de no estarlo. Así es que me llevé.

La Azotea (2010) – Fernanda Trías.

Claustrofóbica, terrible, de una lentitud que compensa su brevedad y un espesor exquisito. Así es “La Azotea” la novela debut de Fernanda Trías, que tuvo buena recepción en su primera edición en 2001. Nueve años después Trías la revisita, añadiendo y sacando, puliendo con la ansiedad con la que se repasan los trabajos de este tipo. Independiente del barniz que le pueda haber aplicado, se aprecia la solidez de la obra desde sus bloques fundamentales. La historia de una mujer que se va hundiendo en una esquizofrenia que la va cortando espacio y visión del mundo de forma kafkiana. Kafka, Cheever, Carver: todos los buenos salen a decir hola en el estilo de Trías. Sobria, poderosamente sobria – y en especial para una primera novela – tiene las virtudes del oficio de años. Claro, hay momentos y episodios en los que patina, pero siempre sale bien parada. Es bien terrible, La Azotea, pero terrible como un trago de ese licor de alto grado alcohólico y origen herbal que tanto, tanto nos gusta.

Me duró el viaje de ida y el de vuelta “La Azotea”. Ciento cincuenta páginas. Cincuenta más y deberían venderlo en una promo con arsénico. Pero tiene el largo justo.

Al día siguiente tenía otro viaje, más urbano ahora, así es que le tocaba, finalmente, a Mardero. Sin importar que iba a viajar en barcaza, me llevé el libro de la editorial con un naufragio por logo. Peachy Keen.

Posmonauta (2010) – Natalia Mardero.

Primero que todo: qué título. Ya me lo quisiera yo y cuando, hace un año, estaba haciendo la lista de Nautas posibles (Cosmo, astro, oneiro, crono, argo, psico, etc, etc), ni pensé en Posmo. Me pasa eso con la mayoría de los relatos de Mardero, como que vivimos a media frecuencia de distancia. La leo y sus ocurrencias me parecen ingeniosas porque están medio pulso más abajo o medio puslo más arriba de lo que yo habría hecho. Los cuarenta y cuatro microrelatos que componen Posmonauta tienen mucho aire de ensayo, de prueba y error, pero el porcentaje de éxito es sorprendetemente alto. Mardero se tiende a perder en algunas experimentaciones, pero todas y cada una de las veces que logra la base comienzo-desarrollo-final es tremenda. Y tiene anécdotas que no se olvidan nunca. Como la “Diana Vive”, de la que no puedo decir nada por miedo a arruinarla. Posmo, Mardero se posiciona desde la otra esquina narrativa en relación a Trías. Las dos hacen muy bien lo suyo, pero donde La Azotea estudia pausada e hiladamente un sentimiento, Posmonauta avanza a destellos geniales, moviéndose entre referencias pop, pero siempre con los pies bien plantados en el pavimiento citadino.

Lo jóvenes que éramos cuando éramos los jóvenes que éramos

“Mardero se tiende a perder” dije. “Mardero se tendía a perder”, mejor. Seguro que ya no escribe así, que ya no podría escribir así. Lo mismo con Fernanda Trías (en Posmonauta hay un cuento que se llama “Superstar” en el que entrevistan a una estrella del pop mundial, uruguaya, de iniciales F.T., coincidentemene). ¿Dónde estábamos diez años atrás? ¿Qué cosas escribíamos a los veinticinco? Como en todo orden de cosas, en la artesanía del escribir solo se avanza con práctica, práctica y más práctica. Es en la práctica que nos damos cuenta de las cosas que hacemos mal; es en la práctica que descubrimos nuevas cosas que probar, espacios abiertos para intentar y fracasar, y fracasar mejor. Beckett la tenía clara. Los jóvenes suelen no tenerla tanto. Quizás por eso el ejercicio de Mardero y Trías de volver a los viejos textos es particularmente valioso y se palpa en el texto, editado como quien tiene que trabajar demasiado con la propia voz: luchando siempre con esos momentos de incomodidad en que uno tiene que escucharse a sí mismo.

La introducción a la nueva edición de Posmonauta es tan cristalina en su sinceridad que conmueve. Hace que den ganas de conocer a la autora. Se lee sin hipocresías ni ínfulas. Me gusta. Son buenos los textos de ambas y se los recomendaría casi a cualquiera; pero me encuentro volviendo a ese proceso de nostalgia en esa primera página. Y vuelvo a abrazar el libro.

 

 

 

 

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