Buscándola a Idea

“La culpa la tiene la Leila”, pienso y sigo caminando. El 2258 no aparece por ningún lado.

Un mes y medio atrás yo figuraba leyendo las semblanzas de Plano Americano, en respetuoso orden: primero Parra (ni tan buena, pero daba cuenta del estilo de la autora), después Fogwill (interesantísimo por peso específico) ; y leía la historia de Idea Vilariño, poeta insigne del Uruguay cuando llegué a la parte en que, a fragmentos, se va develando/tratando su relación con Juan Carlos Onetti. Me acordé de una entrevista que le había leído no hacía tanto a la misma Leila Guerriero:

“Puedes pasarte un año entrevistando a una persona y que nunca te confiese que tiene una amante. Esto cambia las cosas. No es lo mismo una persona con un amor tremendo oculto que una persona sin ese amor.”

Y el eco de esas líneas y de esa historia la estoy sintiendo hasta hoy, un mes y medio después. Pienso en las antipáticas primeras impresiones que dejo en la gente, y en que, cuando se revierten, lo hacen de las maneras más drásticas. El momento en que el otro reconoce en uno algo en común. El momento en que uno reconoce al otro como un par, como un uno. Esto cambia las cosas. Saber que el otro es capaz de un amor tremendo. Lo olemos en el otro, por eso nos atraen tanto las intensidades; por eso, con el pasar de los años, cada vez me interesan menos las personas que están ahí, en el medio cómodo. Cuando se atrofia la capacidad de experiencia se pierde lo más interesante del espíritu hunano; se cierra el ángulo de apreciación de la realidad y quedan esas personas desabridas como la filmografía de la Jennifer Anniston.
Pero volvamos a Uruguay. O a Santiago-Montevideo.

En Santiago, cuando salió la opción de viajar y con ello un número de destinos posibles, la idea de dejar la ciudad en la que me había encerrado durante un año tomó del todo forma cuando apareció Montevideo en mi cabeza. Lo supe nomás, como se saben los caminos que llevan a la resolución, con premura e intensidad. Montevideo era.

El sábado antes de venirme procuré rastrear qué lugares ni tan turísticos podía conocer. Más que ir a tomarme fotos en las letras gigantes del nombre de una ciudad, me seduce la idea de caminar por las calles que vieron aparecer las grandes ideas, las esquinas de los desencuentros famosos. Tratar de respirar el polvo en suspensión que queda de la erosión del tiempo sobre nosotros. Me devolví veintidós personajes dentro Plano Americano para llegar a lo que sabía, a lo que siempre supe que quería llegar.

A Durazno 2258.

Cuenta Guerriero que fue en la casa de calle Durazno donde Idea Vilariño pasó por los peores momentos de su eczema. Cuenta también que fui ahí donde vivió los momentos más intensos de su romance con Onetti. Se encerraban por días, a espaldas de la primera esposa, con la venia de la segunda, a ser amantes. A hacer el amor, y pelear, y leer, e intentar escribir el uno junto al otro; pero por sobre todo lo que para mucha gente era más un romance para la biografía que para la historia, pero que la historia y las biografías coinciden en marcar como un amor tremendo. Ni tan oculto, pero oculto.

Mi hotel está a unas trece cuadras de Durazno. Hoy me levanté temprano y partí para allá, sin mucha idea de lo que iba a encontrar, pero con toda la idea de lo que iba a buscar. El Veintidós Cincuenta y Ocho. La casa de Idea por esos años. Bordée el Parque Rodó, busqué la esquina que Google Maps le asigna al número dado (la esquina con Blanes) y caminé, con la emoción de quien sube una escalera con la certeza de que va a camino a una abducción extraterrestre, rumbo al encuentro de la epifanía.

No estaba.

No había 2258 en la esquina de Durazno y Blaines. Pero qué más daba, ahí estaba el 2052, sería cosa de caminar en la dirección justa y correcta. Un pie delante del otro, el corazón saltándose un par de pulsos. Como un amante al encuentro de la amada, mirando a los dos lados en medio de la calle, no vaya a ser cosa de que el secreto se desparrame, se haga público y sucumba. Como estar enamorado de una mujer a quien uno cree que nadie más ama por las misma razones y con la misma intensidad: un celo descomedido apaga todas las luces y deja solo el brillo en la oscuridad, en un ángulo preciso e irrepetible de la oscuridad, de la persona amada. Así caminaba yo por Durazno, siguiendo los números: veinte cincuenta y dos, veinte cincuenta y cuatro, veinte cincuenta y seis, veinte cincuenta y seis (bis), viente cincuenta y ocho. De fondo, se aparecía Bulevar España, cortando la calle, cambiándole el nombre, marcando el fin. Los números avanzaban lento y, estaba claro, no iban a llegar al 2258. Y así fue.

