Polvos

Ayer, mientras Melipilla ardía y el sol se oscurecía un rato contra el humo de tanto incendio junto, figurábamos con amigos en Lonquén preparando pulpo.

-Uno, dos, tres.

Un chileno, un español y un portugués reunidos en tornos a la olla a presión y al ritual de asustar al pulpo: sumergirlo en agua hirviendo una, dos, tres veces para que quede más tierno y sus tentáculos se enrollen un poquito hacia el final. Pulpo crespolino. Después, veinte minutos a presión y estamos. Polvo.

¿Por qué es que las letras de Virus se las ingenian para pasar tan desapercibidas en su contenido? “me balanceo hasta acabar junto a esta mágica adolescente”, “cópula y ensueño” y así. Y estaba esa canción que se llamaba “Polvos de una relación”. Ni siquiera alcanza a ser doble sentido. Es como sentido y medio.

Polvo es la palabra portuguesa para pulpo y en un momento de la tarde de ayer la escena era esta: todo el mundo pelaba algún vegetal y yo estaba sentado a la mesa de cocina leyendo la recta del “Polvo assado”. Más por la curiosidad lingüística que por otra cosa. Me pidieron que la leyera y yo ensayé mi mejor portugués que es el peor portugés. Recordé que la clave para no sonar brasileño es hablar rápido y saltarse las vocales cargando las consonantes. Pero mi entonación es triste. Después, pasaron los veinte minutos y me dediqué a trozar el pulpo.

Querido diario: ayer trocé y seccione un pulpo para que lo comiéramos a la gallega. Mientras separaba cada tentáculo, para luego rebanarlo, pensaba cómo sería si nosotros fuéramos depredados así. Si alguien nos agarrara post-mortem y en vez de ir a parar seis metros bajo tierra o como cenizas en el  aire, terminásemos sobre la mesa de una especie que procediera a cortar cada uno de nuestros miembros, después de habernos hervido y marinado. No pensaba en la crueldad de la caza, sino en la realidad indiferente de la mesa de cocina.

Todavía me sorprendo cantando un par de líneas de Dicha Feliz cuando algo me despierta la felicidad remota de las noticias que se saben pero que aún no alcanzan a impactar. Eso de “que la dicha invade mi felicidad//me estoy sintiendo bien de cuerpo y alma” quedó grabado en mi memoria después de los viajes familiares escuchando discos de Virus. Eran los 80s. El otro día me doblesorprendí cantando “no rompas mi corazón, por vanidad” y tuve que partir a googlear. Es de Lugares Comunes. Ni me acuerdo qué cosas dice Polvos de una Relación.

Cuando llegué a la cabeza del pulpo tuve mi momento de pausa. “No sé si siento dolor//o me aliviás//pero no puedo entender// la realidad”. Un corte simple y la cabeza estaba limpiamente seccionada. Me goteaba grasa de pulpo y parte de su pellejo (¿aplica?) por los dedos. Ubiqué la cabeza de lado sobre la mesa y no pude dejar de ver su cavidad, semi hueca, con algo de materia (¿gris?) aún.

– Me van a tener que diculpar todos los presentes, pero tengo que hacer esto.

Y le metí los dedos al pulpo, en lo que habría podido ser una letra de sentido y medio en un disco de Virus. Pero quería sentirlo, palparlo sin que mediaran los instrumentos. No era particularmente rico, pero no era desagradable. Antes de meter los dedos eso sí pensé que la abertura era del tamaño justo para que hubiera un subgénero pornográfico con estos ejemplares. Ni pienso buscar. Así de seguro estoy de que existe y de que no quiero tener la imagen.

-O polvo, o polvo.

Hoy en la mañana había una capa de polvo de 0,2 milímetros sobre todo: muebles, libros, lámparas, electrodomésticos. Parecía que alguien hubiera estado fumando sobre todo el sillón. Limpié a media máquina, con la dedicación del soltero que es obsesivo con otras cosas, no con la limpieza. Todavía siento el aire ahumado en la ciudad. Ayer en algún momento, mientras espantábamos al pulpo pensé en el Cthulhu y los rituales para llamarlo. Había una especie de granero pequeño, como el del Horror de Dunwich, en casa de mi amigo. Si algo invocamos, fue al dios del polvo, pensé hoy mientras pasaba el paño con algo de desgano.

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