Ritmos de lectura: The Ocean at the End of the Lane y Los Suicidas del Fin del Mundo

Si no un escape y una evasión, la lectura siempre ha sido, para mí, un pasaje a otras realidades, una ventana a otros mundos o, y esto más con los años más de viejo, un impulso hasta el punto en que puedo mirar oblicuamente la realidad desde la seguridad de un ángulo un tanto más exagerado. Cuando era chico y estaba solo en la casa dejaba un libro en el piso de la pieza de mis papás y me tumbaba boca abajo atravesando su cama, pasaba horas en esa pose, y cuando me cansaba me daba vuelta y leía con los brazos extendidos hacia el cielo raso del departamento. Cuando había más gente leía en la noche, en mi pieza, cuando todos estaban ya medio dormidos; o me encerraba a leer en el baño, que era el único lugar con silencio y paz garantizada en cualquiera de los departamentos en los que vivimos. En las historias de mi infancia siempre había otros mundos, o, en el peor de los casos, siempre había Inglaterra. Por lo mismo, años después, cuando comencé a intentar a escribir mis propias ficciones, nunca sentí la necesidad imperiosa de conectarlas conmigo, o con lo que me pasaba o con lo que veía que pasaba alrededor mío. Me carga esa crítica medio idiota, medio envidiosa que le pide a las obras que “digan algo respecto del tiempo del autor”, porque, francamente, qué chucha importa el tiempo del autor. La belleza de una frase bien encadenada o el genio de un personaje bien construido no dependen de esas cosas. Pero así es Sudámerica y sus debates oroborescos entre ser, no ser, y comerse la cabeza del ser.

La semana pasada fueron los 50 años del Doctor y el domingo en la noche figuraba yo leyendo Nothing O’Clock, el cuento que Neil Gaiman escribió para la ocasión. Breve, conciso, con un par de giros muy bien ejecutados; me dejó con ganas de más. Así es que me leí The Ocean at the End of the Lane, su última nouvelle. Con más páginas, Gaiman hace lo mismo que con pocas y, cuando uno le ha seguido la carrera al muchacho cuesta no reconocerle las muletillas y las piruetas argumentales. El final se lee como un refrito de The Wake de Sandman, y me terminó amargando la experiencia del buen comienzo. Eso sí, no cabe la menor duda de que Gaiman es harto mejor escritor ahora que 17 años atrás, cuando terminaba de escribir The Sandman. Y eso no deja de ser un gusto para uno que le ha seguido la carrera al muchacho.

La cosa es que me devoré The Ocean porque es ficción doblemente escapista. Trata, como el 89.9% de la obra de Gaiman, con los cruces entre este mundo y otro, y además para uno como Sudamerican Reader (Lecteur Sudamerica-a-a-an) está el escape hacia el sitio desde donde el protagonista escapa. Empecé el domingo por la noche y el libro no llegó al martes, a pesar de tener compromisos y cosas que hacer de por medio.

 

Como contrapunto, empecé Los Suicidas del Fin del Mundo, de la Leila Guerriero. Ay.

 

Igual de breve que The Ocean, Los Suicidas es en cambio una crónica periodística tan cercana, tan ineludiblemente…mía, supongo. La crónica va de la historia de un pueblo patagónico, de esos que están en medio de la nada y donde se produce la energía y la plata que la capital gasta, y donde en un par de años hubo varios, muchos, un número medio indeterminado de suicidios, particularmente entre adolescentes o gente joven. La desigualdad, el desamparo, la sensación de estar en nada y de no tener salida posible termina aniquilando vidas, y Guerriero se luce contando con pinceladas breves tanto la historia de los que se fueron como de los que se quedaron viviendo. Es cierto que a veces su estilo es muy efectista, que busca el jab cortito al abdomen del lector; pero es igualmente cierto que la primera vez que lo hace le sale magnífico y que de ahí en más a uno le duele la repetición, porque leer duele. Empecé el jueves con Los Suicidas y lo leo muy, muy rápido; pero cada dos o tres páginas paro, digo un garabato o dos, y me paro a caminar o pensar en otra cosa.

Lejos de salir propulsado a lugares distantes, lejos de leer inmerso en una realidad tejida especialmente para ser mi hamaca, cuando leo Los Suicidas siento que alguien me amarró las piernas a un caballo y me está sacando a pasear por el pedregal. Con cada golpe, con cada historia de desesperanza y desolación siento que algo se muele dentro mío y a veces cierro los ojos y espero el siguiente golpe, esperando que vuele un diente o que llegue el punto en que esté tan lleno de llagas y moretones que no me duela más. Afortunadamente, ese momento nunca llega.

 

Me voy a tomar mi tiempo con Los Suicidas del Fin del Mundo. Porque es importante vivir así, con la realidad bien cerca. Y porque el escapismo tiene sus límites.

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