Arácnidas

Han pasado algunos días ya, y las arañas han demostrado ser anfitriones, cuando menos, cordiales. Me han tratado bien y tengo pocas quejas sobre esta estadía/cautiverio, porque claro, no deja de ser un cautiverio/estadía. Quizás ya estoy bajo los efectos del síndrome de Estocolmo (home of the beautiful ladies), quizás pronto me adopten como mascota. Porque eso es lo que sienten las mascotas por sus amos, ¿no? Síndrome de Estocolmo. O amor duro. O todas esas relaciones abusivas que uno se encuentra por la calle. El otro día, antes de esto, antes de la araña gigante y el cautiverio, vi como una chica lloraba afuera de un auto. Pensé en acercarme a preguntarle qué le pasaba, si acaso estaba bien, cuando el simio tras el volante le gritó “Ya poh, hasta cuándo chucha vai a andar llorando allá afuera”. Estocolmo everywhere. Apocalipsis now.

Me han hecho una interesante propuesta durante mi estadía acá. Me han ofrecido que sea editor de la primera antología de literatura arácnida. Ta-ráaan. Tal como suena. Me han explicado que las arañas son capaces de literatura, pero que carecen de las redes que las conecten. “Nos falta un circuito editorial, saber en qué están las otras arañas” me han dicho. Al parecer, una araña vive en su mundo, se busca un espacio, lanza una líneas de tela y se sienta a esperar que algo pique, que algo se quede atorado y sea, finalmente, hora de almuerzo. Esa espera puede ser larguísima, y en el correr de los días, cuando se esconden en los rincones, cuando no están pensando dónde fijar la nueva trampa, escriben. Relatos cortos, anécdotas, novelas, épicos. Me explican que no hay tal cosa como la poesía arácnida. “A menos que uno admita que los piojos son arácnidos también”, me explicó una araña de esas amarillas pequeñas que tienen mandíbulas gigantes.

Me acordé de la metáfora cursi esa del texto como tejido. María Ester la tenía de buque insignia en sus clases, la trataba de usar a principio de semestre o en medio de un discurso enardecido, a menudo en medio de palabras brillantes o retos ineludibles, y uno tenía que comerse la metáfora enterita: texto y tejido tienen la misma raíz y por eso todo texto tiene un urdido que uno debe develar, y bla, bla, bla, y la tejne, bla, bla, bla, y arachné, bla,bla, bla, y Circe, bla, bla, bla. ¿Circe, dijo? bla, bla, bla, no, Ariadne, bla, bla, bla. Pero tenía razón María Ester. Tenía razón sobre hartas cosas.

De mis muertos, María Ester es la más cercana. Todavía llevo su tarjeta de presentación en mi billetera. De mis muertos es la única en la que pienso activamente, cada tanto. Su vida me parece bien extraordinaria cuando la miro, y siento que contrasta tanto con la de los académicos de las generaciones que siguieron que se llega a volver anónima de tan imperceptbile. Y qué suerte fue conocerla. Peléabamos y nos amistábamos y nos respétabamos y nos llevamos bien basándonos en tratarnos como iguales. Me cuesta pensar en ella como mentora, pero jamás la pondría en el saco con el resto de los profesores de mi vida. Ocupa un lugar único, lo va a ocupar siempre. Por eso la tarjeta de visita. Para no olvidar.

Pero es imposible olvidar, olvidarla. Por eso siempre vuelvo a pensar en ella, pienso en las cosas que no nos dijimos y las dudas que se llevó para siempre. La llamaba para que almorzáramos.

– Claro, qué te parece el jueves…-el sonido inconfundible de la agenda pequeña y alargada, con forma de chequera – a la ¿1.30? No, a las 2 mejor, porque a la 1.30 voy a estar con un sobrino.

Y yo no alcanzaba a confirmarle cuando me lanzaba, siempre, en ese año, un

– ¿Qué tal te cae la María José?

o:

– ¿Te cae bien la María José?

o:

– Quedé con la María José, ¿no te molesta?

Y yo me reía, sin poder reirme mucho. Me mordía los labios y pensaba que lo primero que iba a hacer sería precisamente llamarla a Jo y contarle esto. ¿Sabía María Ester? ¿Sabía que yo llevaba cinco, seis años enamorado de Jo y que a veces esos almuerzos tripartitos eran también una excusa para vernos? Quería decirle “por supuesto que me cae bien, me cae excelente, me quiero casar con ella” o algo. Siempre había un silencio después de esa pregunta. Mi silencio de la risa contenida, o quizás el silencio de las cosas que no hablábamos. Pensábamos que no le iba a parecer lo nuestro, que iba a pesar más su formación conservadora y nos iba a excomulgar de los almuerzos en su departamento. Pensábamos que se iba a deleitar de lo nuestro, que iba a pesar más su apertura de mente y se iba a poner tan pero tan contenta, que se iba a intentar atribuir algo de casamentera. . . aquí me acuerdo de su sonrisa feliz que no era nada de bonita, pero era tan feliz que no importaba más: los ojos grandes, brillantes, la boca entreabierta realzando la quijada, las arrugas bien marcadas, como una caricatura.

La última vez nos canceló el almuerzo, quizás por el cansancio de la quimio. Otra cosa de la que no hablábamos. Después nos fuimos y no la vimos más. Afuera nos enteramos de su muerte y fue la única vez que quise estar de vuelta en Chile. Esa vez, esos días. La hubiera ido a ver al hospital y habríamos podido despedirnos, protocolares. Me hubiera gustado contarle lo nuestro con Jo. Me imagino que me habría dicho que sabía. Nos habríamos dicho hasta luego.

Un hilo conduce a otro, los textos se arman y desarman y esconden, en el fondo, un eje. La clave está en encontrar ese hilo medio, el que marca el primer salto que da el autor al vacío, que da la araña por lo general de una esquina a otra. La techne se desarrolla así, a base de dar saltos y saltos y saltos. Fracasar y empezar de nuevo. No todas las telas son perfectas, pero cada una es mejor que la anterior. Eso creen las arañas. Es la base de su literatura.

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