Epifanías

Me gusta pensar que nevaba cuando María Ester murió. No donde murió, ciertamente, pero sí cuando.

Era un día como hoy, de Reyes. De esos reyes que por alguna razón son importantes en otros lados pero no en Chile. Acá los católicos más devotos parecen hacerse cargo de la epifanía y los comerciantes no han siquiera intentado trasladar las ventas de diciembre a enero. Serán las vacaciones, será el orden establecido.

Me gusta eso de los reyes. De chico, me acuerdo de ver el noticiero y enterarme de que en otros lugares del mundo la gente no se entregaba regalos el 24 de diciembre, sino el 6 de enero. Y me gustó, me gustó mucho. Siempre me han gustado las cosas que nos recuerdan que la vida puede llevarse de una forma distinta.  Son las primeras cosas que nos abren el espacio para vivir la vida más a la pintanuestra, lejos de las convenciones y los reparos automáticos del resto. La vida como un traje a la medida, lo más ceñida a la voluntad, el gusto, o el antojo posible. Pequeña epifanía casera: es posible celebrar lo que nadie cerca tuyo está celebrando.

En los años de universidad hablábamos de “epifanía” para todo. La epifanía de fin de semestre, la epifanía de la mitad de carrera (momento de dejar la carrera), la epifanía del trabajo de investigación perfecto, que siempre se aparece en medio de las sesiones más tortuosas del trabajo de investigación apenas adecuado que uno está por entregar en seis horas más. Quizás sería lo católico de la universidad, pero la epifanía estaba, como el amor de John Paul Young, en el aire. A mí me gustaba, harto. Nada más adolescente que creer en la revelación. “Todas las verdades serán reveladas al final”, solía repetir, con aire profético, mitad para hacerme el señor interesante, mitad como expresión de aburrimiento, mitad invisible para conectar las conversaciones tediosas con algo un poco más grande.

Hablábamos sobre ciertos obituarios, necrológicas y elegías para María Ester. Yo pensaba en Shakespeare y en su Noche de Reyes. Porque María Ester siempre estaba fregando con Shakespeare. Cuando una persona tiene dominio de la bibliografía completa del bardo, queda automáticamente capacitada para hablar de cualquier cosa y sacarlo a colación en cualquier momento, porque, hey, así es Shakespeare. Shakespeare y Blake, para los tiempos más complejos.

Jo me decía que tal elegía era un poco burda. No dijo burda, pero implicó que la metáfora era obvia e hizo un gesto con la cabeza del que no me voy a olvidar nunca. Apuntando invisiblemente a lo obvio, como si la palabra estuviera detrás nuestro. Yo fruncí el ceño, medio confuso, con cara de “¿Shakespeare?”. Y me dijo “No po, Epifanía, como murió el 6…”, con un sutileza y amabilidad para apuntar lo evidente que yo creo que no voy a poder imitar en esta o cinco reencarnaciones más. Joey tiene eso, la suavidad en esos gestos. Otras veces, cuando algo es muy ridículamente obvio, me molesta y se ríe; porque a mí pocas cosas me hacen sentir más en casa que alguien me moleste y se ría de cuando se me va lo ridiculamente obvio. Así, lo evidente, velado, me llega de vuelta envuelto en risa y en mi propio ridículo. Lección aprendida.

Me gusta creer que nevaba ese día.

Con los años dejé de usar epifanía como palabra de enganche para todo. Anagnorisis puede reemplazarla en casi todos los contextos y es más secular, griega, más rebuscada y pedantita. Suena mejor también, la o con acento como una araña que aterriza y las pequeñas i’s como sus patitas desplazándose. Algún día tendré mi momento epifánico en que las arañas me dejarán de dar miedo y me aceptarán como parte de su tribu.

Hablábamos de los discursos fúnebres y hacía frío. No creo que estuviera nevando. Cuando hablamos de los discursos aquellos tuve la sensación del calor que tenía que hacer acá en Santiago. El calor seco que ya me esperaba de vuelta, el peor de mis adversarios. Iban a venir días de incertidumbre, de desplomarse como quien se induce un coma, para así quizás poder levantarse a futuro. El calor me esperaba.

Quizás, siempre que alguien muere está nevando en alguna parte.

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