I swear I’d give the whole thing up for you.

When you’re all alone and lonely

in your midnight hour

and you find that your soul

is up for sale

Cierro los ojos y tarareo el uh-uh-uh del coro de Coney Island Baby. Este año que se está yendo se nos fue Lou Reed y si bien vivió harto y bien y más de lo que todos pensamos que viviría, nos dejó con esa sensación de que podría haber sido más. Porque había escrito sobre el último de Kanye, porque hace poco había hecho otro disco que no entendimos, uno más para la colección Pero ya no está y nos dejó al menos con el gusto de haber compartido el mundo con él. Cuando murió me pidieron que escribiera algo sobre él y mi respuesta fue “no puedo. No tengo como asirlo”. Como nunca, me sentí incapaz de aprehender un tema con un esbozo de propiedad. Me habría sentido como un impostor, un escribano de segunda clase pretendiendo que mis quince años de recuerdos con Lou sonando de fondo podían equipararse con las vidas completas de otra gente. El honor le pertenecía, le pertenece aún, a otra generación, una o dos por sobre la mía. Pero ese día puse Coney Island Baby y cerré los ojos.

Cuando los abrí era 2009 y era de noche en Doctor Johow. Era 2010 y era de noche en Gerona. Era 2004 y estaba todo oscuro. My midnight hour. Coney Island Baby es de esas canciones que hace que te den ganas de fumar, aunque sea tan solo para calmar aún más el ritmo de tu respiración. Es la canción que pongo cuando estoy solo, cuando vuelvo a casa y quiero tomar posesión de todo el espacio a mi alrededor en un par de compases. Me desplomo sobre el sillón de turno y la realidad queda medioatrapada en el rabillo del ojo. Lou empieza a cantar que de niño quería jugar fútbol para impresionar al entrenador. Canta sobre la traición y el abandono de los amigos, y sobre la posiblidad de que una mujer que te quiso a pesar de todo vuelva para salvarte, and

the glory of love might see you through

might see you through. MIGHT see you through. Si no estuviera ese might ahí la canción colapsaría en lugares comunes y pensamiento positivo simplón e irreal. Pero un buen cantautor hace cosas como esta, te promete esperanzas frágiles, no soluciones. Todo esto con una voz monótona que va ligeramente alzándose hasta quebrarse, sútil, imperceptiblemente, apenas levántandose un poco más, al llegar a esa promesa de algo que podría o no ser.

No hay canción de Lou Reed que me guste más. Y si uno se queda hasta el final, cuando Lou ya se despide y dedica la canción a él mismo y a Rachel, su pareja (?) transexual de esos años, remata sutilmente, en un tono pensado para sonar como si se estuviera sacando los audífonos en el estudio:

Man, I swear I’d give the whole thing up for you

Sincero, el cruce entre la fantasía del personaje perdedor de la canción y del Lou ganador hastíado de ganar a pesar suyo en la vida real, la frase encapsula el espíritu outsider de su autor y de sus sujetos, fusionándolos en un instante perfecto. Así, es más fácil cerrar los ojos y viajar en el tiempo. Así es más fácil esconder un rincón del hogar en las líneas de una canción perfecta.

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