Parinacota

La noche del 18 de diciembre de 1994 las calles de Santiago estaban repletas de gente. En rotondas, plazas, y avenidas importantes pasaban los autos tocando bocinas, volaba el papel picado. Ni cuando volvió la democracia cinco años atrás, ni cuando murió Pinochet doce años después se vio tal manifestación. Quizás esta era la alegría que habían prometido que llegaría. Lo que sí debía llegar, en cualquier minuto, era el bus que traía a los jugadores de la U al Hotel Parinacota, lugar de concentración del plantel y donde los esperaba la cena de celebración. La mesa estaba puesta, los mozos dispuestos. La copa la traían los festejados.

La tarde del 18 de diciembre de 1994, El Salvador, de todos los campamentos mineros del país quizás el más enclavado en el centro mismo de la nada absoluta, duplicaba su población de un día para otro. Entrada la tarde, se hacía un silencio, un pitazo, un golpe seco. Patricio Mardones remataba, suspendiéndose en el aire para clavar la pelota en el cuadrante superior central derecho del arco de Johnny Perez. Trece minutos después, más personas que las que vivían en El Salvador saltaban a la cancha, a sacar terrones de pasto, cortar las mallas, quizás conseguirse una camiseta, una media, un short de algún ídolo  o reserva o juvenil. Dos años después, en un restaurant de Vitacura nos encontramos con El Loco John, de esos dirigentes de la Vieja Escuela de Los De Abajo (no confundir con la escuelita), que lucía, entre una colección de cadenas y collares de oro, para los que el término bling bling todavía no había sido acuñado, su cadena más preciada: una piocha de un hilo harapiento. “Es de la malla del arco Norte de El Salvador” nos dijo. Y la piocha de hilo harapiento tomó valor de objeto sagrado.

Santiago, Concepción, incluso ciertos sectores de Valparaíso estaban todos con caravanas. Habían sido veinticinco años sin campeonar. Veinticinco años de ser un “fenómeno social”, el equipo que llevaba más gente cuando perdía. Años de amenaza de quiebra, deuda histórica, la posibilidad de perder el nombre como se había perdido el vínculo con la universidad. Caída la noche, las celebraciones decantaron hacia ciertos espacios comunes: las plazas de armas de provincia, la Plaza Italia en Santiago, y, minuto a minuto, la avenida Apoquindo, a los pies del hotel Parinacota.

No habíamos podido ir al Salvador. No habíamos encontrado un lugar en un charter que nos permitiera ir y volver el mismo día. Había otras opciones: buses, vuelos al día siguiente, viajar en auto. Pero mi papá quería estar en Santiago para la celebración; creía que eso era lo más importante, y que pasar la noche del campeonato histórico en El Salvador, un campamento que no estaba pensado y que jamás pensó en recibir a tanta gente iba a ser una perdida de tiempo. Mejor verlo en Santiago, con los amigos, un asado y el relato de Juan Manuel Ramírez, a quien mi padre había conocido hacía unos veinte años, en la barra de la U, precisamente, y a quien saludaba desde tribuna cada vez que a este le tocaba relatar el partido de la U. O cada vez que el partido, que se veía en televisión abierta, resultaba ser el de la U. Eran otros tiempos.

El plan era no ir al Salvador, pero celebrar con el equipo. Y la clave para eso estaba en el hotel Parinacota. El Parinacota era un hotel pequeño, apenas con 3 estrellas, bien ubicado, sí, pero mucho más representativo en su modestia que en su lujo del equipo que albergaba. De hecho, no tenía salón de eventos, o no un salón de eventos lo suficientemente grande para albergar al plantel de la U del Lulo Socías separado del resto del hotel. Y a los pasajeros del hotel no les podrían prohibir hacer uso del comedor, por lo que la ecuación era bien sencilla. Había que pasar la noche en el hotel.

Nos registramos a mediodía y después fuimos a ver el partido a casa de mi padrino. Vino el gol del Fito Ovalle (elfitoOOOoovaaAAAAlle, diría Juan Manuel Ramírez) y el silencio, la desesperación. “La maldición”. Se hablaba de la maldición de la U, de estar a punto y perder torneos, como el 80. Era perfectamente plausible. Pero después Salas se dejó caer en el área y Pato Mardones, que no fallaba nunca desde los doce pasos, siguió sin fallar nunca y se restauró el orden de las cosas. Gouhll, gouhll, gouhll, marcaba el relator. Pitazo final y a celebrar. Llantos de alegría en la televisión, llantos de alegría fuera de la televisión. Salir a tocar bocinas, saludar a los desconocidos. Tener, en ese periplo, la sensación de que la ciudad era nuestra. No de los otros, no de nadie más: nuestra. Nadie nos iba a sacar de la calle, porque nos lo habíamos ganado. Veinticinco años o toda una vida: habíamos pagado con creces el derecho a tomarnos el espacio público.

Más interesados en lo privado que en lo público fue que llegamos esa noche al hotel. La gente se acumulaba y se acumulaba y salíamos al descanso que dejan las escaleras para filmar desde lo alto la llegada de la gente. Eventualmente llegaría el bus con el plantel y sería hora de cenar con los campeones.

Hace dos domingos jugué un partido de fútbol contra el equipo de Juan Manuel Ramírez. Terminado el primer tiempo, perdíamos uno a dos (dos penales, mal cobrados, más mal cobrados que el de El Salvador), el ex relator se acercó a saludar a nuestro capitán y después, como si nos conociéramos de toda la vida, a conversar conmigo. Hablamos del partido y de un par de jugadas. No le dije que si me metía un gol tenía que cantarlo con gouhll, gouhll, goull. No le pregunté si acaso esta charla era su forma de intentar ablandar al arquero rival, o si acaso me había encontrado cara conocida. Tenemos harto más que los mismos ojos con mi papá, pero los ojos son la clave.

Esa noche el bus no llegó. Cuando llegaba a Santiago desde el aeropuerto, un grupo de hinchas de Colo-Colo salió a apedrearlo. Le rompieron varios vidrios y de paso cortaron el aire de celebración invencible que traía el plantel del campeón. Así, la gerencia técnica rápidamente decidió que lo mejor sería que cada jugador se fuera para su casa, a pasar tiempo con su familia. No habría para que concentrar, era hora de iniciar las vacaciones. Cancelar la reserva para la cena no iba a costar nada. Habría sido mejor pasar la noche en el campamento minero. Me lo imagino transformado en un carnaval relámpago. El Salvador como San Pedro de Atacama, pero más alegre, sólo por una noche. No quiero saber si esto sucedió o no.

Hoy pasé por el lugar donde alguna vez estuvo el Hotel Parinacota. Por fuera luce abandonado, aunque la fachada es la misma y el color ladrillo ni siquiera se molestó en cambiarlo la Universidad Pedro de Valdivia, que ocupó el edificio posterioremente y cuyas letras, desprendidas, sí dejaron una silueta de anécdota en el frontis. Hay un par de vidrios que están graffiteados y si hay alguien ocupando el espacio, no se deja ver. Me quedé un rato y miré hacia arriba, hacia los espacios que los ladrillos dejan sobre la escalera central, espacios por donde cabe un cámara VHS con un niño de trece años aferrado a ella.

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