Partí para el otro lado, recorrí Durazno completa, a paso ya más lento, más de freno. Del otro extremo del viaje iba a estar la desesperanza. Entremedio, descubrí que las perpendiculares habían sufrido una renumeración hacía algunos años. Varias casas y negocios ostentaban un cartelito del tipo “ex 1892”. Quizás eso era…

Así fue como recorrí de principio a fin la calle Durazno, en Montevideo, deteniéndome en cada casa, pensando cada esquina. En algunas, Idea era una mujer muy sofisticada, vestía una boa propia de fines de los 40, fumaba en Boquilla, Onetti llegaba de suspensores, cansado, feliz, rabioso; en otras casas, Idea vivía con  la frugalidad de una poeta que sabe que con lo justo está bien, la frugalidad de una mujer llamada “Idea”; en esas casas no veía llegar a Onetti, este ya estaba adentro, retozando en la cama, mirando el techo, postcoital. Durazno se llenó de hipotéticas Ideas, variantes, aspectos, ninguna la original. Todas con la mirada profunda y la nariz dominante, sí.

Llegué a Durazno y Convención y, como reza la canción, ahí muere la calle, sin saberlo. Me habría equivocado, Leila Guerriero habría dado mal el dato; quizás esas cosas que hacen algunos periodistas de modificar ligeramente algunos datos. No sé. Pero me esperaba una ciudad por conocer, librerías por recorrer y algunos autores jóvenes uruguayos por leer. Así es que seguí mi camino.

En la primere librería que entré me esperaba Idea. Muy de joven, muy linda. Más de ojos que de nariz, mirando por sobre el hombro derecho. Su Diario de Juventud estaba de pie, coronando una pila de libros. Fue lo primero que compré, no sin antes hojearlo obsesivamente, en busca de un “Durazno 1958”, “Durazno 2058”, Durazno algo. Ay, Durazno. Me cargan los duraznos, hoy fue el día en que más veces pensé y pronuncié en mi vida la palabrita. Durazno, Durazno, Durazno.

Seguí el día, recorrí la ciudad, pasé de largo por las parte de rigor, coordiné planes para los días que vienen. Ocho horas después, llegué al hotel con más de siete kilómetros caminados, según el mismo Google Maps que me había mandado a la esquina de Durazno y Blanes. Aun así, llegué al computador a buscar cosas como “renumeración calle durazno” y “casa idea vilariño durazno”, y “durazno 2258”. Nada. Recién entonces pensé lo obvio: no había habido renumeración – le habían cambiado el nombre. Busqué.

Después de España, Durazno pasa a llamarse Edil Hugo Prato. Hugo Prato fue alcalde, sí, pero dejó de serlo el 50. O el tipo era muy caradura, o, entonces, el 48 cuando Idea vivía en el 2258, la calle no se llamaba Edil Hugo Prato. Llegué a la mitad de la frase anterior en el lobby del hotel, hacia, ahora sí que sí, Durazno.

Quince minutos después revivía mi búsqueda, pero esta vez sin especulaciones, en picada contra el 2258. Casa, casa, esquina, negocio, casa, casa. A lo lejos, un conjunto de departamentos nuevos. Por favor que no lo hayan vuelto departamentos nuevos. Uf, no. Casa, casa, casa, negocio. Llegué al 2258.

El 2258 de calle Edil Hugo Prato no está inscrito ni tiene placas. Está pintado con stencil en gris oscuro sobre un muro gris claro. El número da a un citófono con los nombres de varias familias. Es un edificio que no es nuevo, pero qué es nuevo en estos días. Si Idea dejó de vivir en esa dirección en los 50s, el edificio este lo habrían podido construir a la mañana siguiente y sería un edificio viejo. Me quedé ahí, mirando el tiempo en las paredes, restauradas del primer piso, en las persianas de madera mohosa del segundo piso. Podría ser un edificio de los 70s. Cuánto tiempo ha pasado.

La casa donde Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti se encerraban a ser amantes, a espaldas de la pimera esposa, con la venia de la segunda, ya no existe. La calle donde quedaba esa casa tiene otro nombre. No queda referencia física ni númerica de que ahí, algún día, dos personas de pasmoso talento creativo vivieron un tremendo amor oculto, ni tan oculto.

Me devolví al hotel caminando.

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