Arácnidos.

Me levanté pensando en lo que habíamos hablado esa noche, la última de las noches. Pensé que te echaba de menos, como a veces pienso como primera cosa del día, y en medio de esa neblina matinal estaba cuando puse el primer pie en la tina y sentí que algo corría asustado, alejándose de mi planta como si le vida se le fuera en ello. En fracción de segundo pasó una araña a toda velocidad, haciéndome una especie de cosquilla con la juntura de sus patas, en declarada persecución del desagüe que daba con la cañería, la oscuridad y la salvación. Mi primera reacción fue la de siempre, la de dibujo animado de la Hannah Barbera de los 70s (¿existe aún la Hannah Barbera?), sacando el pie a exagerados tres metros del bicho ese. Pero estaba en la tina ya y hacer la maniobra completa me iba a costar el equilibrio, la nuca y quizás hasta un poco de masa encefálica, así es que cancelé el pedido y activando algún reflejo cavernario pisotée a la pobre araña una, dos, tres veces; hasta que quedó reducida a una bolita indistiguible de una mancha cualquiera. Siempre me ha parecido que, tras el primer golpe, cuando la araña está muerta, pero sus patas aún tiemblan por reflejo, esta puede revivir o, peor aún, seguir moviéndose muerta. Quizás todas las arañas que vemos día a día no son más que cadáveres animados por un último espasmo eléctrico, y cuál podría ser realmente la diferencia. Si la creación es una matriz como la de la peli esa, las arañas claramente son los ceros alternando con los unos de los créditos de inicio.

Con este antecedente el día podría haber sido horroroso, pero la rutina se hizo cargo de normalizarlo. La vida dentro de la matriz tiene esas cosas, esas tibiezas rituales que despliegan los anestésicos nuestros de cada día. En el metro la gente peleaba por un lugar en el vagón, en el andén había un televisor pasando cámaras ocultas. En la pantalla, la gente caminaba por la calle  y de pronto era sorprendida por un brazo que colgaba desde lo alto de un andamio. La mayoría de la gente se encogía de susto o se reía. Nadie puteaba o hacía el gesto de querer pegarle a la mano. Todo esto estaba muy bien iluminado y con una cámara muy frontal. En medio del gentío del andén pensé que podría tratarse de una intervención, de un simulacro de cámara oculta filmado por actores profesionales, la verdadera cámara oculta siendo la reacción de la gente ante la filmación. Pero no era esa la idea. Sonaba el tema de Benny Hill.

Esa noche, la última noche, habíamos acordado algunas condiciones que eran más pacto y protocolo que armisticio. Quién habría de retomar el contacto, qué cosas se mantenían como ciertas, qué cosas eran susceptibles de cambiar con el paso del tiempo. Es importante tener normas, incluso cuando se plantea una separación potencialmente infinita. Especialmente cuando se plantea una separación infinita. Aunque no hay que ser demasiado duro con estas normas, creo yo. Mal que mal, pueden volverse rápidamente obsoletas ante nuevos eventos. Como esas leyes contra la brujería del siglo XVI o cualquier ley que se cruce en el camino de la FIFA. Las separaciones son siempre como los rayos de un ángulo, parten tan cerca y terminan en lugares insospechados. Eso pensaba hoy antes de llegar al trabajo. Durante el día mismo de trabajo no pensé nada, pero dije hartas cosas y también escribí algunas. Siete horas después volvía a contra sol, demasiado cansado para pensar con mayor profundidad en el tema, demasiado anestesiado para sentir una pena profunda o una esperanza intensa. Me quedaba la melancolía, que es la emoción que consigue filtrarse siempre a través de la anestesia.

Antes de volver a casa hice una pausa para comprar un par de cebollas que iba a necesitar más tarde. Eran lo único que me faltaba para el tuco de la cena y sería cosa de animarme y cortarlas lo más rápido posible. Tengo este mecanismo de dividirlas en dos y luego atacar cada mitad en cortes de 15º que, si lo hago lo suficientemente rápido, me evitan toda la irritación y las lágrimas. Si no, es un desastre y lloro y lloro y lloro. Lo bueno es que me despeja las narices. Una cosa por otra.

Como hacía mucho calor para intentar nada en la cocina, dejé las cebollas sobre el mesón y corrí a tumbarme en la cama. Había dejado una ventana abierta y las cortinas cerradas, de modo que entrara la brisa mas no el sol, y así el contacto con el cubrecamas en ese momento de desplome fuera no solo relajante, sino también liberador y refrescante. Cerré los ojos evocando un piscinazo de comercial de Campari, o el piquero invertido de la galletas Nic, la oblea cuadrada de sabor redondo. Ya no hacen más las galletas esas, pero las horas de repetición en la época en que solo teníamos cuatro canales dejaron su huella por siempre.

La cama no estaba ni tan fresca ni tan relajante, pero sí esponjosa y elástica. Pegote, incluso. Cuando me fui a girar para quedar boca abajo y agarrar así mi almohada y suspirar uno o dos nombres, me encontré atrapado, inmóvil. Miré a mis pies, en el ángulo que mi cabeza inmovilizada me permitía y entendí todo. La cama entera estaba cubierta de tela de araña. Tela gruesa, de pocas hebras. Esto no era el fruto del trabajo de una colonia (¿tienen colonias? me parece que son cazadoras solitarias, o a lo más tienen unas pocas crías, pero después estas se van y seguro que se comen a mamá las muy) sino de una sola araña gigante, una suerte de deidad tutelar de las arañas caseras. Siempre supe que esto iba a pasar, que algún día mataría a una araña bien conectada, quizás la hija de una araña importante, o la socia de una muy influyente en su sociedad; y tendría que pagar las consecuencias. Intenté zafarme un par de veces, pero era imposible, además, seguro que con eso la estaba alertando de mi presencia. La comida ya está lista. Quizás podría deslizarme por el moco pegajoso que cubría las que fueran las dos plazas de nuestra cama, de mi cama. Quizás esto sería solo una advertencia, a lo mejor la difunta no estaba tan bien conectada y era necesario solo mandar un mensaje. Pero no. Mirando a mis pies pude ver como en el living se empezaban a juntar, como una masa amorfa y multiforme a la vez, como los humanos en el metro, cientos primero, miles después, de arañas, todas moviendo sus ocho patas acompasadamente, coordinadas por una coreografía secreta, aprendida millones de años atrás e inscrita en su programación original. Mientras más patas, menos evolucionado es el bicho. Mientras más patas, más años lleva sobre la tierra, haciendo exactamente lo mismo.

La luz que entraba desde la cocina hasta el living dejo entrever una sombra más grande, más gruesa. Si una pantera tuviera ocho patas se vería más o menos así. Espero que sea rápida, nada más.

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