Tras la puerta grande se anticipaba solo oscuridad. Era una puerta de esas grandes, con dos hojas, de esos trozos de madera nueva que no tienen aún mucho que contar. Entré a un cuarto con las dimensiones de un salón de eventos, apenas iluminado por dos luces verduzcas que venían de los letreros de SALIDA. No se escuchaba nada más que el goteo interno de cañerías cercanas. Si el país de los hoteles tiene una intendencia designada para David Lynch, yo acababa de dar con ella.

Me gustan los hoteles. Me gusta su versión aséptica de la hospitalidad. Me gusta la sensación de estar de paso, los encuentros entre sus huéspedes, que también se llaman pasajeros, porque en los hoteles nuestra condición efímera se sincera y quedamos más expuestos al encuentro casual, a saludar a gente por primera y última vez, a encontrarse dedicadamente a la deriva. Y los hoteles tienen ese espacio de estandarización que hace que cada uno de ellos parezca secretamente conectarse con todos los demás.

Escribo esto desde un hotel en Montevideo. Estoy en un barrio que me recuerda mucho a Palermo y a Belgrano y a la zona que los conecta. Al llegar hoy me pilló rápidamente la hora mágica, que tiene más de mágica que el simple truco de la luz. El truco se lo hizo a la memoria y me acordé de Diciembre del 2011, cuando yo volvía de ver El Padrino en el cine, en función de medianoche. Ya clareaba y era, por ende, hora mágica. Las chicas volvían de la fiesta y esa vez me llamó la atención que las argentinas habían empezado a producirse como las gringas para salir. Otro trozo del espacio se había desplazado por acá al Sur. Ese día, que terminó conmigo volviendo a casa a las 5 había empezado treinta y seis horas antes y había empezado a llegar a su ocaso en Ezeiza. El país de los aeropuertos es otro de esos espacios fascinantes. Como puntos de partida, puntos de encuentro, puntos de separación. En los aeropuertos se hacen y se cumplen promesas, pero jamás se rompen. Y sin embargo la mitad de la gente está feliz y la otra mitad triste.

Ni bien llegado acá seguí el ritual de siempre: ordenar el escritorio (computador, libretas, libros), desempacar la ropa, la ducha y una pequeña vuelta por el barrio, que me recuerda mucho a Palermo y a Belgrano, pero que de noche tiene menos vida. Tengo una librería a dos cuadras y tienen buen stock de autores jóvenes uruguayos. Hurray, hurrah. Entré a la pizzería de rigor y como si esto fuera una auténtica cámara oculta me recibió “Last Christmas” de Wham! a todo lo que daban los parlantes del local, una suerte de Johnny Rockets de las pizzas uruguayas. Había una pantalla que prometía tener “Todo el fútbol uruguayo, y del resto del mundo ¡Disfrútelo!” y tenían, en efecto, el futbol del resto del mundo. Llegué al final de los Broncos contra los Chargers. Ganaron los primeros.

De vuelta en el hotel: las redes sociales. La red social, la verdad, porque solo le hago a Instagram por estos días. Aún así, no me siento del todo bien usándola, dado el espíritu de este viaje. Pero aún así, la uso. Es que es linda, Instagram.

Pensaba en la conexión y las distancias, en el mundo de las redes sociales y cómo nos afectan los silencios virtuales y las formas en que construimos una especie de limbo en el que podemos estar así de cerca o tan pero tan lejo y da más o menos lo mismo. No es que tenga mucho de original, es algo en lo que pienso harto y que esconde varias, muchas historias. Algunas ya están escritas y otras vendrán. Pero la cosa es que pensaba en eso y me pegué en los dientes con la siguiente cita de Eco.

“I would say that one of the ethical problems we face today is how to return to silence. And one of the semiotic problems we might consider is the closer study of the function of silence in various aspects of communication, to examine a semiotics of silence.”

¡PLONK!  Fue el ruido que hizo la cita al chocar contra mis dientes.

Las redes sociales nos mantienen con la ilusión de la conexión, como un hilo de Ariadna. Pero el laberinto fue diseñado para que uno se perdiera en él. Y quitarle al laberinto la posibilidad de pérdida absoluta es también negarle la gloria del reencuentro con la salida por los propios medios.

Sigo pensando en el cuarto de la oscuridad total y las dos salidas, como el set de una serie de ciencia ficción británica de nulo presupuesto. Antes de que termine esta semana voy a volver y voy entrar y voy a caminar por el laberinto invisible que está ahí y voy a tomar una de esas dos salidas desde el país de los hoteles.

Mañana: IDEA Y DURAZNO.

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